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El señor Ashok se recostó y preguntó a Madam Pinky, ‘¿escuchaste lo que contestó?’
‘¿Estaba bromeando?’ preguntó ella y mi corazón latió más rápidamnete, y lo hacía cada vez que ella decía algo.
‘No. Realmente eso es lo que él cree que son las respuestas correctas.’
Ella se rió tontamente cuando escuchó eso. Sin embargo, la cara del señor Ashok, la cual veía reflejada a través de mi espejo retrovisor, era seria.
‘La cosa es que él probablemente… ¿Llegará a los dos, tres años de escolarización? Sabe leer y escribir pero no entiende lo que lee. Es un mediocre. El país está lleno de gente como él, ya te lo digo yo. Y encomendamos nuestra gloriosa democracia parlamentaria a personajes como éste. – El señor Ashok me señaló – Esta es la gran tragedia de este país.’
Suspiró y añadió.
‘Bueno, Balram, vuelve a arrancar el coche.’
Aquella noche, me tumbé en la cama, dentro de la mosquitera, pensando en sus palabras. Él estaba en lo cierto, señor – No me gustó el modo en el que había hablado de mi, pero estaba en lo cierto.
‘La Autobiografía de un Indio Mediocre.’ Así era como debía llamar a la historia de mi vida.
Yo, y cientos de personas como yo en este país, éramos mediocres, porque nunca se nos permitió terminar los estudios. Si abriera nuestra cabeza y mirara dentro con una linterna, encontraría un extraño museo de ideas: frases sueltas de historia o matemáticas de los libros de texto memorizadas cuando íbamos al colegio (perdone que le diga pero ningún niño recuerda su escolarización como al que le sacan de la escuela); frases de política leídas en un periódico mientras esperas a que alguien vaya a una oficina; triángulos y pirámides dibujados en viejos libros de geometría hechos con páginas rasgadas, de esas que usan en las teterías para envolver los tentempiés; pedazos de papel de los noticieros de All India Radio, cosas que caen en tu mente al igual que las lagartijas caen del techo. En la media hora antes de quedarme dormido – todas estas ideas, medio formadas, medio asimiladas y medio correctas, se revuelven en tu cabeza con otras ideas que están medio procesadas, y supongo que todas ellas se desordenaran con otras dando a su vez nuevas ideas sobre las que actúas y con las que vives.
La historia de mi educación es la historia de cómo se producen los tipos mediocres.
¡Pero preste atención, señor Primer Ministro! Los tipos completamente formados, después de veinte años de colegio y tres de universidad, llevan trajes bonitos, se hacen socios de compañías, y reciben órdenes de otros hombres para el resto de sus vidas.
Los empresarios están hechos de la misma arcilla mediocre.

*
Para darle una idea sobre mí (origen, altura, peso, conocer mis gustos sexuales, etc) no hay nada que supere el cartel que hizo la policía sobre mí.
Le confieso que no es del todo cierto que me considere como el que ha tenido la vida menos exitosa de todo Bangalore. Hace tres años, cuando me convertí, por poco tiempo, en una persona de importancia nacional en lo que concierne a la labor empresarial, se podía encontrar un cartel con mi cara en cualquier oficina de correos, estación de tren y comisaría de policía de este país. Mucha gente veía mi cara y mi nombre en cualquier parte. No tengo el cartel original, pero bajé una imagen de Internet a mi portátil plateado , el cual compré en una tienda en Singapur, y funciona de maravilla – y si usted espera un segundo, lo abriré. Deje de mirar la imagen y lea directamente ahí…
Pero permítame que le diga unas palabras sobre el cartel original: lo vi en una estación de tren de Hyderabad, en aquella época en la que viajaba sin equipaje – excepto con una pesada mochila de color rojo – y bajaba de Delhi a Bangalore. Tuve el original justo aquí en esta oficina, en el cajón del escritorio, durante un año entero. Un día, el chico de la limpieza estuvo rebuscando entre todos mis bártulos, y casi encuentra el póster. No soy un hombre sentimental, Sr. Jiambo. Los empresarios no nos lo podemos permitir. Por eso tiré aquello a la basura – pero antes de eso, conseguí que alguien me enseñara a escanear – y como usted sabe, nosotros los indios usamos la tecnología como pez en el agua. Me llevó tan solo una hora, o dos. Yo soy un hombre de acción, señor. Y aquí está, en la pantalla, enfrente de mí:

AYUDA PARA ENCONTRAR A UN HOMBRE PERDIDO
Se informa al público que el hombre que aparece en la foto, se busca para ser interrogado. Se llama Balram Halwai, alias MUNNA, hijo del conductor de bici-taxi Vikram Halwai. Edad: Entre 25 y 35 años. Tez: Morena. Cara: Oval. Altura: 1m 63cm aproximadamente. Complexión: delgado, menudo.
Bien, este no es exactamente el más correcto, señor. Lo de ‘la tez morena’ es en parte cierto todavía – aunque estoy pensando en intentar blanquearme la piel con una de esas cremas que venden ahora, con las que un hombre indio puede parecer tan blanco como un occidental – pero lo demás, ¡ay, es completamente inútil! La vida en Bangalore es buena – abundante comida, cerveza, clubs nocturnos, ¡pero qué puedo decir! ‘Delgado’ y ‘menudo’ - ¡Ja! ¡Ahora tengo mejor aspecto! ‘Gordo’ y ‘barrigón’ sería más acertado para este momento.
Pero permitámonos continuar, no tenemos toda la noche. Sería mejor que explicara esto ahora.
Balram Halwai alias MUNNA…
Vamos a ver, en mi primer día de colegio, el profesor nos puso en fila a todos los niños y fuimos pasando por su escritorio para poder apuntar nuestros nombres en su registro. Cuando le dije cual era mi nombre, se quedó mirándome boquiabierto:
‘¿Munna? No es un nombre real.’
Estaba en lo cierto: significa tan solo ‘chico’.
‘Es todo lo que tengo, señor’ Le dije.
Era verdad. Nadie me había puesto un nombre.
‘¿Tu madre no te puso un nombre?’
‘Ella está muy enferma, señor. Está en la cama y vomita sangre. No tiene tiempo para ponerme un nombre.’
‘¿Y tu padre?’
‘Él es un conductor de bici-taxi, señor. No tiene tiempo para ponerme un nombre.’
‘¿No tienes una abuelita? ¿Tías? ¿Tíos?’
‘Ellos tampoco tienen tiempo.’
El profesor se echó a un lado y escupió – un chorro rojo de paan manchó el suelo de la clase. Se lamió los labios.
‘Bien, entonces me toca a mí, ¿no?’ Se pasó la mano por el pelo y dijo, ‘Te llamaremos… Ram . Espera – ¿No tenemos ya un Ram en esta clase? No quiero confusiones. Te llamarás Balram . ¿Sabes quién fue Balram, verdad?’
‘No, señor.’



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Pronto se volvió parte de ennegrecido montículo y el perro paliducho empezó a sacudirla con sus lametazos.
Fue entonces cuando entendí de quién se trataba: era el auténtico dios de Benaras, ese barro fuliginoso del Ganga en el que todo perecía, se descomponía, del que todo renacía y volvía a morir otra vez. Lo mismo me ocurriría a mí si muriera y me trajeran aquí. Nada se libraría en este lugar.Por un momento, contuve la respiración. Era la primera vez en toda mi vida que perdía el sentido. No había vuelto a visitar el Ganga desde entonces… ¡mejor se lo dejo a los turistas americanos!
…procede de la ciudad de Laxmangarh, en la región de Gaya.
Esta es una de las regiones más populares del planeta. De hecho, en la historia de su barrio probablemente haya tenido algo que ver el mío, señor Jiabao. Estoy seguro de que usted alguna vez habrá oído hablar de Bodh Gaya, la ciudad en la que el maestro Buddha se sentó bajo un árbol y encontró la luz de su camino, para más tarde dar vida al Budaísmo, esa religión que dio la vuelta al mundo, incluyendo China, a sólo unas millas de Laxmangarh, que es donde yo me encuentro[[#_edn2|[ii]]].
Aunque hay rumores de que lo hizo, siempre me pregunté si Budda recorrió las tierras de Laxmangarh. Personalmente creo que las atravesó tan rápido como pudo hasta alcanzar el otro extremo de la región y, desde entonces, nunca dejó de prosperar.
Hay un pequeño afluente del Ganga que desemboca en las afueras de Laxmangarh, por el que bajan cada lunes las barcas y nos traen las provisiones. En la ciudad no hay calle que no esté cortada en dos por una esplendorosa franja de aguas residuales. Al otro lado del cieno, se encuentra el mercado, en el que únicamente se hallan las mismas tres tiendas, vendiendo el mismo arroz rancio, el mismo aceite pasado o los mismos bizcochos duros.
Al final del mercado hay una enorme y enlucida torre con forma de cono, adornada por todos lados con dibujos de serpientes negras. Es el templo. Allí se encuentra el retrato del dios nocturno más alabado por todos, Hanuman, una criatura mitad hombre mitad mono, representado en un intenso color amarillento, tan exclusivo como el del azafrán. ¿Ha oído hablar alguna vez de él, señor? Sin lugar a dudas fue el sirviente más fiel del dios Rama, y es pues el vivo ejemplo de cómo atender a nuestros maestros con absoluto amor, fidelidad y devoción. Es por ello que goza de tanta veneración en nuestros templos.
Estos son el tipo de dioses que nos han endosado, señor Jiabao. Ahora podrá entender lo difícil que resulta para un hombre alcanzar su libertad en la India.
Ya que le he hablado de la ciudad, es el turno de la plebe. Mi querido excelentísimo, me enorgullece informarle que Lazamangarh es el típico paisaje paradisiaco adecuadamente surtido de electricidad, agua corriente y teléfonos funcionando, en el que los niños disfrutan de una rica dieta nutricional a base de carne, huevos, verduras y legumbres. Por eso, cuando se les examina puede comprobarse que alcanzan el peso mínimo establecido por las Naciones Unidas y otras organizaciones con quienes nuestro primer ministro negocia, y a cuyos fórums asiste con asiduidad. No se lo crea. Los postes de electricidad han desaparecido, no existen grifos para el agua, y los críos, demasiado delgados y bajitos para su edad, asumen el gigantesco tamaño de sus cabezas, en las que destaca un brillo especial, emergente de sus ojos, que resplandece tanto como la culpabilidad consciente del gobierno Indio.
Así es, Mr Jiabao, la típica villa paradisiaca en la India. Creo que estaría bien ir un día a China y comprobar si su comarca paradisiaca es algo mejor que la mía.
Bajando por la carretera principal, hacia la mitad se encuentra el mayor albergue de familias de cerdos, que se entretienen sorbiendo las aguas residuales por el hocico. Cada animal tiene la parte superior de su cuerpo seca, la inferior negra, reluciendo por encima de las aguas residuales; en sus lomos abundan cúmulos de pelo enmarañados. Hay también gallos volando de un tejado a otro, de los que podrá ver constantes destellos emanantes de sus plumas, coloreadas de un vivo color rojo y marrón. Después de los cerdos y los gallos, llegará a mi casa, si es que todavía existe.
En la entrada está el miembro más importante de mi familia: nuestro búfalo indio. Era el bicho más grasiento de toda mi familia; eso se sabía en cada casa del pueblo. Las mujeres de mi familia se pasaban el día comiendo y dando de comer su inmarchitable césped; alimentarle era la principal ocupación de sus vidas. Todas sus atenciones se concentraban en su gordura, señor. Si daba leche suficiente, las mujeres podían venderla y así teníamos algo más de dinero al acabar el día. Era una criatura obesa, de piel suave, con una vena del tamaño del pene de un muchacho sobresaliendo de su peludo hocico y, con la saliva abundante y perlada sobresaliendo del morro; se sentaba todo el día encima de sus enormes heces. ¡Era el cabecilla de nuestro hogar!
Una vez entre a la casa, podrá ver (si es que aún cualquiera de ellos vive después de lo que hice) a mis tías, a mis primas y a mi abuelita Kusum trabajando en el patio.[[#_edn14|[xiv]]] Mientras una prepara la comida para el búfalo, otra separa el trigo y el arroz, otra permanece agachada, mirando en el cuero cabelludo de otra de las mujeres, apretando con los dedos las pulgas[[#_edn15|[xv]]] hasta matarlas .De vez en cuando paran de trabajar, ya que es la hora de pelear: se tiran vasijas de metal o se tiran del pelo, pero luego se retocan y se dan besos entre ellas. Por la noche duermen juntas, echándose la pierna encima, tal y como hacen los milpiés.
Los hombres y los muchachos duermen en la otra esquina de la casa. Por la mañana temprano los gallos se vuelven locos en todo el pueblo y una mano me agita y me despierto…me quito la pierna de mi hermano Kishan de encima de la tripa, también la mano de mi primo Pappu del pelo y logro salir de los camastros.
-Vamos Munna.
Mi padre me llama desde la puerta de entrada de la casa y corro tras él. Salimos fuera y desatamos a nuestro[[#_edn16|[xvi]]] búfalo indio del poste. Es la hora del baño matinal, así que emprendemos la marcha hasta llegar al estanque, bajo el Fuerte Negro[[#_edn17|[xvii]]].
El Fuerte Negro está en la cumbre de una colina, destacando del resto del pueblo. La gente que ha estado en otros países coincide en que este fuerte es tan bonito como cualquier otra cosa que pueda verse en Europa. Los turcos, los afganos, los ingleses o aquellos de cualquier otro lugar que para entonces gobernaban en la India, debieron haber construido el fuerte hace unos siglos.



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Pues la India nunca ha sido libre. Primero fueron los musulmanes y más tarde los ingleses quienes mangonearon . En 1947 los ingleses se marcharon pero solo un imbécil pensaría que entonces fue cuando pasamos a ser libres.
Hace bastante tiempo que los extranjeros abandonaron el Black Fort. En la actualidad, una manada de monos que ha fijado su residencia allí y un cabrero que sube su rebaño a pastar son los únicos que frecuentan la zona. Al atardecer, el sol se refleja en la laguna que rodea el fuerte. Los pedruscos que caían de las paredes del fuerte rodando por la colina hasta depositarse en el lago se hallaban medio sumergidos en las aguas turbias , como los aletargados hipopótamos que vería muchos años más tarde en el zoológico Nacional de Nueva Delhi. Las flores de loto y los nenúfares flotan sobre la laguna, el agua centellea como la plata y el búfalo de agua avanza masticando las hojas de los lirios y despidiendo amplias ondas que se expanden en el agua en forma de uve.
El sol se eleva por encima del búfalo, por encima de mi padre, por encima de mí y por encima de mi mundo.
Te puedes creer que algunas veces casi echo de menos aquel lugar.
Bueno, volviendo al cartel
El sospechoso fue visto por última vez con una camisa azul de cuadros, unos pantalones naranjas ambos de poliéster, unas sandalias de color granate…
Unas sandalias de «color marrón», ¡uf!. Solo un policía podría haberse inventado una minucia como aquella.
«una camisa azul de cuadros, unos pantalones naranjas ambos de poliéster»..eh, bueno, me gustaría negar eso también pero desafortunadamente han dado en el clavo.
Ya le gustaría a un criado tener ese tipo de ropa, señor. Además, en la mañana en la que se hizo el cartel aún era un sirviente. (Pero por la tarde ya era libre y me había cambiado de ropa)
Además, hay una frase en el cartel que realmente me enfurece – déjeme volver atrás un momento y así la arreglo.
…hijo de Vikram Halwai, conductor de taxibici
El señor Vikram Halwai, conductor de taxibici, ¡gracias! Mi padre era un hombre pobre, pero era un hombre con honor y coraje. Yo no estaría aquí, bajo esta lámpara, si no fuera por él.
Por las tardes, iba a verlo a la tienda de té después del colegio. La tienda era el centro neurálgico de nuestro pueblo; el autobús diario que venía desde Gaya paraba allí a medio día (que nunca se retrasaba más tarde de una hora o dos) y los policías solían aparcar el jeep allí cuando venían a joder a alguien del pueblo. Algo después del atardecer, un hombre montado en bicicleta dio tres vueltas alrededor de la tienda de té tocando el ruidoso timbre. En la parte trasera de la bicicleta colgaba el cartel promocional de una película pornográfica;¿Qué pueblo indio tradicional estaría completo sin su cine erótico, ¿señor? Un cine al otro lado del río proyectaba ese tipo de películas todas las noches; fantasía de dos horas y media con nombres como Él era un hombre honesto o Abrimos su diario o Lo hizo el tío con mujeres americanas de pelo dorado o mujeres solitarias de Hong Kong o al menos eso me imagino , Señor Primer Ministro, ya que nunca me junté con los demás chicos para ir a ver una de esas películas.
Los conductores de taxibicis aparcaban los vehículos en línea fuera de la tienda de té formando una línea mientras esperaban a que el autobús expulsara a sus pasajeros.
No se les permitía sentarse en las sillas de fuera, colocadas para los clientes; y tenían que sentarse en cuclillas en la parte de atrás, agachados en esa postura tan característica de los sirvientes de la India. Recuerdo que mi padre jamás se acuclilló.
Él prefería estar de pie, sin importar cuánto tuviera que esperar o lo incómodo que fuera. Solía encontrarle sin camisa, normalmente sólo, bebiendo té y pensando.
Entonces sonó (era cuando sonaba) el claxon de un coche.
Los cerdos y perros callejeros que estaban cerca de la tienda de té solían dispersarse, y el polvo y la arena y los excrementos de los cerdos penetraban en la tienda.
Un coche blanco paró . Mi padre dejó su taza de té y salió afuera.
La puerta del Ambassador se abrió y bajó un hombre con un cuaderno. Los clientes habituales podían seguir comiendo, pero mi padre y los demás formaron una línea.
El hombre del cuaderno no era el Búfalo; era su asistente.
Había otro tipo dentro del Ambassador; un hombre recio con una cabeza morena, despoblada y llena de hoyuelos; y un rostro que denotaba una expresión serena. Una escopeta yacía sobre su regazo.
Él era el Búfalo.
El Búfalo era uno de los terratenientes de Laxmangarh .Había otros tres más y cada uno poseía un nombre de acuerdo con las peculiaridades más destacadas de su apetitito.
El Cigüeña era un hombre orondo con un bigote grueso, espeso, curvado y puntiagudo en sus extremos. El río que fluía a las afueras del pueblo era de su propiedad; obtenía una tajada de toda presa que se pescase en el río y cobraba un peaje a cada barca que lo cruzaba para llegar a nuestro pueblo.
Su hermano se llamaba Jabalí. Este personaje poseía toda la tierra fértil de Laxmangarh. Si querías trabajar en esas tierras, tenías que arrodillarte, besar sus pies y conformarte con el sueldo diario que te ofrecía. Cuando pasaba cerca de las mujeres paraba el coche; bajaba las ventanillas para mostrar su sonrisa más amplia; formada por dos dientes, uno a cada lado de la boca, largos y curvados como pequeños colmillos.
El Cuervo poseía la peor tierra, aquella seca y rocosa que rodeaban el fuerte y obtenía beneficio económico de los pastores que subían a pastar con su rebaño. Si no tenían el dinero, le gustaba picotearles el trasero, de ahí su apodo el Cuervo.
El Búfalo era el más glotón del grupo. Se había comido a los taxibicis y las carreteras. Si poseías un taxibici o usabas la carretera, tenías que pagarle la comida: nunca menos de un tercio de lo que ganase.
Los cuatro Animales vivían en mansiones con altas tapias justo a las afueras de Laxmangarh y las llamaban así: las moradas de los terratenientes.
Dentro de sus mansiones tenían sus propios templos, pozos y lagunas; y no necesitaban ir al pueblo, excepto para alimentarse. Hubo un tiempo en el que, los hijos de los cuatro Animales salían fuera de la ciudad en sus propios coches; Kasum recuerda bien aquellos días. Sin embargo después de que el hijo de el Búfalo fuera secuestrado por los Naxales —quizá haya oído hablar de ellos, señor Jiabo, ya que son comunistas, como usted, y van de allí para allá disparando a la gente rica por puros principios—, los cuatro Animales habían enviado fuera tanto a sus hijos como hijas a Dhanbad o a Delhi.


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Sus hijos se fueron, pero los Animales se quedaron, alimentándose de todo cuanto crecía en el pueblo hasta que no quedó cosa alguna de la que alimentarse. El resto de los habitantes abandonaron Laxmangarh por falta de comida; cada año, los hombres del pueblo esperaban agrupados fuera de las teterías. Se subían a los autobuses -cuando éstos llegaban- apiñándose en el interior, colgándose de las rejas, trepando a los techos, e iban a Gaya; una vez allí, se dirigían a la estación y se abalanzaban hacia los trenes – apiñándose en el interior, colgándose de las rejas, trepando a los techos – e iban a Delhi, a Calcuta y a Dhanbad en busca de trabajo.
Un mes antes de las lluvias, los hombres volvieron de Dhanbad, Delhi y Calcuta más delgados, más morenos y más enfadados, pero con dinero en los bolsillos. Las mujeres les esperaban, se escondían detrás de la puerta y, en cuanto entraban, se arrojaban sobre ellos como gatos salvajes sobre un trozo de carne. Había peleas, llantos y gritos. Mis tíos resistían y lograban quedarse con parte del dinero, pero a mi padre le dejaban pelado, despeluchado. “Sobreviví en la ciudad, pero no podía mantener a las mujeres de mi casa”- decía, hundido en una esquina de la habitación. Después de alimentar al búfalo, las mujeres le daban de comer a él.
Yo me acercaba y jugaba, subiéndome a su espalda y pasando la palma de la mano sobre su frente, sobre sus ojos, sobre su nariz y bajándola hacia su cuello, hasta la pequeña concavidad del hueso de éste. Ahí -en esa parte del cuerpo humano que es aún mi favorita- dejaba puesto el dedo.
El cuerpo de un hombre rico es como una almohada de algodón de primera: blanca, suave y sin estrenar; los nuestros son diferentes. La columna vertebral de mi padre era una cuerda hecha un nudo, de esas que usan las mujeres en los pueblos para sacar agua de los pozos; la clavícula arqueada alrededor de su cuello en alto relieve, como el collar de un perro; cortes, rasguños y cicatrices, como pequeñas marcas de látigo en su piel recorrían su pecho y su cintura, alcanzando por debajo de sus caderas hasta sus nalgas. Un hombre pobre lleva escrita en su cuerpo, con trazos nítidos, la historia de sus días.
Como los demás, también mis tíos hacían un trabajo agotador. Cada año, llegadas las lluvias, salían a los campos con sus ennegrecidas hoces, suplicando un trabajo a un terrateniente u otro; luego sembraban semillas, cortaban los hierbajos y cosechaban maíz y arroz. Mi padre podía haber trabajado con ellos; podía haber trabajado con el barro de los señores, pero no lo hizo.
Él eligió luchar.
Puesto que dudo de que tengan conductores de bicis-taxi en China – o en cualquier otra nación civilizada de la tierra –, tendrá que verlo usted mismo. En Delhi, la circulación de bicis-taxis no está permitida dentro de las zonas de clase alta, donde pudiera ser que los extranjeros los viesen y se quedaran boquiabiertos. Insista para que le conduzcan hasta la zona vieja de Delhi o Nizamuddin; allí encontrará la carretera repleta de ellos: hombres delgados como palos, inclinados hacia adelante, desde el asiento de una bicicleta, mientras pedalean por la calzada portando una pirámide de carne de clase media -algún hombre gordo, con su mujer gorda, y todas sus bolsas de compra y provisiones.
Y cuando vea a todos esos hombres-palo, piense usted en mi padre.
También él podría haber sido un conductor de bicis-taxi– una bestia humana de carga; pero mi padre era un hombre con un plan.
Yo era su plan.
Un día, en casa, perdió los nervios y empezó a gritar a las mujeres. Fue el día en que ellas le dijeron que yo no había ido a clase. Él hizo entonces algo que nunca se había atrevido a hacer, le Gritó a Kusum:
“¡Cuántas veces te lo habré dicho: Munna debe leer y escribir!”
Por un instante, Kusum se sobresaltó; respondió a gritos:
“El chico ha vuelto corriendo del colegio. ¡No me eches a mí la culpa! Es un cobarde, y come demasiado. Pónle a trabajar en la tetería y déjale que gane algo de dinero.”
Mis tías y primas se le acercaron. A gatas, me escondí detrás de mi padre mientras ellas le contaban la historia de mi cobardía.
Y bien; tal vez le resulte increíble el hecho de que a un chico de pueblo le asustase una lagartija. Las ratas, las serpientes, los monos y las mangostas no me preocupan en absoluto. Por el contrario, me encantan los animales. Pero las lagartijas… Cada vez que veo una -no importa lo diminuta que sea-, es como si me convirtiese en una nena. Mi sangre se congela.
Había un armario gigante en mi clase, cuya puerta estaba siempre ligeramente entreabierta – nadie sabía para qué estaba allí. Una mañana, la puerta chirrió al abrirse, y salió una lagartija.
Era de color verde claro, como una guayaba a medio madurar. Su lengua aparecía y desaparecía rápidamente de su boca. Medía al menos sesenta centímetros.
Los otros chicos apenas se dieron cuenta. Hasta que alguien vio mi cara. Ellos hicieron un círculo a mi alrededor. Dos de ellos me sujetaron las manos detrás de la espalda y mantuvieron mi cabeza rígida. Alguien cogió la cosa en sus manos, y empezó a andar hacia mí con pasos exageradamente lentos. Sin hacer ruido – sólo sacando y metiendo su lengua roja de su boca – la lagartija se acercaba más y más hacia mi cara. Las risas se volvieron más fuertes. Yo no podía hacer ruido. El profesor estaba roncando en su pupitre detrás de mí. La cara de la lagartija venía derecha a mi cara, y entonces abrió su ligera boca verde y luego me desmayé por segunda vez en mi vida.
No había vuelto al colegio desde ese día.
Mi padre no se rió cuando oyó la historia. Tomó un respiro profundo; sentí su pecho extendiéndose contra el mío.
“Dejaste a Kishan abandonar la escuela, pero te dije que este chico tenía que quedarse en el colegio. Su madre me dijo que él sería el único que pasara por la escuela. Su madre dijo–“¡Oh, al infierno con su madre!” gritó Kusum. “Ella era una loca, y está muerta gracias a Dios. Ahora escúchame: deja que el chico vaya a la tetería como Kishan, eso es lo que digo.”
Al día siguiente mi padre vino conmigo al colegio, por primera y última vez. Estaba amaneciendo; el lugar estaba vacío. Abrimos la puerta. Una luz azul tenue llenó la clase. Ahora, nuestro profesor era un hombre grande que escupía paan – y su expectoración hacía una especie de tapiz pequeño rojo en las tres paredes de alrededor nuestra. Cuando él se iba a dormir, lo cual normalmente hacía al mediodía, nosotros robábamos paan de sus bolsillos; lo repartíamos entre nosotros y lo masticábamos; y después, imitando su estilo al escupir – manos en las caderas, espalda ligeramente arqueada – nos turnábamos para escupir a las tres paredes sucias.
Un mural descolorido del Señor Buda rodeado de ciervos y ardillas decoraba la cuarta pared – era la única pared que el profesor dejaba libre. La lagartija gigante del color de una guayaba a medio madurar estaba sentada delante de esta […]

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[…] pared, fingiendo ser uno de los animales a los pies del Gran Buda.
Giró la cabeza hacia nosotros; Observé que sus ojos brillaban.
“¿Éste es el monstruo?”
El lagarto giraba la cabeza hacia todos los lados, en busca de una salida; luego, empezó a golpear la pared. Estaba tan aterrorizado como yo.
“No lo mates,papá, por favor; sólo tíralo por la ventana".
El maestro estaba tirado en uno de los rincones de la habitación, apestando a alcohol y roncando profundamente. A su lado, la vasija de vino de palma que había vaciado la noche anterior; mi padre la cogió.
El lagarto corrió y él corrió detrás, amenazándole con la vasija de vino de palma.
“No lo mates, papá, ¡por favor!”
Pero no escuchaba. Golpeó la despensa y el lagarto salió como una flecha; y le persiguió de nuevo, destrozándolo todo a su paso y gritando “¡Heeyaa! ¡Heeyaa!”. Le aporreó con la vasija de vino de palma hasta que ésta se rompió; le hundió el cuello con el puño y le pisó la cabeza.
El aire se volvió acre: olía a carne aplastada. Cogió al lagarto muerto y lo arrojó por la puerta.
Mi padre se sentó, jadeando, contra el mural del Gran Buda, rodeado de dóciles animales.
Cuando recuperó el aliento, dijo: “Durante toda mi vida, me han tratado como un asno; lo único que quiero es que un hijo mío, al menos uno, viva como un hombre.”
El significado de vivir como un hombre era un misterio; pensé que significaba vivir como Vijay, el conductor del autobús. Éste paraba durante media hora en Laxmangarh, los pasajeros se bajaban y el conductor se tomaba una taza de té. Ahora bien, era un hombre al que admirábamos todos los que estábamos empleados en la tienda de té; admirábamos su uniforme caqui de la empresa de autobuses, su silbato de plata y el cordón rojo que colgaba de su bolsillo. Dicho todo esto, había prosperado en la vida.
Los miembros de la familia de Vijay eran criadores de cerdos, lo que significaba que estaban en lo más bajo de lo más bajo; aún así, habían triunfado en la vida.
De algún modo, se había granjeado la amistad de un político, por el cual, según decían, se había tenido que bajar los pantalones. Lo que fuese lo que se había visto obligado a hacer, lo había hecho: fue el primer empresario al que conocí. Ahora tenía un trabajo, un silbato de plata y, cuando lo usaba -justo en el momento en que el autobús iba a salir-, todos los chicos en el pueblo se volvían locos y corrían tras el autobús, golpeaban los laterales y rogaban que les llevara a ellos también. Yo quería ser como Vijay, con un uniforme, un sueldo, un brillante silbato de pitido ensordecedor y gente mirándome, como diciendo: Qué importante parece.
Las dos de la mañana ya, señor Primer Ministro; pronto tendré que dejarlo por esta noche. Permítame revisar al dedillo la pantalla del portátil y comprobar si hay más información de utilidad.
Aparte de unos cuantos detalles innecesarios…
…En el área de Dhaula Kuan, en Nueva Delhi, la noche del 2 de septiembre, cerca del hotel ITC Maurya Sheraton…
Y bien, este hotel, el Sheraton, es el mejor de Delhi. Nunca he estado dentro, pero mi ex-jefe, el señor Ashok, solía tomarse allí la última copa. En el sótano hay un restaurante que, por lo visto, es muy bueno. Debería visitarlo, si se le presenta la ocasión de hacerlo.
El hombre desaparecido trabajaba como chófer de un vehículo Honda Civic en el momento del supuesto incidente. Por este motivo se abrió un caso, FIR nº 438/05, en la comisaría de Dhuala Kuan, Delhi. Se cree también que llevaba una bolsa con cierta cantidad de dinero.
Bolsa roja, deberían haber dicho. Sin el color, la información es de todo, salvo útil, ¿no? No me extraña que nunca me identificaran.
Cierta cantidad de dinero. Abres cualquier periódico de este país, y es siempre la misma mierda. “ Cierta parte interesada ha estado difundiendo rumores”, o “ Cierta comunidad religiosa no cree en los anticonceptivos.” Lo odio .
Setecientas mil rupias.
Esa es la cantidad de dinero que había en la bolsa roja. Créame, la policía también lo sabía. Cuánto es eso en dinero chino, no lo sé, señor Jiabao. Pero daría para comprar diez portátiles Macintosh plateados de Singapur.
En el cartel no se menciona mi escuela, señor, es una verdadera lástima. Cuando se describe a alguien, debiera siempre mencionarse algún detalle sobre su educación. Tendrían que haber dicho algo así como: El sospechoso estudió en una escuela con lagartos de medio metro de largo, del color de las guayabas a medio madurar, escondidos en las despensas…
Si el pueblo indio era un paraíso, la escuela es un paraíso dentro de un paraíso.
Se daba por hecho que en mi escuela se comía gratis. Un programa gubernamental daba a cada chico tres rotis, daal amarillo, y pepinillos a la hora de comer; pero nunca vimos rotis , o daal amarillo, o pepinillos, y todo el mundo sabía el por qué: El maestro nos había robado el dinero de la comida.
El maestro tenía una excusa legítima para robar el dinero; decía que llevaba seis meses sin cobrar. Iba a iniciar una protesta "a lo Gandhi" para cobrar las pagas perdidas -no iba a hacer nada en clase hasta que su nómina llegara por correo. Aún así, tenía miedo de perder el empleo porque, si bien el sueldo de cualquier trabajo gubernamental en India es escaso, había unas cuantas ventajas adicionales. Una vez llegó a la escuela un camíón con uniformes enviados por el gobierno; nunca los vimos, pero una semana más tarde se pusieron a la venta en el pueblo vecino.
Nadie culpaba al maestro por hacer eso. No puedes esperar que un hombre en una pila de estiércol huela bien. Todo el mundo en el pueblo sabía que, de haberse visto en su situación, habría hecho lo mismo; algunos estaban incluso orgullosos de él por haber salido indemne con tanta habilidad.
Una mañana, un hombre vestido con el mejor traje que había visto yo en mi vida, uno de safari azul, más impresionante que el uniforme de un conductor de autobús, bajó andando la calle que llevaba a mi escuela. Llevaba en la mano un bastón que empezó a blandir en cuando nos vio en la puerta. Nos metimos corriendo en la clase y nos sentamos con nuestros libros.
Era una inspección sorpresa.
El hombre con el traje de safari azul, el inspector, señaló con su bastón los agujeros de la pared, o el/la (word in the next page) rojo/a […]

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(…)coloraciones, mientras el profesor, que estaba escondido a un lado decía: “ perdone señor, perdone señor”
No hay trapo en esta clase, no hay sillas; no hay uniformes para los chicos. ¿Cuánto dinero has robado del fondo del colegio, hijo de puta?
El inspector escribió cuatro frases en la pizarra y señalo con el puntero al chico:
“Lee”.
Uno de los chicos de detrás se levantó y miró a la pared.
“Prueba con Balram señor”, dijo el profesor. “Es el más listo del grupo. Lee bastante bien.”
Así que me levanté y empecé a leer, “Vivimos en una tierra gloriosa. El señor Buddha recibió su iluminación en estas tierras. El río Ganga le da vida a nuestras plantas, animales y a nuestra gente. Démosle gracias a Dios por haber nacido en esta tierra.”
“Bien”, dijo el inspector. “¿Y quién fue el señor Buddha?
“Un hombre iluminado”
“Un dios iluminado”
(¡Ups, treinta y seis millones cinco…!)
El inspector me hizo escribir el nombre en la pizarra; después me enseñó su reloj y me preguntó la hora.
Se sacó la cartera, cogió una foto y me preguntó; “¿Quién es este hombre, el hombre más importante de nuestras vidas?”
La fotografía era de un gordo con el pelo canoso, despeinado y con mofletes, que llevaba unos pendientes de oro muy grandes; su cara reflejaba inteligencia y amabilidad.
“Él es el gran humanista”
“Bien. ¿Y cuál es el mensaje del gran humanista para los niños?”
Yo ya había visto la respuesta en la pared, fuera del templo: un policía lo escribió ahí un día en rojo.
“Cualquier niño de cualquier pueblo puede crecer para convertirse en el primer ministro de India. Ese es el mensaje para los niños de esta tierra”.
El inspector me señaló con el puntero. “Tú jovencito eres el chaval más inteligente, honesto y vivaz de toda esta panda de brutos e idiotas. En cualquier jungla, ¿Cuál es el animal más raro, la criatura que existe solo una vez por generación?”
Lo pensé y le dije:
“El Tigre Blanco”
“Eso es lo que tú eres en esta jungla”.
Antes de que el inspector se fuera dijo, “Voy a escribir a Patna para que te manden escolarizar”. Necesitas ir a un colegio de verdad, a algún sitio lejos de aquí. Necesitas un uniforme en condiciones y una educación de verdad”
Tenía un regalo de despedida para mí: un libro. Recuerdo muy bien el título: Lecciones para los niños de la vida de Mahatma Gandhi.
Y así es como me convertí en el Tigre Blanco. Habrá también un cuarto y un quinto nombre en esta historia, pero eso será más tarde.
Ahora, después de haber sido elogiado delante de mi profesor y de mis compañeros, nombrado Tigre Blanco. Habiendo recibido un libro como regalo y la promesa de ser escolarizado, eran buenas noticias hay que decir también que la única ley oscura de la vida es que las buenas noticias se convierten en malas, y pronto.
A mi prima Reena la juntaron con un chico del pueblo de al lado. Nos fastidiaron a nosotros porque éramos la familia de las chicas.
Tuvimos que darle al chico una bici nueva, algo de dinero, una pulsera de plata y todo lo necesario para una boda de lujo.
Señor Premier, usted probablemente sepa como, nosotros, los indios, celebramos las bodas, incluso le digo que viene gente de otros países para celebrar su boda al estilo indio. ¡Ah! Podríamos enseñares muchas cosas a esos extranjeros, ¡te lo digo! Canciones de películas sonando a todo volumen desde una cinta de casete ¡y bebiendo y bailando toda la noche!
Yo terminé destrozado al igual que Kishan y toda la familia, y por lo que sé, seguramente echaron licor en el agua del abrevadero del búfalo.
Pasaron dos o tres días. Yo estaba en clase, sentado al fondo, con mi pizarra y mi tiza que me trajo mi padre de uno de sus viajes a Dhanbad, practicando el abecedario. Los compañeros estaban charlando o peleándose. Y el profesor acababa de pasar. Kishan estaba en la puerta de la clase y me hizo un gesto con los dedos.
“¿Qué pasa Kishan? ¿Vamos a algún sitio?”
Y él no decía nada.
“Me llevo el libro? ¿Y la tiza?
“¿Por qué no? Dijo. Y entonces me puso la mano en la cabeza y nos fuimos.
La familia había pedido un préstamo al Buitre para celebrar la boda por todo lo alto y poderle dar a mi prima un espléndida dote. Ahora el Buitre reclamaba su préstamo. Quería que todos los miembros de la familia trabajasen para él y como él o su representante me habían visto en el colegio, a mí también me tocaba.
Me llevaron a la tetería. Kishan saludó al tendero con un gesto y yo hice lo mismo.
“¿Quién es este?” dijo el dependiente mirándome.
Él estaba sentado debajo de un cuadro enorme de Mahatma Gandhi y es cuando me di cuenta de que estaba metido en apuros.
“Mi hermano” dijo Kishan. “Viene conmigo”
Entonces Kishan sacó el horno fuera de la tienda y me dijo que me sentara. Me senté a su lado. Él me enseñó un saco; y dentro había un montón de carbón. Cogió un trozo de carbón, lo partió contra un ladrillo y metió los trocitos en el horno.
“Más fuerte”, dijo mientras yo partía el carbón contra el ladrillo.
“Más fuerte, más fuerte”
Al final lo hice bien, rompí el carbón. Él se levantó y dijo: “ ahora rompe los últimos trozos de carbón en esta bolsa así”
Al rato, dos chicos del colegio se acercaron a mí y se quedaron mirándome. Después llegaron otros dos, y otros dos más. Se les oía las risitas.
“¿Cuál es el animal que hay solo una vez por generación?” preguntó en alto uno de los chicos.
“El rompedor de carbón” respondió otro.
Y se empezaron a reír todos.
“Pasa de ellos” dijo Kishan. “Ya se irán”.
Y se quedó mirándome.
“¿Estás enfadado conmigo por haberte sacado del colegio a que sí?
Yo no dije nada.





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"Odias la idea de tener que romper carbón, ¿verdad?"
No dije nada.
Cogió el trozo más grande de carbón y lo estrujó en su mano. " Imagina que cada trozo de carbón es mi cráneo: serán mucho más fáciles de romper."
A él también le habían sacado del colegio. Fue después de la boda de mi prima hermana Meera, otro gran acontecimiento.
Trabajar en una tetería. Romper carbón. Limpiar mesas. ¿Malas noticias para mí, dice usted?
El privilegio del hombre de negocios es romper la ley de su tierra: convertir en buenas las malas noticias.
Mañana, señor Jiabao, empezaré de nuevo, a medianoche, a contarle cómo, en la tetería, me dí a mí mismo una educación mejor de la que podría haber recibido en ninguna escuela. Sin embargo, en este preciso instante, va siendo hora de que deje de contemplar esta lámpara de araña y me ponga a trabajar. Son casi las tres de la mañana. Es ahora cuando Bangalore vuelve a la vida. La jornada laboral americana está llegando a su fin y la mia está a punto de empezar. Tengo que estar alerta cuando todos los teleoperadores y teleoperadoras salgan de sus oficinas para irse a sus casas. Es entonces cuando debo estar cerca del teléfono.
Yo no tengo teléfono móvil por razones obvias: como todos sabemos, corroe los sesos del hombre, encoge sus pelotas y agota su semen; así que debo quedarme en la oficina. Por si hay una crisis.
¡Yo soy el hombre al que la gente llama cuando hay una crisis!
Veámos rápidamente si hay algo más....
... se ruega a cualquier persona que tenga alguna información o pista sobre este hombre desaparecido, informe a la página web del CBI: http://cbi.nic.in . Dirección de e-mail: diccbi@cbi.nic.in. Número de fax: 011-23011334. Número de teléfono: 011-23014046 (directo) 011-23015229 y 23015218, extensión 210, y a la siguiente dirección, abajo señalada, o al número o números de teléfono que se indican abajo.
DP 3687/05
SHO - Dhaula Kuan, New Delhi
Tel: 28653200, 27641000
Entre el texto de la noticia, una fotografía: borrosa, ennegrecida y corrida por la tinta antigua de alguna comisaria, y apenas reconocible incluso cuando estaba en la pared de la estación de tren; pero ahora, transferida a la pantalla del ordenador, reducida a píxeles, solo una idea abstracta de la cara de un hombre: una criatura pequeña con grandes ojos saltones y mucho bigote. Podría ser cualquiera de los hombres de la India.
Le dejo por esta noche, Señor Primer Ministro, con un comentario sobre los defectos del trabajo de la policía de la India. Ahora, es probable que un autobús lleno de hombres vestidos de caqui -era un caso sensacional después de todo- partiera hacia Laxmangarh para investigar mi desaparición. Habrán interrogado a los comerciantes, intimidado a los hombres que empujan esos pequeños carritos que llevan personas y despertado al maestro. ¿Robó cuando era niño?¿Durmió con putas?. Habrán hecho pedazos una o dos tiendas de ultramarinos y habrán sacado a la fuerza 'confesiones' de una o dos personas.
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Pero le apuesto a que perdieron la pista más importante de todas y que tenían justo delante de ellos.
Me refiero a Black Fort, por supuesto.
Le rogué a Kusum muchas veces que me llevara a la cima de la montaña, atravesar la entrada y entrar en el fuerte.
Pero decía que yo era un cobarde, que me moriría de miedo si subía allí: un lagarto enorme, el más grande del mundo, vivía en el fuerte.
Así que solo pude mirar. Los grandes miradores de la muralla se transformaron en líneas de ardiente rosa al amanecer y ardiente oro al atardecer, el cielo azul lucía a través de las rendijas de las piedras, mientras la luna brillaba sobre las dentadas paredes, y los monos corrían salvajes por las paredes, gritándose y atacándose unos a otros, como si fueren los espíritus reencarnados de los guerreros muertos, luchando de nuevo sus últimas batallas.
Yo también quería subir.
Iqbal, que es uno de los cuatro mejores poetas del mundo (los otros son: Rumi, Mirza Ghalib y un cuarto compañero también musulmán cuyo nombre he olvidado) ha escrito un poema donde dice esto sobre los esclavos:
Ellos recuerdan a los esclavos porque no pueden ver lo bonito de su mundo.
Esa es la mayor verdad que jamás se ha dicho.
Un gran poeta, este compañero Iqbal, aunque fuese musulmán.
(Por cierto, Sr. Primer Ministro: ¿se ha dado cuenta de que los cuatro mejores poetas del mundo eran musulmanes? Y, ¿siguen siendo, todos los musulmanes que conoce usted, analfabetos o van cubiertos con burkas negros de los pies a la cabeza o van buscando edificios que puedan hacer volar en pedazos? Es un misterio, ¿verdad? (Si logra alguna vez comprender a estas personas, envíeme un e-mail)

Incluso de niño pude ver lo hermoso del mundo: Yo no estaba destinado a ser un esclavo.
Un día, Kusum me descubrió en el fuerte.
Me siguió todo el camino desde nuestra casa al estanque de piedras, y vio lo que estaba haciendo. Esa noche se lo contó a mi padre: “Estaba allí de pie mirando boquiabierto el fuerte, como su madre solía hacer. Ya te lo digo, no va a llegar a nada bueno en la vida.”
Cuando tenía unos trece años decidí subir al fuerte yo solo. Caminé hasta el estanque, llegué al otro lado, y escalé la montaña; y, justo cuando estaba a punto de entrar, una cosa negra apareció en la entrada. Me dí la vuelta y corrí montaña abajo, demasiado asustado incluso para llorar.
Sólo era una vaca. Lo vi desde la distancia pero, estaba demasiado asustado como para volver.
Lo intenté muchas más veces, seguía siendo un cobarde que cada vez que intentaba subir, perdía los nervios y se daba la vuelta.
A la edad de veinticuatro años, cuando estaba viviendo en Dhanbad y trabajaba para el Sr. Ashok como chófer, volví a Laxmangardh en una ocasión en la que mi jefe y su esposa fueron allí de excursión. Fue un viaje muy importante para mí, y espero podérselo contar con todo detalle cuando el tiempo me lo permita. Por ahora, todo cuanto necesito contarle es esto: mientras el Sr. Ashok y la señora Pinky descansaban despúes de almorzar, yo no tenía nada que hacer y decidí intentarlo de nuevo. Crucé el estanque a nado, subí la montaña, entré por la puerta y accedí al Black Fort por primera vez. No había mucho alrededor, sólo algunas paredes rotas y un grupo de monos asustados que me miraban desde la distancia.


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Poniendo el pie en la pared, miré el pueblo desde ahí; mi pequeño Laxmangarh. Vi la torre, el mercado, la reluciente línea de las aguas residuales, las mansiones de los patrones - y mi propia casa, con esa pequeña nube oscura por fuera - el Búfalo de agua; parecía la vista más hermosa de la tierra.
Me asomé al borde del fuerte en dirección hacia mi pueblo - y entonces hice algo demasiado asqueroso para describírtelo.
Bueno, en realidad escupí una y otra vez, y entonces, silbando y tarareando, bajé de nuevo la colina.
Ocho meses después, le corté el cuello al señor Ashok.


Primer Ministro.
Entonces...
¿A qué suena mi risa?
¿A qué huelen mis axilas?
Y cuando sonrío, ¿es cierto - cómo sin duda imagina ahora mismo - que mis labios se abren en una sonrisa malvada?.
Oh, podría seguir hablando sobre mí sin parar, señor; regodearme por el hecho de no ser un asesino cualquiera, sino uno que mató a su propio empleado (el cual es como un segundo padre) y que contribuyó también a la probable muerte de todos los miembros de su familia. Un asesino en masa en potencia.
Pero no quiero seguir hablando de mí; Debería usted oír a alguno de esos empresarios de Bangalore. Mi nueva empresa ha conseguido ese contrato con American Express, mi nueva empresa maneja el software en este hospital de Londres, bla, bla, bla. Odio cuanto rodea a esa jodida actitud de Bangalore, se lo aseguro.

(Pero si de veras cree necesario saber algo más sobre mí, entre en mi página web: www.whitetiger-technologydrivers.com . ¡Eso es! Esa es la dirección electrónica de mi nueva empresa.)
Pero, señor, estoy cansado ya de hablar de mí; esta noche me gustaría hablar sobre otro hombre importante en mi historia.
Mi ex.
El rostro del Señor Ashok reaparece ahora en mi mente tal como cada día aparecía en mi espejo retrovisor, cuando estaba a su servicio. Era una cara tan bonita que, en ocasiones, me era dificil dejar de mirarla. Imagínese un hombre de unos dos metros, de hombros anchos y antebrazos poderosos y amenazantes que, sin embargo,se mostraba siempre agradable ( casi siempre- excepto en aquella vez en que golpeó a la señora Pinky en la cara) y amable con aquellos que le rodeaban, incluidos sus sirvientes y su chófer; a
su lado, en el espejo de mi memoria, aparece otra cara, la señora Pinky – su mujer. Tan atractiva como su marido, igual que la imagen de la diosa del templo de Birla Hindu en Nueva Delhi es tan hermosa como la del dios con el que se casó. Solían sentarse en la parte de atrás y charlar mientras yo les llevaba a cualquier lugar que quisieran, con la misma lealtad con la que el dios Hanuman transportaba a sus maestros, Ram y Sita.
Pensar en el Señor Ashok hace que me ponga sentimental; creo tener algún pañuelo por aquí, en alguna parte.
He aquí una cosa extraña: mata a un hombre y te sentirás responsable de su vida- posesivo , incluso. Sabes más de él que su madre y su padre, ellos conocieron su feto, pero tú conoces su cadáver; sólo tú puedes completarlo.

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La historia de su vida; sólo tú sabes por qué su cuerpo ha sido arrojado al fuego antes de tiempo y por qué sus dedos se tensan y luchan por una hora más de vida en la tierra.
Ahora bien, a pesar de haberlo matado, no oirá de mí una palabra en su contra. Protegí su buen nombre mientras estuve a su servicio y ahora que, de algún modo, soy su amo, no dejaré de hacerlo. Le debo demasiado. Él y la señora Pinky se sentaban en la parte de atrás, charlando sobre la vida, sobre la India, sobre América, mezclando el inglés y el hindú; y, escuchándoles, aprendí mucho acerca de la vida, de la India y de América; y algo de inglés también (quizás algo más de lo que he revelado hasta ahora). De hecho, muchas de mis mejores ideas las he copiado directamente de mi antiguo jefe o de su hermano, o de cualquier otra persona para la que haya tenido que conducir. (Lo confieso, Señor Presidente: no soy un pensador original, pero si que soy un oyente original.) Es cierto que Mr. Ashok y yo tuvimos algún desencuentro sobre un término inglés – income tax * - y las cosas comenzaron a agriarse entre nosotros, pero ese problema lo contaré más tarde. Por ahora, seguimos en nuestro mejor momento: acabábamos de conocernos, lejos de Delhi, en una ciudad llamada Dhanbad.
Llegué allí tras la muerte de mi padre: había estado enfermo durante un tiempo, pero no hay hospital en Laxmangarh a pesar de que tres políticos diferentes depositaron las tres primeras piedras para un hospital antes de tres elecciones diferentes. Cuando comenzó a escupir sangre, Kishan y yo decidimos llevarle en barca a través del río; le lavamos la boca continuamente con agua del río, pero estaba tan contaminada que lo único que consiguió fue hacerle escupir aún más.



  • impuestos sobre la renta.


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Había un conductor de calesas al otro lado del río que reconoció a mi padre y nos llevó gratis a los tres hasta el hospital del gobierno.
Tres cabras negras estaban sentadas sobre los escalones que llevaban hasta el edificio grande, blanco y desteñido; el olor de sus heces se colaba a través de la puerta abierta. Los cristales de la mayoría de las ventanas estaban rotos y un gato nos observaba desde una ventana resquebrajada.
Una señal en la puerta decía:
HOSPITAL UNIVERSAL GRATUITO LOHIA
ORGULLOSAMENTE * INAUGURADO POR EL GRAN SOCIALISTA,
PRUEBA SAGRADA DE QUE CUMPLE SUS PROMESAS

Kishan y yo introdujimos a nuestro padre en el interior pisoteando los excrementos de las cabras que se esparcían por el suelo como una constelación de estrellas negras. No había ningún médico en el hospital, el único chico que encontramos en la planta, al que tuvimos que sobornar con diez rupias, nos dijo que éste, probablemente, llegaría por la tarde. Las puertas de las habitaciones estaban abiertas de par en par; de las camas brotaban afilados muelles de metal y el gato comenzó a gruñirnos en cuanto entramos.
“En esta habitación no estaremos seguros- ese gato ha bebido sangre”.
Un grupo de musulmanes había extendido un periódico en el suelo para sentarse sobre él; uno de ellos tenía una herida abierta en la pierna y nos invitó a sentarnos junto a él y su amigo. Kishan y yo sentamos a padre sobre las hojas de periódico y esperamos allí.
Dos niñas pequeñas se sentaron detrás de nosotros; tenían los ojos amarillentos.




  • proudly en el original.

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“Ictericia, ella me la contagió”.
“Mentira, fuiste tú la que me la pasó a mí y ahora las dos moriremos.”
Un anciano con un parche de algodón en el ojo se acercó y se sentó detrás de las niñas.
Los musulmanes seguían colocando hojas de papel en el suelo y la fila de ojos enfermos, heridas abiertas y bocas en pleno delirio seguía creciendo.
“¿Por qué no hay ningún médico por aquí, amigo? pregunté. “Es el único hospital que hay a ambos lados del río.”
“El problema es el siguiente” dijo el más anciano de los musulmanes. “Hay un jefe del departamento médico del Gobierno encargado de controlar que los médicos visiten los hospitales de los pueblos como este. Sin embargo, cada vez que este puesto queda vacante, el Gran Socialista hace saber a los médicos importantes que habrá una subasta abierta para ocupar el cargo; la media que se paga por ese puesto hoy en día es de unas cuatrocientas mil rupias.”
“¡Eso es muchísimo! exclamé boquiabierto.
“¿Y por qué no? ¡Hay muchísimo dinero en los servicios públicos! Imagina por un momento que yo soy médico. Suplico, consigo el dinero y se lo entrego al Gran Socialista mientras le beso los pies. Él me concede el trabajo; presto juramento ante Dios y la Constitución India y después planto mis pies sobre mi escritorio en la capital del Estado”. El hombre cruzó los pies sobre una mesa imaginaria y a continuación, llamó a todos los jóvenes médicos del Gobierno a mi oficina. Sacó mi enorme libro de contabilidad del cajón y gritó: “¡Dr. Ram Pandey!””
El hombre me señaló con el dedo y yo asumí mi papel en la obra saludándole: “¡Sí, señor!”
Él extendió la palma de su mano hacia mí.



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“Ahora, – Dr. Ram Pandey – pondrás amablemente un tercio de tu salario en mi mano. Buen chico. A cambio, yo hago esto .” Hizo una marca en su libro imaginario de contabilidad. “Puedes quedarte el resto de tu salario e irte a trabajar a algún hospital privado el resto de la semana. Olvida el pueblo, porque según este libro de contabilidad has estado allí; has tratado mi pierna herida y has curado la ictericia de esa chica.”
“¡Ah!”, dijeron los pacientes. Incluso los guardas, que se habían amontonado a nuestro alrededor para escuchar, movían la cabeza en señal de comprensión. Las historias de putrefacción y corrupción son siempre las mejores historias, ¿no?
Cuando Kishan puso algo de comida en la boca de padre, él la escupió con sangre. Su cuerpo delgado y negro empezó a convulsionar; las chicas de ojos amarillos empezaron a gritar y el resto de pacientes se alejaron de mi padre.
“Tiene tuberculosis, ¿no?” Preguntó el musulmán de mayor edad, mientras mataba las moscas que se acercaban a su pierna herida.
“No sabemos, señor; tuvo tos durante un tiempo, pero no sabíamos lo que era.”
“¡Oh!, es tuberculosis. Lo he visto antes en los hombres que tiran de esos pequeños carros para transportar personas; su trabajo les debilita. Bien, puede que el doctor aparezca esta tarde”
Pero no apareció. Alrededor de las seis de ese día, como el delegado de gobierno, sin duda y con precisión dijo que mi padre se había curado permanentemente de su tuberculosis. Los guardas nos hicieron limpiar todo lo de padre antes de que pudiéramos retirar el cuerpo. Una cabra entró y olfateó mientras nosotros fregábamos la sangre del suelo; los guardas la acariciaron y la dieron de comer una gran zanahoria mientras nosotros fregábamos.
La boda de Kishan tuvo lugar un mes después de la incineración.
Ese era uno de los buenos matrimonios: teníamos al chico y jodimos bien a la familia de la chica. Recuerdo exactamente que conseguimos de dote por parte de la chica, e incluso ahora cuando pienso en ello se me hace la boca agua: cinco mil rupias en efectivo, todo fresco, billetes nuevos y sin ensuciar, limpios del banco, más una bicicleta Hero y un grueso collar de oro para Kishan.
Después de la boda, Kusum Granny cogió las cinco mil rupias, la bicicleta Hero y el grueso collar de oro. Kishan tardó dos semanas en meter las narices en la vida de su mujer y entonces le mandaron a Dhanbad. Mi primo Dilip y yo fuimos con él; los tres encontramos trabajo en una tetería en Dhanbad – El propietario había escuchado cosas buenas sobre el trabajo de Kishan en la tetería en Laxmangarh.
Afortunadamente para nosotros, no habían oído nada sobre mí.
Vaya a una tetería a lo largo del Ganga, señor, y míre a los hombres trabajar en esa tetería – hombres, digo yo, pero sería mejor llamarles arañas humanas que van arrastrándose entre las mesas con trapos en las manos. Humanos arrugados con uniformes arrugados, lentos, sin afeitar, ya con treinta, cuarenta o cincuenta, pero aún siendo ‘chicos’. Pero ese es tu destino si no haces bien tu trabajo – con honestidad, dedicación y sinceridad, como Gandhi lo habría hecho, sin duda.
Yo hice mi trabajo con casi total falta de honradez, falta de dedicación y falta de sinceridad – y así la tetería fue una experiencia profundamente enriquecedora.
En vez de borrar las manchas de las mesas y machacar carbón para el horno, me pasé el tiempo en la tetería en Laxmangarh espiando a los clientes de cada mesa y oír, disimuladamente, todo lo que decían. Decidí que de esta forma seguiría mejorando mi educación – esto es lo único bueno, me diré a mi mismo. Siempre he sido muy partidario de la educación – especialmente de la mía.
El propietario de la tienda, que estaba enfrente bajo la gran foto de Gandhi, se incorporó removiendo un caldo de ebullición lenta de sirope de azúcar. ¡Él sabía para qué estaba allí! En el momento en el que me vio ganduleando cerca de una mesa o fingiendo estar limpiando una mancha, para así poder oír más de una conversación, me gritó, ‘¡Tú bruto!’; entonces bajó de un salto de su asiento, me persiguió por toda la tetería con el cucharón que había estado usando para remover el azúcar y me golpeó en la cabeza con él. El sirope ardiendo me chamuscó allí donde el cucharón me tocó y me dejó una serie de manchitas en las orejas que la gente a veces confundía con vitiligo o con otra enfermedad de la piel; una red rosa por la que aún me puedes identificar, aunque a la policía, como era previsible, se le pasó.
Finalmente me mandaron a casa; nadie más en Laxmangarh me contrataría después de eso, ni siquiera como empleado de granja. Así que era principalmente mi culpa que Kishan y Dilip hubieran venido a Dhanbad – para darme una oportunidad de empezar mi carrera de araña humana de nuevo.
En su viaje del pueblo a la ciudad, de Laxmangarh a Delhi, el camino del emprendedor cruza un número de ciudades provinciales que tienen la contaminación, el ruido y el tráfico de una gran ciudad – sin ninguna idea del verdadero sentido de la historia de la ciudad, del urbanismo y de la grandiosidad. Ciudades a medio hacer, construidas por hombres a medio hacer.
Había dinero en el aire en Dhanbad. Vi edificios con los lados hechos enteramente de cristal, y hombres con dientes de oro. Y todo este cristal y este oro – todo esto venía de las minas de carbón. Fuera de la ciudad había carbón, más carbón del que podrías encontrar en cualquier otro lugar en la Oscuridad, puede que más carbón que en ningún otro lugar en el mundo. Los mineros venían a comer a mi tetería – yo siempre les daba el mejor servicio, porque ellos eran quienes me contaban las mejores historias.
Me contaron que las minas de carbón se estaban excavando a lo largo de muchas millas hacia las afueras de la ciudad. En algunos lugares había hogueras ardiendo bajo la tierra que contaminaban el aire con su humo – ¡hogueras que habían estado ardiendo continuamente durante cien años!
Y eso sucedía en la tetería en esta ciudad construida por carbón, mientras limpiaba una mesa y me quedaba para poder oír una conversación que cambió mi vida.
“Ya sabes, a veces pienso que me equivoqué metiéndome a minero.”
“Entonces, ¿a que otra cosa se puede meter la gente como tú y yo? ¿A políticos?”
“Hoy en día todo el mundo tiene un coche – ¿Y sabes cuanto pagan a sus conductores? ¡Mil setecientas rupias al mes!”
Se me cayó el trapo; fui corriendo a buscar a Kishan, que estaba limpiando un horno por dentro.
Después de la muerte de mi padre, fue Kishan quien cuidó de mí. No trato de esconder que ha sido él el que me ha convertido en quien soy hoy, pero él no tenía, en absoluto, valor para ser emprendedor. Habría sido feliz dejando que me hundiese en el barro.


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“Nada que hacer”, dijo Kishan. “ Granny dijo que atendiésemos la tetería – y nosotros atenseremos la tetería.
Fui a todas las estaciones de taxis; atrás dejaba a algunos extraños; pero ninguno estaba de acuerdo en enseñarme a conducir de forma gratuita. Iba a costarme trescientas rupias, aprender a conducir un coche.
¡Trescientas rupias!
Hoy, en Bangalore, no puedo conseguir suficientes personas para mi negocio. La gente viene y va. Los buenos hombres nunca se quedan. Me estoy planteando anunciarme en el periódico.
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Acuda a cualquier bar o pub en Bangalore con los oídos bien abiertos y es lo que oigas: no se pueden conseguir suficientes trabajadores, no se pueden conseguir bastantes ingenieros de software, no se pueden conseguir bastantes encargados de ventas. Hay veinte, veinticinco páginas de publicidad de trabajos en el periódico cada semana.
Las cosas son diferentes en la Oscura. Allí cada mañana, miles de hombres se sientan enlas teterías, leyendo el periódico, o tumbados en el pareo tarareando una melodía, o se sientan en sus habitaciones hablando sobre una foto de una actriz de cine. No tienen ningún trabajo que realizar hoy. Saben que hoy no conseguirán trabajo. Ya han dejado de luchar.
Son elegantes.
Los estúpidos se reúnen en el campo en el centro de la ciudad.
De vez en cuando un camión viene, y todos los hombres del campo se acercan hacia él con las manos extendidas, gritando: ¡Elegidme!¡Elegidme!
Todos me empujaban, y yo a ellos, pero el camión recogió solo a seis o siete hombres y nos dejó al resto detrás. Ellos eran llevados a alguna construcción o a un trabajo para cavar – los tipos afortunados. Otra media hora de espera. Otro camión vino. Otro problema, otra pelea. Después de la quinta o la sexta lucha del día, finalmente me encontré a la cabeza de la muchedumbre, cara a cara con el conductor del camión. Era un Sikh, un hombre con un gran turbante azul. En la mano sostenía un palo de madera, y la agitó para alejar a la muchedumbre.


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Pero si nosotros éramos Halwais, entonces ¿porque no estaba mi padre haciendo dulces y no conduciendo una bici-taxi? ¿Por qué crecí rompiendo carbón y limpiando mesas, en lugar de comer julab jamuns y pastelitos dulces? ¿Dónde y cuándo lo escogí? ¿Por qué estaba delgado, sucio, era malicioso y no regordete, lechoso y sonriente, como debería ser un chico que se ha criado con dulces?
Ves, este país, en sus días de grandeza, cuando era la nación más rica en toda la tierra, era como un zoo. Un limpio, bien mantenido y ordenado zoo. Cada uno en su lugar, todo el mundo feliz. Los Goldsmith aquí, los Cowherds allí, los Terratenientes allá, los Halwai hacían dulces, los Cowherd se ocupaban de las vacas, los intocables limpiaban heces, los terratenientes eran amables con sus siervos, las mujeres cubrían sus cabezas con un velo y agachaban la cabeza cuando hablaban con un hombre extraño.
Y entonces, gracias a todos esos políticos en Delhi, el 15 de Agosto de 1947 –el día que se marcharon los Británicos- las jaulas se abrieron; y los animales se atacaron y desgarraron unos a otros y la ley de la jungla reemplazó a la ley del zoo. Aquellos que eran los más feroces, los más hambrientos, consumieron a todos los demás y desarrollaron grandes barrigas. Esto es todo lo que importa ahora, el tamaño de tu barriga. No importaba que fueses una mujer, un musulmán, o un intocable: cualquiera con barriga podía sublevarse. Mi abuelo debió ser un verdadero Halwai, un fabricante de dulces, pero cuando él heredó la tienda, un miembro de alguna otra raza se la debió robar con la ayuda de la policía. Mi padre no tenía una barriga tan grande como para enfrentarse a ellos. Es por ello por lo que se hundió en el fango. Hasta el nivel de un conductor de bici-taxis. Por eso fui estafado en mi destino de ser regordete, lechoso y sonriente.
Para resumir – en el pasado había mil razas y destinos en la India. Hoy en día, solo hay dos: Hombres con grandes barrigas y hombres con pequeñas barrigas.
Y sólo dos destinos: comer o ser comido.
*
Ahora, el hombre de tez oscura – El señor Mukesh, hermano del señor Ashok – no sabía la respuesta – Te digo que la gente en las ciudades no sabe nada acerca del sistema de razas, así que el Cigüeña se giró hacia mí y me preguntó directamente.
“¿Eres de una raza de clase alta o baja, chico?”
No sabía lo que quería que le contestase, así que me la jugué entre las dos opciones -probablemente hubiese hecho una buena elección en ambos casos- Y entonces dije, “Baja señor”
Girándose hacia el señor Mukesh, el hombre viejo dijo, “Todos nuestros empleados son de clase alta. No nos hará daño tener a uno o dos empleados de clase baja trabajando para nosotros.”
El señor Mukesh me miró con ojos de sospecha . El no conocía los caminos a los pueblos, pero tenía todo el ingenio de los terratenientes.
“¿Bebes?”
“No señor. En mi raza, nunca bebemos. “
“Halwai… “ el señor Ashok dijo con una sonrisa “¿Eres un fabricante de dulces?” ¿Puedes cocinar para nosotros cuando no estés conduciendo?”
“Claro, señor. Cocino muy bien. Unos dulces muy sabrosos. Gulab jamuns, ladoos, lo que usted desee, Dije: Trabajé en una tetería durante muchos años”
El señor Ashok parecía encontrarlo divertido. “Sólo en India” Dijo “Tu conductor puede también cocinar dulces para ti. Solo en India. Empiezas mañana.”
“No tan rápido,” dijo el señor Mukesh. Primero tenemos que preguntarle acerca de su familia. ¿Cuántos son?, ¿Dónde viven?, todo. Y una cosa más: ¿cuánto quieres?”
Otro interrogatorio
“Absolutamente nada, señor. Usted es como un padre y una madre para mí, ¿como podría yo pedir dinero a mis padres?”
“Ochocientas rupias al mes,” dijo
“No señor, por favor, es demasiado. Deme la mitad de eso, será suficiente. Más que suficiente.”
“Si te mantenemos más de dos meses, se aumentará a mil quinientas.”
“Pareciendo apropiadamente devastado, acepté el dinero por él”
El señor Mukesh no estaba todavía del todo convencido conmigo. Me miró de arriba abajo y dijo, “Él es joven. ¿No queremos a alguien mayor?”
El Cigüeña sacudió su cabeza. Cógelos jóvenes y podrás mantenerlos de por vida. Un conductor de unos 40 años, consigues cuanto, 20 años de servicio, después sus ojos comienzan a fallar. Este tipo durará 30 o 35 años. Sus dientes son sólidos, tiene pelo, está en buena forma.
Sorbió su zumo de nuez de areca, que estaba llenando su boca, se giró y escupió un chorro de líquido rojo a su lado.
Entonces me dijo que volviese en dos días
Ha debido telefonear a su hombre en Laxmangarh. Y después ese hombre ha debido ir a hablar con Kusum, y preguntar a los vecinos por nosotros y devolverle la lamada. “Él tiene una buena familia. Nunca tuvieron ningún problema. El padre murió hace unos años de tuberculosis. Era conductor de bici-taxis. El hermano está en Dhanbad también, un trabajador en las teterías. No tienen ninguna historia de apoyar a los Naxals o algún otro grupo terrorista. Y ellos no se van de un lado a otro: sabemos exactamente donde se encuentran.”
Esa última pieza de información era muy importante. Ellos debían saber dónde estaba mi familia en todo momento.
No te lo he contado todavía, ¿verdad? Lo que le hizo el Buffalo a su sirviente doméstico. El que se supone que se ocupaba de cuidar de su hijo, el cual fue secuestrado por los Naxals, y después torturado y matado. El sirviente era uno de los de nuestra raza, señor. Un Halwai. Yo le he visto una o dos veces cuando era pequeño.
El sirviente dijo que no tenía nada que ver con el secuestro; el Buffalo no le creyó y eligió a cuatro de sus pistoleros para torturar al sirviente. Después le dispararon en la cabeza.
Es justo. Yo hubiese hecho lo mismo a alguien que deja que secuestren a mi hijo.
Pero después, como el Buffalo estaba seguro de que el hombre había dejado a propósito que el niño fuese secuestrado por dinero, también fue a por la familia del sirviente. Un hermano fue agredido cuando estaba trabajando en el campo; golpeado allí hasta la muerte. La mujer del hermano fue rematada por tres hombre a la vez. Una hermana, que seguía soltera, también fue rematada. Después, la casa donde la familia había vivido fue rodeada por cuatro secuaces e incendiada.
Ahora, ¿Quién querría que le pasase eso a su familia señor? ¿Qué monstruo inhumano y miserable enviaría a su propia abuela, hermano, tía, sobrinas y sobrinos a la muerte?
El Cigüeña y sus hijos podrán contar con mi lealtad.
Cuando volví, el guardia nepalí abrió la puerta sin decir una palabra. Estaba ya dentro del compuesto.
Hasta donde llega un patrón, El señor Ashok, el señor mukesh y el Cigüeña eran buenos nueve de cada diez veces. Siempre había suficiente comida en la casa para los sirvientes. Los domingos incluso tenías un plato especial, arroz mezclado con unos pequeños trozos de pollo deshuesado. Yo nunca había tomado un buen plato de pollo en mi vida hasta entonces; te hacía sentir como un rey, comiendo pollo domingo tras domingo y después chuparte los dedos. Tenía un cuarto cubierto donde dormir. Es verdad que lo tenía que compartir con el otro conductor, un compañero con mal aspecto llamado Ram Persad, y el tenía la cama grande mientras que yo tenía que dormir en el suelo – pero un cuarto cubierto es un cuarto cubierto, y mucho más agradable que dormir en la carretera, como Kishan y yo estuvimos haciendo durante todo el tiempo que estuvimos en Dhanbad. Pero por encima de todo, tenía las cosas que nosotros que hemos crecido en la oscuridad, valoramos más que nada. Un uniforme. Un uniforme que color caqui.
Al día siguiente fui al banco – el que tenía una pared hecha de cristal. Me veía a mí mismo reflejado en los paneles de cristal- todo de caqui. Volví para atrás y caminé por en frente del banco una docena de veces, mirándome a mí mismo boquiabierto.
Si además me hubiesen dado un silbato de plata, estaría en el paraíso.
Kisham venía una vez al mes a verme. Kusum había decidido que podía quedarme noventa rupias al mes para mí: el resto iría directamente a Kisham –quien se lo mandaría de inmediato a ella, en el pueblo. Yo le daba el dinero todos los meses a través de las rejas negras de la puerta trasera, y hablábamos durante unos minutos antes de que el Nepali gritase, “Es suficiente- ahora el chico tiene trabajo que hacer”
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La tarea del chofer número dos era sencilla. Si el chófer número uno, Ram Persad, estaba ocupado llevando a los jefes al centro de la ciudad en el Honda City, y alguien de la casa quería ir al mercado, o a una mina de carbón, o mismamente a la estación, yo me subía al Maruti Suzuki y los llevaba hasta allí. Si esto no ocurría, tenía que quedarme en casa y hacerme útil allí.
Bueno, le comento que me tomaron como su “chófer”. No sé exactamente como organiza usted a sus sirvientes en China. Pero en India- o, al menos, en la Oscura India, los ricos no tienen ni chofers, ni cocineros, ni barberos ni costureros. Simplemente tienen sirvientes.

A lo que me refiero es a que en el momento en el que yo no conducía el coche, tenía que barrer el suelo del patio, hacer té, limpiar telarañas con una escoba larga, o sacar a la vaca fuera del complejo. Sólo había una cosa que no tenía autorizada hacer, y esa era tocar el Honda City: Sólo Ram Persad tenía la autorización de conducirlo y limpiarlo. Por las tardes yo siempre observaba cómo limpiaba el elegante lateral del coche con un paño. Y me moría de envidia.

Me di cuenta, incluso a esa distancia, que era un coche precioso, moderno, con todo el confort necesario: un manos-libres, aire acondicionado, bellos asientos de piel brillante, y un gran escupidero de acero inoxidable en la parte trasera. Debe ser una maravilla conducir tan hermoso coche, teniendo en cuenta que todo lo que yo tenía era un Maruti Suzuki viejo y abollado.

Una tarde, mientras yo observaba, el Señor Ashok se acercó y comenzó a curiosear. A partir de ese momento empecé a descubrir que era un hombre bastante inquisitivo.
“¿Para qué es eso? Esa cosa brillante de detrás”
“Escupidero, señor”
“¿Qué?”

Ram Persad le explicó. El escupidero era para el Cigüeña, ya que le gustaba masticar paan . Si escupía el paan por la ventana, el paan dejaba marcas en los laterales del coche, por lo que escupía al lado de sus pies, en el escupidero, que el chófer se encargaba de vaciar y limpiar al final de cada viaje.
“Asqueroso”, dijo el Señor Ashok

el Señor Ashok estaba preguntando por algo más cuando Roshan, el hijo de Mukesh Sir, llegó corriendo hacia nosotros con un murciélago de plástico y una pelota en la mano.

Ram Persad chascó sus dedos dirigiéndose a mí (jugar al cricket con cualquier mocoso del complejo deseoso de echar una partida y dejarle ganar sin más era una de las obligaciones principales del chofer número dos).

El Señor Ashok se unió al juego. Se quedó como sujeta-postigos mientras yo bateaba con fuerza la pelota que tenía que coger el mocoso. “Soy Azharuddin, capitán de India!”, gritaba el crío cada vez que anotaba puntos a su favor.
“Hazte llamar Gavaskar. Azharuddin es un musulmán”
Era el Cigüeña. Había entrado a la pista para observar.
El Señor Ashok dijo, “Padre, vaya tontería!” Hindú o musulmán, ¿cuál es la diferencia?”
“Oh!, la juventud y vuestras modernas ideas!”, dijo el Cigüeña. Puso sus manos sobre mis hombros y dijo: “Tengo que robarte al chófer, Roshan- Lo siento, lo tendrás de vuelta en una hora, ¿de acuerdo?”

El Cigüeña tenía un uso especial del segundo chófer. El hombre tenía mal las piernas, bastante varicosas, y el doctor le había recomendado sentarse por las tardes en el patio con los pies en agua caliente mientras eran masajeados por un sirviente.
Tuve que calentar agua en la estufa, llevarla al patio, y allí levantar los pies del anciano, uno después de otro y sumergirlos en el agua caliente para después masajearlos generosamente. Mientras lo hacía, el cerraba sus ojos y gemía.

Después de media hora, exclamó, “El agua se ha enfríado”, haciéndome sacar sus pies del cubo, uno tras otro. El agua estaba oscura (pelo muerto y restos de piel flotaban en ella). Tuve que acercarme al lavabo a llenar el cubo con agua caliente limpia, y llevarlo de nuevo donde el anciano se encontraba.
Mientras yo masajeaba, los dos hijos tomaron unas sillas y se sentaron al lado de su padre para hablar. Ram Persad sacó una botella rellena de un líquido dorado, y lo vertió en tres vasos, añadió cubitos de hielo en ellos, y acercó un vaso a sus hijos, quedándose él también con un vaso de licor. Los hijos esperaron a que el padre diese el primer sorbo y dijese, “Ah whisky. Cómo saldría adelante este país sin él”, y entonces la charla comenzó. Cuanto más hablaban, más intensamente yo masajeaba. Hablaban de política, carbón, y de su país, China. De alguna forma, estas cosas (política, carbón, China) estaban unidas a las fortunas familiares del Cigüeña; y entendí sutilmente que mi propio destino (puesto que ahora ya formaba parte de esta familia) estaba también ligado a estas tres cosas. La charla sobre el carbón y sobre China se mezcló con el aroma a whisky de los vasos, mientras la fetidez del sudor de los pies del Cigüeña sumergidos en agua caliente se elevaba, mezclándose también con la asquerosa flacidez de su piel, y con los numerosos puntapiés que tanto el Cigüeña como el Mangosta me daban en la espalda para indicarme que tenían intención de desplazarse. Conseguí memorizar todo de lo que estaban hablando- eso es lo increíble de los emprendedores. Somos como esponjas: absorbemos y crecemos.
Una colleja cortante aterrizó en mi cabeza.
Miré y ví al Cigüeña con su mano aún alzada por encima de mi gaznate, mirándome enfurecidamente.
“¿Sabes a qué se debe eso?”
“Sí, señor”, dije- con una gran sonrisa en la cara.
“Bien”
Un minuto después me volvió a golpear otra vez en la cabeza.
“Cuéntale para qué fue eso, Padre. No creo que lo sepa. Chaval, estás presionando mucho. Estás muy excitado. Padre se está irritando. Relájate un poco”.
“Sí, Señor”
“¿Tienes que pegar a los sirvientes, Padre?”
“Esto no es América, hijo. No hagas ese tipo de preguntas”
“¿Por qué no puedo hacer preguntas?”
“Es lo que esperan de nosotros, Ashok. Recuérdalo, nos respetan por eso”.

Últimamente, la señora Pinky ya no se unía a estas conversaciones. Si no era para jugar al Badmington (lo cual hacía llevando gafas de sol) con Ram Persad, nunca abandonaba la habitación. Yo me preguntaba qué podría ocurrirle- ¿habría discutido con su marido? ¿No estaría él metiéndosela bien en la cama?

Cuando el Cigüeña dijo, “El agua se ha enfríado”, por segunda vez, y sacó sus pies fuera del cubo, mi trabajo había concluido.

Derramé el agua por el fregadero. Me lavé las manos unas diez veces, las sequé, y seguidamente las volví a lavar, pero no había diferencia. No importa cuánto laves tus manos después de haber masajeado los pies de un hombre, el olor de su vieja y flácida piel permanecerá en la tuya para el resto del día.

Sólo había una tarea que ambos sirvientes número uno y número dos tenían que hacer juntos. Al menos una vez por semana, a eso de las seis, Ram Persad y yo abandonábamos la casa y a través de la carretera principal, llegábamos a una tienda con un letrero que decía:

“JACKPOT” TIENDA DE LICOR INGLÉS
LICOR HINDÚ Y EXTRANJERO VENDIDO AQUÍ
Debo de explicarle, señor Jiabao, que en este país tenemos dos tipos de hombre: hombres de licor “hindú” y hombres de licor “inglés”. El licor “hindú” era para críos de pueblo como yo. El licor “Inglés”, naturalmente, es para los ricos. Ron, whisky, cerveza, ginebra- cualquier cosa que los ingleses se dejaron olvidado. (¿Hay algún licor chino, señor Premier? Me gustaría echar un trago).

Una de las obligaciones más importantes del chofer número uno era la de acercarse a Jackpot una vez por semana y comprar una botella del whisky más caro para el Cigüeña y sus hijos. Formaba parte del protocolo del sirviente, aunque, no me pregunte por qué, el chófer joven (osease yo mismo) siempre acompaña al otro chófer en su salida. Creo que se supone que yo debía asegurarme de que no se escapase con la botella.
Había numerosas botellas de varios tamaños y colores colocadas en las estanterías, y dos chavales detrás del mostrador trataban desesperadamente de averiguar los pedidos de todos los hombres que no paraban de gritarles. En la pared blanca, que recorría uno de los laterales de la tienda, había cientos de nombres de marcas de licores escritos con una pintura roja chorreante y subdivididos en cinco categorías: cerveza, ron, whisky, ginebra y vodka.

LISTA DE PRECIOS “JACKPOT”, TIENDA DE LICORES INGLESES


NUESTROS WHISKYES

- WHISKY DE PRIMERA CLASE




¼ botella
½ botella
botella entera
BLACKDOG
-
-
1330 rupias
TEACHER´S
-
530
1230 rupias
VAT69
-
-
1210 rupias

- WHISKY DE SEGUNDA CLASE

¼ botella
½ botell
botella entera
ROYAL CHALLENGE
110
220
390
ROYALSTAG
110
219
380
BAGPIPER
84
200
288


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- VODKA DE TERCERA CLASE



¼ botella
½ botella
botella entera
ROYAL CHOICE
61
110
200
WILD HORSE
44
120
200

(HAY DISPONIBLE INCLUSO WHISKY MÁS BARATO. PREGUNTE AL CAMARERO)

NUESTRO VODKA
VODKA DE PRIMERA CLASE…

No había mucho donde elegir, y los diez pies de espacio que había enfrente de la barra estaban abarrotados por al menos cincuenta hombres, cada uno gritando lo más alto posible, mientras agitaban billetes de Rupias de denominaciones más altas.


“Un litro de Kingfisher Strong!”
“Media botella de Old monk!”
“¡Thunderbolt! ¡Thunderbolt!


No iban a beber este licor; pude adivinar por sus camisas sucias y rasgadas que tan solo eran sirvientes, como Ram Persad y yo, y que venían a comprar licor inglés para sus amos. Si viniéramos a Jackpot tras las ocho de la tarde de un fin de semana, se vería como una guerra civil enfrente de la barra; y yo tendría que acorralar a los demás hombres, mientras Ram Persad se abría paso a empujones hacia la barra y gritaba:
“Botella llena de Black dog!”

Black dog era el primer nombre que había en la categoría whisky de primera clase. Era la única cosa que bebían el Cigüeña y sus hijos.
Ram Persad conseguía el licor; y entonces yo aplastaba a los otros amos y peleaba por un poco de espacio para nosotros, y así, podíamos largarnos de allí, mientras él acunaba la botella en sus brazos. Fue la única vez en la vida que nos comportamos como un equipo.
En nuestro camino de regreso a casa, Ram Persad siempre paraba en el lado de la carretera y sacaba el “Black Dog” de su caja de cartón. Decía que era para controlar que Jackpot no nos había engañado. Yo sabía que estaba mintiendo. Él sólo quería sostener la botella; una botella virgen de whisky de primera calidad en sus manos. Quería imaginar que la estaba comprando para sí mismo. Entonces deslizaba la botella de vuelta a su caja de cartón y volvíamos a la casa, yo detrás de él, mis ojos aun estaban cegados por la visión de tanto licor inglés.
Por la noche, mientras Ram Persad roncaba en su cama, yo estaba tumbado en el suelo con mi cabeza sobre las palmas de mis manos.
Estaba mirando al techo.
Y pensando cómo los dos hijos de los Stork eran tan diferentes, tan diferentes como el día de la noche.
El señor Mukesh era bajito, oscuro, feo y muy astuto. De vuelta a casa le llamábamos “la mangosta”. Estuvo casado durante unos años con una hogareña esposa que se empezó a volver gorda tras haber tenido dos hijos, ambos niños. Este chico, esta mangosta, no tenía el cuerpo de su padre – pero sí tenia su mentalidad. Si alguna vez me veía perdiendo el tiempo en algún momento, el me gritaba, “¡Conductor, aquí no holgazanees! Limpia el coche.”
“Ya lo he limpiado, señor”
“¡Entonces coge una escoba y barre el patio!”
El señor Ashok tenía el cuerpo de su padre; el era alto, fuerte y guapo; como tenía que ser el hijo de un amo. Por las tardes, le veía jugando al badminton con su esposa en el recinto de la casa. Ella llevaba pantalones; yo miraba perplejo. ¿Quién habia visto antes a una mujer llevando pantalones – excepto en las películas? Al principio supuse que era americana, una de esas cosas mágicas que se había traído a casa desde Nueva York, como su acento y el perfume de esencia de frutas que se puso en su cara tras afeitarse.

Dos días más tarde, Ram Persad y el nepalí de ojos rasgados estaban cotilleando. Cogí una escoba, empecé a barrer el patio, y me acerqué poco a poco hacia ellos.

“Ella es cristiana, ¿lo sabias?”
“No tenia ni idea”
“¡pues sí!”
“¿y el se casó con ella?”
“Se casaron en América. Cuando nosotros los hindúes vamos allí, perdemos todo el respeto, debido a nuestra raza”, dijo el nepalí.
“El hombre viejo estaba absolutamente en contra del matrimonio. La gente de ella tampoco estaba feliz.”
“Entonces,¿Cómo ocurrió?
El nepalí me miró con mirada fulminante. “Oye, ¿nos estás espiando?”
“No, señor”

*

Una mañana, alguien llamó a la puerta de la habitación de los conductores, y cuando salí, la señora Pinky estaba allí de pie con dos raquetas en su mano.
Se había tensado una red entre dos mástiles en una esquina del patio; ella se colocó a un lado de la red y yo me coloqué al otro lado. Lanzó el volante – ascendió hacia arriba y entonces calló cerca de mi pie.


“¡pero muévete!¡y lánzamelo de nuevo!”
“Lo siento, señora. De veras que lo siento.”


Yo nunca había jugado antes a este juego. La lancé el volante, y se fue directo a la red.

“Eres un inútil. ¿Dónde está el otro conductor?”
Ram Persad se lanzó de repente a la red. El había estado viendo el partido desde un lado y sabía exactamente como jugar al badminton.
Le vi golpear el volante limpiamente por encima de la red y devolverle cada golpe mientras mi ombligo se quemaba.
¿Hay algún odio en la tierra como el odio del sirviente número dos hacia el sirviente número uno?
Aunque dormimos en la misma habitación, tan solo a unos pies de espacio entre nosotros, nunca nos dijimos ni una palabra – ni siquiera un Hola , o ¿Cómo está tu madre? Nada. Pude sentir un calor que irradiaba de él durante toda la noche – Sabía que estaba maldiciendo y murmurando sobre mi en sus sueños. Mira, empezaba cada día haciendo reverencias a al menos veinte fotos de dioses que guardaba en su lado de la habitación, y diciendo “om, om, om.” Cuando lo hací, me miraba por el rabillo del ojo, como si dijera, ¿es que tu no rezas? ¿Qué eres tu, un naxalita?
Una tarde fui al mercado y compré dos docenas de los ídolos más baratos de Hanuman y Ram que pude encontrar y los traje de vuelta y los puse en la habitación. Así pues ahora los dos teníamos el mismo número de dioses en la habitación; y entonces por la mañana nos ahogabamos el uno al otro en oraciones mientras hacíamos reverencias a nuestras respectivas deidades.
El nepalí estaba mano a mano con Ram Persad. Un día entró repentinamente en mi habitación y puso un gran cubo de plástico en el suelo con mucho estrépito.

“¿Te gustan los perros, niño de pueblo? Me preguntó con una gran sonrisa.

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Había dos Pomeranians blancos en la casa, Cuddles y Puddles. Los ricos esperan que sus perros sean tratados como personas, veras, esperan que sus perros sean mimados, y paseados, y acariciados, incluso ¡lavados! ¿Y adivina quien tuvo que hacer la limpieza? Me puse de rodillas y empecé a frotar a los perros, y enjabonarlos, y espumarlos, y luego aclarándolos, y tomando un secador y secando su piel. Después les saque por el complejo con una cadena mientras que el rey de Nepal se sentaba en un rincón gritando " ¡No tires de la cadena tan fuerte! ¡Valen mas que tu!" Cuando termine con mimos y babas volví de vuelta, oliéndome las manos, lo único que puede quitar el olor de la piel de perro de las manos de un sirviente es el olor de la piel de su amo. El señor Ashok estaba de pie fuera de mi habitación. Me fui corriendo hacia él y le hice una reverencia. El entro a la habitación, todavía encorvado. Se agacho para pasar por la puerta, la puerta estaba construida para sirvientes mal nutridos, no para un amo alto y nutrido como el. Él miro al techo dudosamente. "Que horroroso", dijo. Hasta entonces nunca me había dado cuenta que la pintura del techo se estaba pelando en grandes escamas, y como había telas de araña en cada rincón. Había sido tan feliz en esta habitación hasta ahora. "¿Porque huele así? Abre las ventanas"
El sentó en la cama de Ram Persad y le metió el dedo. Estaba duro. Inmediatamente empecé a no estar celoso de Ram Persad. (Vi la habitación son sus ojos; la olí con su nariz; y le metí el dedo con sus dedos, ya había empezado a digerir a mi amo!) Miro en mi dirección pero evito mi mirada, como si fuera culpable de algo.
"Tu y Ram Persad tendréis una habitación mejor en la que dormir. Y camas separadas. Y algo de privacidad."
"Por favor no hagas eso señor. Este sitio es como un palacio para nosotros."
Eso le hizo sentir mejor. El me miro.
¿"Eres de Laxmangarh, verdad?"
"Si señor".
"Nací en Laxmangarh. Pero nunca he estado desde entonces. ¿Tu también naciste allí?"
"Si señor. Nací y criado allí."
¿"Como es?"
Antes de que pudiera contestar, el dijo "Debe ser tan agradable"
"Como el paraíso señor".
Me miro de arriba a abajo, de cabeza a pies, la manera en la que yo le había mirado a el desde que llegue a la casa. Sus ojos parecían estar llenos de asombro: ¿como podían dos especimenes de la humanidad tan contrastados ser producidos por la misma tierra, luz solar y agua?
"Quiero ir allí hoy" el dijo, levantándose de la cama. "quiero ver mi lugar de nacimiento. Me conducirás allí"
¡"Si, Señor!"
¡Irme a casa! ¡Y con mi uniforme, conduciendo el coche de Stork, hablando con su hijo y nuera! Estaba preparado para besar sus pies. El Stork quería venir con nosotros y eso lo haría una gran entrada para mi al pueblo, pero en el ultimo momento decidió quedarse. Al final solo era el señor Ashok y la señora Pinky a quien iba a llevar en el Honda City, al campo hacia Laxmangarh. Era la primera vez que les conducía a los dos-Ram Persad había tenido el privilegio hasta ahora. Todavía no estaba acostumbrado al Honda City, que es un coche temperamental con un mente propia, como ya he dicho. Rece a los dioses -a todos ellos- para no cometer ningún error. No dijeron nada en media hora. A veces te sientes como chofer cuando hay tensión en el coche; sube la temperatura dentro. La mujer dentro del coche estaba muy enfadada.
"¿Porque vamos a este sitio en medio de ninguna parte. Ashoky?" su voz rompiendo el silencio por fin.
"Es mi pueblo ancestral, Pinky. ¿No te gustaría verlo? Nací allí, pero padre me saco de allí de niño. Había problemas con las guerrillas comunistas entonces. Pensé que podríamos"
"¿Has pensado en una fecha de vuelta?" ella pregunto de repente. "Me refiero a Nueva York"
"No todavía no. Tendremos una pronto"
El estaba callado un minuto; mis oídos estaban muy abiertos ahora. Si volvían a America, ¿no necesitarían un segundo conductor en la casa?
Ella no dijo nada; pero lo juro, podía oir dientes rechinando. El señor Ashok no tenia ni idea, empezó a tararear una canción de película, hasta que dijo "Que puta broma."
"¿Que era eso?"
"Has mentido sobre volver a America, verdad, Ashok, ¿tu nunca vas a volver, verdad?"
"Hay un conductor en el coche, Pinky te lo explicare todo luego"
"¡OH, que importa! Solo es un conductor. ¡Y estas cambiando de tema otra vez!"
Una fragancia magnifica lleno el coche, y sabia que se debía de haber movido y ajustado la ropa.
"¿Para que necesitamos un conductor? ¿Porque no conduces tu como solías hacer?"
"Pinky, eso era Nueva York-no puedes conducir en India, mira este trafico. Nadie sigue ninguna regla-la gente cruza la carretera como locos, mira, mira eso".
Un tractor venia por la carretera a toda velocidad, echando una densa columna de diesel negro de su tubo de escape.
"¡Va por el lado incorrecto de la carretera! El conductor de ese tractor no se ha dado cuenta".
Yo tampoco me había dado cuenta. Bueno, supongo que tienes que conducir en el lado izquierdo de la carretera, pero hasta entonces nunca había conocido a nadie que se alterase por esta regla.
"Y mira el diesel que esta echando. Si yo conduzco aquí, Pinky, me volveré completamente loco."
Condujimos a lo largo de un río, y después la carretera asfaltada llego a su fin y les lleve por un sendero lleno de baches, y después por un pequeño sitio de mercados con tres tiendas mas o menos iguales, vendiendo mas o menos los mismos artículos de queroseno, incienso y arroz. Todo el mundo nos miro. Algunos niños corrieron al lado del coche. El señor Ashok les saludo, e intento que la señora Pinky hiciera lo mismo. Los niños desaparecieron; habíamos cruzado una línea que ellos



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no podrían seguir. Estábamos en la zona del casero.
El conserje estaba esperando en la puerta de la mansión de Stork; abrió la puerta del coche antes de que hubiéramos parado del todo, y tocó los pies del señor Ashok.
‘¡Pequeño príncipe, estas aquí por fin! ¡Estas aquí por fin!’
El Jabalí vino a almorzar con el señor Ashok y la señora Pinky -el era su tío, después de todo. En cuanto le vi entrar a la mansión para almorzar, fui a la cocina y le dije al conserje: - ¡quiero tanto al señor Ashok que debe dejarme servirle el almuerzo!-. El cocinero accedió, y pude echarle un vistazo al Jabalí después de muchos años. Estaba más mayor de lo que yo recordaba, y más encorvado, pero sus dientes estaban exactamente igual: afilados y ennegrecidos y con dos dientes de gancho distintivos a los lados. Comieron en el comedor, un lugar magnifico, con techos altos, muebles fuertes y anticuados por todas partes, y una enorme araña de luces.
‘Es una mansión vieja muy bonita,’ dijo el señor Ashok ‘Todo es precioso aquí.’
‘Excepto la araña de luces- es un poco hortera,’ dijo ella.
"A tu padre le encantan las arañas de luces", dijo el Jabalí."El quería poner uno aquí en el baño, ¿sabias eso? ¡Lo digo en serio!"
Cuando el conserje trajo los platos y los puso en la mesa, el señor Ashok los miró y dijo, '¿No tienes nada vegetariano?' No como carne.
‘Nunca había visto a un casero que fuera vegetariano’, -dijo el jabalí. ‘No es natural. Necesitas carne para fortalecerte.’ Abrió sus labios y enseño sus dientes curvados.


‘No creo en matar animales sin necesidad. Conocí a vegetarianos en America, y creo que tienen razón’
'¿Que ideas locas recogéis chicos?' dijo el hombre viejo. ‘tu eres un casero. Son los Brahamins los que son vegetarianos, no nosotros.’
Después de comer, lavé los platos y ayudé al conserje a hacer té. Mi amo ya había sido encargado; ahora era el momento de ver a mi familia. Salí de la mansión por la puerta de atrás. Bueno, me habían sacado por allí. Toda mi familia había venido a la mansión, y estaban alrededor del Honda City, contemplándolo con orgullo, aunque demasiado asustados de tocarlo.
Kishan levantó su mano. No le había visto desde que se había ido de Dhanbad y volvió a casa para trabajar en el campo, de eso hacia tres meses. Me agaché y toqué sus pies, y los agarré más segundos de lo necesario, porque sabia que el momento en el que soltara me putearía -no había mandado dinero a casa durante los dos últimos meses.
‘¡Oh, por fin se acuerda de su familia!’ dijo, quitándome de sus pies. ¿‘Ha pensando en nosotros?’
‘Perdóname hermano.’
‘No nos has mandado dinero en meses. Te olvidaste de nuestro acuerdo.’
‘Perdóname, perdóname.’
Pero no estaban enfadados realmente. Por primera vez que yo recuerde, le prestaron más atención que las Aguas de Búfalo. Mas espléndida en su protesta, naturalmente, estaba la vieja astuta Kusum, que seguía sonriéndome y frotándose los antebrazos.
‘Oh, como te rellenaba la boca de dulces cuando eras un niño,’ ella dijo, intentando apretarme las mejillas. Estaba demasiado asustada de mi uniforme como para tocarme en otro sitio.
Casi me suben a sus espaldas a la vieja casa. Los vecinos estaban esperando allí para ver mi uniforme.
Me enseñaron los niños que habían nacido en la familia desde que me había ido, y me obligaron a besarles en la frente. Mi tía Laila había tenido dos hijos desde que me fui. La mujer del primo Pappu, Leela, había tenido un hijo.
La familia era más grande. Había más necesidades. Todos me regañaron por no mandar dinero todos los meses.
Kusum le pegó en la cabeza con su puño; lloró y se fue a la casa de los vecinos.
‘Mi nieto tiene un trabajo, y todavía me obliga a trabajar. Este es el destino de una mujer vieja en este mundo.’
‘¡Cásate con el!’ gritaron los vecinos. ‘¡Esa es la única manera de domesticar a los salvajes como él!’
‘Si’, dijo Kusum. ‘Si, esa es una buena idea.’ Sonrió y se frotó los antebrazos. ‘Una muy buena idea.’
Kishan tenía muchas noticias para mí- y como esto era la Oscuridad, todo eran malas noticias. El Gran Socialista era más corrupto que nunca. Las luchas entre los terroristas Naxal y los caseros estaban siendo más sangrientas. la gente pequeña como nosotros estaban en el medio. Había ejércitos privados en los dos lados, disparando y torturando a la gente sospecha de simpatizar con los otros.
‘La vida se ha convertido en un infierno aquí’ dijo. ‘Pero nos alegramos que estés fuera de este desastre, tienes un uniforme y un buen amo.’
Kishan había cambiado. Estaba mas delgado, y mas oscuro, sus tendones del cuello estaban hinchados por encima de la clavícula. Se había convertido, de repente, en mi padre.
Vi a Kusum sonriendo, frotando sus antebrazos y hablando sobre matrimonio. Me sirvió el almuerzo. Según me servía en el plato el curry con un cucharón - había hecho pollo, solo para mi - dijo ella, ‘organizaremos la boda para mas adelante este año, ¿vale? Ya hemos encontrado a alguien para ti- un pez gordo. En el momento en el que tenga su ciclo menstrual, ella puede venir aquí.’
Había huesos y carne de curry rojo enfrente de mí-y me parecía que me había servido carne del cuerpo de Kishan en el plato.
‘Abuela’, dije mirando el gran trozo de carne roja con curry, ‘deme algo más de tiempo. No estoy preparado para casarme.’
Se quedo boquiabierta. ‘¿A que te refieres con todavía no? harás lo que nosotros queramos.’ Ella sonrió. ‘Ahora comételo, querido. He hecho pollo solo para ti.’
Dije, ‘No.’
‘Comételo.
Me acercó más el plato. Todo el mundo en la casa se paró para mirar nuestra pelea.
La abuela entornó los ojos. ‘¿Qué eres tu, un Brahamin? Come, come.’
‘¡No! Empujé el plato tan fuerte que se fue volando a una esquina, golpeó la pared y salpicó todo el curry rojo en suelo.
‘¡He dicho que no me caso!’
Estaba tan asombrada que no pudo ni gritar. Kishan se levantó e intentó pararme mientras me iba, pero le empuje a un lado, se cayó fuerte en el suelo y salí de la casa.


Páginas 86, 87, 88 y 89

Los niños mocosos, pequeños, sucios y nacidos de una cualquiera cuyos nombres no quería saber, cuyo pelo no quería tocar, salieron conmigo fuera.
Poco a poco ellos captaron el mensaje y volvieron dentro.
Dejé detrás el templo, el mercado, los cerdos y las aguas residuales. Entonces estaba sólo en el estanque- el Fuerte Negro que había en lo alto de la colina en frente de mí.
Me senté a la orilla del río rechinando mis dientes.
No podía dejar de pensar en el cuerpo de Kishan. ¡Estaban comiéndoselo vivo! Ellos le harían lo mismo que a su padre- le sacaron de dentro y le dejaron débil e indefenso, hasta que le diagnosticaron tuberculosis y murió sobre el suelo de un hospital gubernamental, escupiendo sangre a los muros y a todos los lados, esperaba que algún doctor le viera.
Hubo un estruendo en el agua. El búfalo en el estanque elevó su cabeza cubierta de nenúfares: me miró de reojo.
Una grulla que se sostenía sobre una pata me observaba.
Caminé hasta que el agua me cubría el cuello, empecé a nadar;al lado de flores de loto y nenúfares, de búfalos, renacuajos y peces y rocas gigantes que se habían desprendido del fuerte.
Arriba sobre las murallas rotas, los monos se reunían para mirarme: había empezado a subir la colina.







Ya conoces mi pasión por la poesía y especialmente por las obras de los cuatro poetas musulmanes conocidos por ser los más grandes de todos los tiempos. Ahora, Iqbal, quién es uno de los cuatro, ha escrito este extraordinario poema en el cual se imagina que es el demonio, defendiendo sus derechos en el mismo instante que Dios intenta intimidarle. El demonio, de acuerdo con los musulmanes, fue una vez compinche de Dios, hasta que se peleó con él y se fue por su cuenta y, desde entonces, ha habido una guerra de cerebros entre Dios y el demonio. Sobre esto es lo que escribe Iqbal. Las palabras exactas del poema no puedo recordarlas, pero viene a decir algo así.
Dios dice: soy poderoso. Soy enorme. Llego a ser mi sirviente de nuevo.
El demonio dice: ¡ já!
Cuando recuerdo al demonio de Iqbal, que a menudo lo hago, tumbado aquí debajo de mi lámpara de araña, pienso en un pequeño personaje negro de uniforme caqui mojado quien está subiendo por el camino que da lugar a la entrada de un fuerte negro.
Allí permanece de pie ahora, con uno de sus pies sobre la muralla de el Fuerte Negro, rodeado por un grupo de monos asombrados.
Arriba en las nubes azules, Dios extiende su palma bajo las praderas, mostrando a este hombre pequeño Laxmangarh y su pequeño afluente de el Ganga y todo lo que había más allá: un millón de pueblos, un billón de gente. Y Dios pregunta a este pobre hombre:
¿ No es todo maravilloso? ¿ no es todo grande? ¿ no estas agradecido de ser mi sirviente?
Y luego observo a este pequeño hombre negro de uniforme caqui mojado que empieza a sacudirse, como si estuviera loco de la rabia, antes de agradecer a Almighty por haber creado el mundo de esta manera en lugar de haberlo creado de otras forma diferente.

Miro al pequeño hombre de uniforme caqui escupiendo a Dios una y otra vez, como cuando observo las cuchillas del pequeño ventilador cortando la luz de la lámpara de araña una y otra vez.
Media hora más tarde, cuando bajé la colina, fui derecho a la mansión de Stork . El señor Ashok y la señora Pinky estuvieron esperándome en el Honda city.
¿Dónde demonios has estado, conductor?”Ella gritó
Hemos estado esperándote”
Lo siento señora” : le respondí, aguantándome la risa. “ Lo siento mucho”.
Ten piedad, Pinky. Estaba viendo a su familia.
Tú sabes que relación tiene con su familia en el
Darkness.
Kusum, Luttu Auntie,
y todas las otras mujeres estaban reunidas al lado de la carretera cuando les obligamos a salirse de la carretera. Ellos me miraban boquiabiertos; aturdidos ya que no me estaba disculpando.
Vi a Kusum que apretaba sus puños hacía mi.
Puse mi pie en el acelerador y conduje recto hasta sobrepasarles.
Atravesamos el mercado; eché un vistazo a la tienda de té: las arañas humanas estaban en el trabajo en las mesas, los carros tirados por un hombre alineados en la parte de atrás, y los ciclistas con el cartel para la película pornográfica diaria al otro lado del río ya habían comenzado su recorrido.
Conduje a través del follaje, de los arbustos y los árboles y los búfalos holgazaneando en la laguna del estanque, al lado de las plantas trepadoras y los arbustos, al lado de los campos embarrados, al lado de las palmeras de coco, de plátanos, de lilas indias e higueras, al lado de pastos salvajes se encontraban los búfalos echando un vistazo. Un chico pequeño medio desnudo estaba montado en un búfalo al otro lado de la carretera, cuando él nos vio, bombeaba sus puños y gritaba de alegría; y quería gritarle : ¿sí, yo me siento como él también!¡ yo nunca volveré allí!
¿“ Puedes hablar ahora, Ashok? ¿Puedes responder mis preguntas?
Muy bien. Mira,cuando volví pensaba que era por dos meses, Pinky. Pero...las cosas han cambiado mucho en la India. Hay muchísimas cosas que podría hacer ahora aquí antes que en Nueva York.

Ashok, esto es una tontería”
No, no lo es. Realmente no lo es. Las cosas están cambiando ahora en la India. Este lugar será como América en diez años. Además, estoy mejor aquí. Tenemos gente que nos cuida, nuestros conductores, nuestros vigilantes, nuestros masajistas. ¿Dónde encontrarás a alguien en Nueva York que te lleve el té y algunas galletas mientras estás tumbado en la cama, cómo hace Ram Bahadur con nosotros? Sabes que él lleva en la familia 30 años; nosotros le decimos sirviente, pero forma parte de la familia. Un día papá encontró a este nepalés deambulando por Dhanbad con una pistola en la mano y dijo:
Paró de hablar en seguida.
¿Lo ves, Pinky?
¿Qué?
¿Ves lo que hizo el conductor?
Mi corazón dejó de palpitar. No tenía ni idea de lo que había hecho. El señor Ashok se inclinó y dijo: ¿conductor, estás implicado,no?

Sí, señor”.
Page 90-91
"¡No te has dado cuenta, Pinky, acabamos de pasar por al lado de un templo!"-, el señor Ashok señaló a la estructura alta y cónica con las serpientes entrelazadas pintadas en los lados que habíamos dejado atrás -"así que el conductor..."
Me tocó el hombro.
"¿Como te llamas?"
"Balram"
"Por eso Balram se toco el ojo como signo de respeto. Los vecinos del pueblo son tan religiosos aquí en la Oscuridad."
Eso pareció sorprenderles a los dos, así que me puse el dedo en el ojo un momento más tarde, otra vez.
"Eso para que es, conductor? No he visto ningún templo por aquí."
"... acabamos de pasar por un árbol sagrado. Estaba ofreciendo mis respetos."
"Has oído eso? Adoran la naturaleza. ¿Es precioso, verdad?"
Los dos estaban atentos de todos los árboles o templos que pasábamos, y me miraban para ver alguna reacción de piedad, que yo les daba, por supuesto, y con gran elaboración: primero solo tocándome el ojo, luego el cuello, después mi clavícula, e incluso mis pezones. Estaban convencidos que era el sirviente más religioso del mundo (toma eso, Ram Persad!)
Nuestro camino de vuelta a Dhanbad estaba bloqueado. Había un camión aparcado en la carretera. Estaba lleno de hombre con cintas del pelo rojas gritando eslóganes. "Levantarse en contra de los ricos! Apoya al gran Socialista. Mantén a los caseros fuera!"
Pronto otro grupo de camiones pasaron: los hombres en ellos llevaban cintas del pelo verdes y gritaban a los hombres en el otro camión. Una pelea estaba a punto de empezar.
"Que esta pasando?" preguntó la señora Pinky en un tono de voz alarmado.
"Relájate" el dijo "Es tiempo de elecciones, eso es todo."
Ahora, para explicarte que estaba pasando con todos estos gritos viniendo de los camiones, te tendría que contar todo sobre democracia, algo con lo que vosotros los chinos, estoy enterado, no estáis muy familiarizados. Pero eso tendrá que esperar hasta mañana, Su Excelencia.
Son las 2:44 a.m.
La hora de degenerados, drogadictos -y empresarios basados en Bangalore.



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Para el despacho de...

Creo que ya no necesitamos estas formalidades, ¿Verdad, Señor Jiabao?
Ya nos conocemos. Además, me temo que no tenemos tiempo para formalidades. Hoy será una sesión corta, Señor Primer Ministro – Estaba escuchando un programa en la radio sobre un hombre llamado Castro que echó a los ricos de su país y liberó a su pueblo. Me encanta escuchar los programas que hablan de grandes hombres – y antes de darme cuenta, ¡ya eran las dos de la mañana! Quería oír más sobre ese tal Castro pero, por usted, he apagado la radio. Resumiré la historia precisamente donde nos quedamos.
¡Oh, democracia!
Señor Primer Ministro: sin duda, el folleto que le entregue nuestro jefe del ejecutivo contendrá una larga sección sobre la magnífica democracia de la India – el asombroso espectáculo de mil millones de personas votando para determinar su propio futuro, con una completa libertad de voto, etcétera, etcétera.
Os reúno a vosotros, hombres de piel amarilla, que a pesar de todos vuestros logros en aguas residuales, agua potable y medallas olímpicas de oro, aún no tenéis democracia.
Un político dijo en la radio que eso es por lo que nosotros, los indios, os vamos a vencer: a lo mejor no tenemos aguas residuales, agua potable y medallas olímpicas de oro, pero sí tenemos democracia.
Si construyera un país con democracia, lo primero que haría sería poner tuberías de aguas residuales, después la democracia, más tarde repartiría folletos y estatuas de Gandhi, pero ¿Qué sabré yo? ¡Sólo soy un asesino!
No tengo ningún problema con la democracia, Señor Jiabao. Ni mucho menos, le debo mucho a la democracia – de hecho, incluso mi cumpleaños. Esto fue allá por los días en que machacaba carbón y limpiaba mesas en la tienda de té de Laxmangarh. Hubo un estallido de aplausos que venía del lugar donde estaba el retrato de Gandhi – el dueño de la vieja tienda de té empezó a gritar que todos sus trabajadores tenían que dejar lo que estuvieran haciendo e ir al colegio electoral.
Un hombre con un uniforme del gobierno se sentó en la mesa del profesor en el aula, con un libro grande y un bolígrafo negro, y le estaba preguntando a todo el mundo dos preguntas:
‘Nombre’
‘Balram Halwai’
‘Edad.’
‘No tengo edad.’
‘¿No tienes fecha de nacimiento?’
‘No, señor, mis padres no me lo hicieron saber.’
Él me miró y me dijo, ‘Creo que tienes 18 años. Creo que hoy has cumplido 18. Simplemente te olvidaste, ¿verdad?’
Yo asentí. ‘Es cierto, señor. Lo olvidé. Hoy era mi cumpleaños.’
‘Buen chico.’
Y entonces lo escribió en su libro y me dijo que me fuera. Así que conseguí un cumpleaños gracias al gobierno.
Tenía que tener 18 años. Todos los que estábamos en la tienda de té teníamos que tener 18, la edad legal para votar. Llegaba el tiempo de elecciones, y el dueño de la tienda de té ya nos había vendido. Había vendido nuestras huellas dactilares – la huella de tinta que la persona analfabeta hace en la papeleta para indicar su voto. Eso es lo que había oído de un cliente. Supuestamente era una elección cerrada; había conseguido un buen precio por cada uno de nosotros de parte del Gran Partido Socialista.
Ahora bien, el Gran Socialista había sido el jefe de la Oscuraridad durante una década cuando llegaron las elecciones. El símbolo de su partido, un par de manos rompiendo unas esposas – simbolizando a los pobres liberándose de los ricos – estaba impreso en una plantilla negra en la pared de cada oficina del gobierno en la Oscuridad. Algunos de los clientes de la tienda de té dijeron que el Gran Socialista empezó como un buen hombre. Había venido para arreglar las cosas, pero el lodo de la Madre Ganges le había absorbido. Otros decían que él había jugado sucio desde el principio, que había engañado a todo el mundo y que sólo ahora le veíamos tal y como es. Fuere como fuere, parecía que nadie era capaz de echarle del poder. Había gobernado la Oscuridad, ganando elección tras elección, pero en este momento su poder se estaba debilitando.
Mire, en este momento hay un total de noventa y tres acusaciones contra el Gran Socialista y tres ministros– por asesinato, secuestro, grandes robos, contrabando de armas y otros tantos delitos menores– que están sin resolver. No es fácil condenar a alguien cuando los jueces están juzgando en la Oscuridad, aun así se han pronunciado tres condenas y tres ministros están actualmente en la cárcel, pero continúan siendo ministros. Se dice que el mismísimo Gran Socialista ha malversado mil millones de rupias desde la Oscuridad, y ha transferido ese dinero a un banco en una cuenta de un pequeño y precioso país europeo lleno de gente blanca y dinero negro.
Ahora que se ha fijado la fecha de las elecciones y esta se ha comunicado a través de la radio; la fiebre de la elección se ha empezado a extender otra vez. Estas son las tres enfermedades principales de este país, señor: tifoidea, cólera y fiebre electoral. Esta última es la peor: hace que la gente hable y hable de cosas que no sabe. Parece que los enemigos del Gran Socialista son más fuertes en estas elecciones que en las pasadas: habían hecho folletos e iban en autobuses y camiones con micrófonos y anunciaban que iban a destronarle y a sacar al Rio Ganges y a todos los que viven a sus orillas de la Oscuridada para llevarles hacia la Luz.
En la tienda de té, los cotilleos crecían frenéticamente. La gente sorbía su té y debatía sobre las mismas cosas una y otra vez.
¿Lo harán esta vez? ¿Vencerán al Gran Socialista y ganarán las elecciones? ¿Han recaudado bastante dinero, sobornado a suficientes policías, y comprado bastantes huellas dactilares para ganar? Los votantes debatían las elecciones en Laxmangarh como si fueran eunucos debatiendo sobre el kamasutra.
Una mañana vi a un policía escribiendo un eslogan en una pared fuera del templo con un pincel rojo:
¿QUERÉIS BUENAS CARRETERAS, AGUA LIMPIA Y BUENOS HOSPITALES? ENTONCES, !VOTAD AL GRAN SOCIALISTA !
Durante años ha habido un trato entre los terratenientes y el Gran Socialista – todos los de la aldea lo sabían – pero este año algo había ido mal con el trato, así que los cuatro Animales se juntaron y comenzaron su propio partido.
Y debajo del eslogan el policía escribió:
FRENTE SOCIALISTA Y PROGRESISTA DE TODA INDIA (FACCIÓN LENINISTA)
Éste era el nombre del partido de los terratenientes.
Durante las semanas anteriores a las elecciones, los camiones subían y bajaban por las sucias calles de Laxmangarh, repletos de hombres jóvenes que sostenían micrófonos: ¡Enfrentémonos a los ricos!
Vijay, el conductor de autobús, siempre estaba subido en uno de esos camiones. Había dimitido de su anterior trabajo y ahora se había unido a la política. Eso es lo que pasaba con Vijay; cada vez que le veías, había progresado. Era un político innato. Llevaba una cinta de pelo roja para demostrar que era uno de los partidarios del Gran Socialista, y daba discursos cada mañana en frente de la tienda de té. Como respuesta, los terratenientes traían camiones llenos de sus partidarios. Y los hombres gritaban desde estos camiones: ‘¡Carreteras! ¡Agua! ¡Hospitales! ¡Vota al Gran Socialista!’
Una semana antes de las elecciones, ambos bandos pararon de enviar sus camiones. Oí lo que había pasado mientras limpiaba una mesa.
El farol de los Animales había funcionado. El Gran Socialista había aceptado hacer un trato con ellos.
Vijay hizo una reverencia y tocó los pies del Cigüeña en la concentración en frente de la tienda de té. Parecía que se habían solventado todas las diferencias, y el Cigüeña se había convertido en el presidente de la rama en Laxmangarh del partido del Gran Socialista. Vijay iba a ser su diputado.
Ahora que las concentraciones habían acabado, el sacerdote celebró una pooja especial para rezar por la victoria del Gran Socialista; distribuyeron biryani de cordero en platos de cartón en frente del templo; y por la tarde, hubo bebida gratis para todos.
A la mañana siguiente, un montón de polvo y policías entraron en la ciudad. Un oficial leyó las instrucciones para votar en el mercado.
Lo que quiera que se estuviera haciendo, se estaba haciendo por nuestro propio bien. Los enemigos del Gran Socialista intentarían robarnos las elecciones a nosotros, los pobres y ponernos otra vez los grilletes que él, el Gran Socialista, tan amorosamente nos quitó de nuestras manos. ¿Lo entendíamos? Acto seguido, entre una montaña de polvo, la policía se fue.
‘Así es como es siempre,’ me dijo mi padre esa noche.
‘He visto doce elecciones – cinco generales, cinco estatales, dos locales – y esas doce veces alguien ha votado por mi. He oído decir que en la otra India pueden votar por sí mismos. ¿No es eso algo?’
El día de las elecciones, un hombre se volvió loco.
Esto pasa siempre, en cada una de las elecciones que hay en la Oscuridad. Uno de los compañeros de mi padre, un hombre pequeño de piel oscura en quien nadie se había fijado hasta ahora, se vió rodeado por una chusma de conductores de bici-taxi, incluido mi padre: estaban intentando disuadirle, pero con poco entusiasmo.
Ya habían visto suceder esto antes. No serían capaces de parar a este hombre en esta ocasión.
De vez en cuando, incluso en un lugar como Laxmangarh, se filtra un rayo de sol. Quizás todos estos posters y discursos y eslóganes en la pared penetraban en la mente de un hombre, se declara ciudadano de la democracia de India y quiere votar. Hasta ahí es donde este conductor de bici-taxi había llegado. Se declaró libre de la Oscuridad: ese día tenía el éxito asegurado en Benaras.
Empezó a caminar derecho hacia la cabina de votación del colegio. ‘Se supone que debo oponerme a los ricos ¿verdad?’ gritó ‘¿No es eso lo que siempre nos dicen?’
Cuando llegó, los partidarios del Gran Socialista ya habían escrito el recuento en una pizarra: habían contado 2.341 votos en esa cabina de votación. Todos habían votado al Gran Socialista. Vijay, el conductor de autobús, estaba subido en una escalera, clavando en la pared una pancarta con el símbolo del Gran Socialista (las manos rompiendo los grilletes). El eslogan de la pancarta decía:

¡Felicidades al Gran Socialista por su victoria unánime en Laxmangarh!

Pages 101-107


Vijay dejó caer el martillo, los clavos y la pancarta cuando vio al conductor de la bici-taxi.
- ¿Qué estas haciendo aquí?
- Votando, le respondió. ¿No son las elecciones hoy?
No puedo decir lo que sucedíó a continuación, a pesar de que me encontraba a escasos pasos de él. Una gran multitud se había reunido para verle desde lo lejos, pero cuando la policía nos atacó, nos dimos la vuelta y corrimos en estampida, así que nunca ví lo que le hicieron a ese loco valiente.
Oí hablar sobre ello al día siguiente, mientras fingía borrar una mancha del tablero.
Vijay y un policía habían derribado al conductor de la bici-taxi, y habían empezado a golpearle; le golpearon con sus porras y cuando él les golpeó a ellos, estos volvieron a darle una patada. Entonces ellos se volvieron, Vijay le golpeó y la policía le propinó patadas en la cara y entonces Vijay lo hizo otra vez. Después de un rato, el cuerpo del conductor de la bici-taxi paró de moverse y defenderse, pero ellos siguieron dándole patadas hasta casi incrustarle en la tierra.
Si puediese volver por un momento al tema del póster de SE BUSCA, su Excelencia; el que me llamen asesino tiene un pase, no tengo objeción sobre eso; es un hecho: soy un pecador, una persona perdida. ¡Pero que la policía me llame asesino!
¡Qué puta broma!
Aquí tiene un pequeño regalo de su visita a la India para que lo guarde consigo: Balram Halwai es un hombre desaparecido, un fugitivo, alguien cuyos paraderos son desconocidos para la policía, ¿correcto?

¡Ajá!
La policía sabe exactamente donde encontrarme. Me encontrarán votando responsablemente el día de las elecciones en la cabina de votaciones en el colegio ubicado en Laxmangarh en el distrito de Gaya, como he hecho en todas las elecciones generales, estatales, y locales desde que cumplí18 años.
Soy el votante más fiel de la India, y todavía no he visto el interior de la cabina de votaciones.
*

Ahora bien, aunque las elecciones debían ser pronto en Dhanbad, la vida continuaba como siempre tras las altas paredes de la casa del Cigüeña. Él divisó como sus piernas eran masajeadas en agua templada; los partidos de criquet y bádminton continuaban a su alrededor; y yo lavaba y limpiaba a los dos perros Pomerania fielmente. Un día una cara familiar apareció en la puerta: Vijay, el conductor de autobús de Laxmangarh. Esta vez, mi héroe de la infancia tenía un nuevo uniforme. Iba vestido todo de blanco, y llevaba una gorra Nehru blanca en la cabeza, y tenía anillos de oro macizo en ocho de sus dedos.
El servicio público se había portado bien con él.
Esperé en la puerta y miré. El Cigüeña salió para ver a Vijay, y le hizo una reverencia - un terrateniente agachándose ante el hijo de una manada de cerdos: ¡las maravillas de la democracia!
Dos días más tarde el Gran Socialista vino a la casa.
La casa entera estaba exaltada ante la visita. El Señor Ashok estaba de pie en la puerta, esperando con una guirnalda de jazmines y con su hermano y su padre a su lado.
Un coche llegó a la puerta, su puerta se abrió, y entonces la cara que yo había visto en un millón de posters de la elección desde que era un niño, apareció- vi las mejillas hinchadas, el pelo blanco de punta, los pendientes de oro pesado.
Hoy, Vijay llevaba puesta su cinta del pelo roja, sosteniendo la bandera con el símbolo de los grilletes rotos. Él gritó, ¡el gran anciano socialista!
El gran hombre cruzó sus palmas y todos se arrodillaron alrededor de él. Tenía una de esas caras que todos los grandes políticos indios tienen. Su cara dice que está ahora en paz- y tú también puedes estar en paz si sigues al dueño de esa cara. Pero la misma cara también puede decir, con un pequeño estirón de sus rasgos, que ha conocido lo contrario a la paz: y también puede hacer esto tu otro destino, si tanto desea.
El Señor Ashok puso la guirnalda en el cuello corto y grueso del gran hombre.
“Mi hijo” dijo el Cigüeña. “Regresó de América recientemente”
El gran socialista apretó las mejillas del Señor Ashok.
“Bien. Necesitamos más chicos para regresar y elevar a la India a una superpotencia”
Y entonces ellos fueron a la casa, y todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Después de un rato, el gran Socialista salió al patio seguido por el hombre viejo, el Mangosta, y el señor Ashok.

Yo estaba intentado oírles por casualidad y por eso fingí estar barriendo el suelo, mientras avanzada lentamente a ellos. Había barrido la distancia correcta para oír cuando el Gran Socialista me dio un golpecito en la espalda.
¿Cómo te llamas, hijo? preguntó.
Luego dijo, “tus empleados están intentado joderme, Balram. ¿Qué dices a esto?
El señor Ashok parecía aturdido. El Cigüeña sonría.
- Un millón y medio es mucho, señor. Nos alegraremos al llegar a un acuerdo con usted.
El Gran Socialista ondeó sus manos como si descartara esta petición.
- Mierda. Te estás metiendo en una buena estafa- coger carbón gratis de las minas del gobierno. Lo tienes en marcha porque yo dejo que ocurra. Tú eras solo dueño de un pueblo pequeño cuando te encontré- te traje aquí- te hice lo que hoy eres: y por Dios, tú me contradices, y volverás a ese pueblo. Dije un millón y una puta mitad y quiero decir un millón y …
Él tuvo que parar- había estado masticando paan , y ahora su boca se había llenado con saliva roja, la cual estaba empezando a gotear. Se giró hacia mí e hizo la forma de un bol con sus manos. Yo me apresuré al Honda City para coger la escupidera.
Cuando volví con la escupidera, se volvió al Mangosta fríamente y dijo, 'hijo, ¿no me vas a sujetar la escupidera?'
El Mangosta rechazó moverse, así que el Gran Socialista cogió la escupidera de mis manos y la sujetó.
- Cógela, hijo
El Mangosta la cogió.
Luego el Gran Socialista escupió en la escupidera tres veces.
Las manos del Mangosta temblaban; volvió su cara avergonzado.
- Gracias por eso, hijo, dijo el Gran Socialista limpiándose los labios. Se giró a mí e hizo cosquillas en la frente. ¿Dónde estaba yo, ahora?
Allí lo tienes. Ese era el lado positivo del Gran Socialista. Humillaba a todos nuestros maestros- eso es porque nosotros nos conteníamos de votarle.
Esa noche, con el pretexto de barrer el patio de nuevo, yo estaba cerca del Cigüeña y sus hijos. Estaban sentados en un banco, sujetando vasos de licor dorado y hablando. El señor Mukesh ya había terminado, el viejo hombre negó con la cabeza.
- No podemos hacer eso, Mukesh. Le necesitamos
- Te estoy diciendo, Padre, que ni uno más. Podemos ir derechos a Delhi. Ahora conocemos gente allí.
- Estoy de acuerdo con Mukesh, Padre. No deberíamos permitirle tratarnos así nunca más- como si fueramos sus esclavos.
- Tranquilo, Ashok. Permítenos a Mukesh y a mí discutir esto.
Yo barrí el patio más de dos veces y escuché. Luego empecé acercándome a la red caída de bádminton de la Señora Pinky, de manera que pude estar cerca de ellos.
Pero un par de ojos nepaleses sospechosos me divisaron.: 'no pierdas el tiempo en el patio. Ve y siéntate en tu habitación y espera que los dueños te llamen.'
- ¡De acuerdo!
Ram Bahadur me miró enfurecido así que dije: 'De acuerdo, señor'
(Los criados, a propósito, estaban obsesionados con ser llamados “señor” por otros criados).
A la mañana siguiente, cuando estaba secando el pelo a Babas y Mimos después de habérselo lavado, Ram Bahadur se acercó a mí y me dijo, '¿Has estado alguna vez en Delhi?'
Yo negué con la cabeza.
- Ellos van a Delhi en una semana. El señor Ashok y la señora Pinky van a salir para tres meses.
Me puse de rodillas y dirigí el secador debajo de las piernas de Mimos, fingiendo no estar interesado y pregunté, como casualmente pude, '¿por qué?'
El nepalí se encogió de hombros. ¿Quién sabe? Nosotros sólo éramos criados, pero, sin embargo, él lo sabía.
- Sólo se llevará un conductor. Y este conductor conseguirá trescientas rupias en un mes- eso es cuanto le pagarán en Delhi.
El secador se cayó de mi mano. '¿En serio? ¿Trescientas?'
- Sí
- ¿Me llevarán a mí, señor? , me levanté y pregunté suplicando, ¿no puede hacer que me lleven?
- Llevarán a Ram Persad, dijo con una mueca de desprecio en sus labios nepaleses. A menos que…

- ¿A menos que qué?
Acuñó monedas con sus dedos.
Quinientas rupias- y él contaría al Cigüeña que yo era el hombre para llevar a Delhi.
- Quinientas- ¿dónde conseguiré tanto dinero? Mi familia me quita el cheque de mi sueldo entero.
- Oh, bien. En ese caso, será Ram Persad. En cuanto a ti- señaló a Mimos y Babas- estarás limpiando los perros para el resto de tu vida, supongo.



From the middle of the page 107 to page 113

Me desperté y las fosas nasales me escocían.

Aún estaba oscuro.
Ram Persad estaba despierto. Sentado en su cama, cortando cebollas sobre una tabla de madera: Oí el tac, tac, tac de su cuchillo golpeando la tabla.
¿Para qué demonios está cortando cebollas tan temprano? pensé. Me volví hacia el otro lado y cerré de nuevo los ojos. Quería volver a dormirme, pero el tac, tac, tac del cuchillo golpeando la tabla continuaba:
Este hombre tiene un secreto.
Me quedé despierto mientras el hombre cortaba cebollas en la cama e intenté comprenderlo.
¿Qué había notado en Ram Persad durante los últimos días?
Por algún motivo, su aliento se había vuelto malo, incluso la señora Pinky se quejaba. Había dejado de comer con nosotros repentínamente, tanto dentro como fuera de la casa. Incluso los domingos, cuando había pollo, Ram Persad rechazaba comer con nosotros, diciendo que ya lo había hecho, o que no tenía hambre, o …
El corte de cebollas continuaba y yo seguía añadiendo pensamiento a pensamiento en la oscuridad.
Lo observaba todo el día. Hacia media tarde, como era de esperar, comenzó a dirigirse hacia la entrada.
Desde mi conversación con el cocinero, aprendí que Ram Persad había empezado a salir de la casa todas las tardes a la misma hora. Lo seguí a cierta distancia distancia, entró en una parte de la ciudad que yo nunca había visto antes y deambuló por unos cuantos callejones. Llegó un momento en el que lo vi volverse claramente, como para asegurarse de que nadie lo estaba siguiendo; entonces entró como una flecha.
Se había parado delante de un edificio de dos pisos cuya pared tenía una gran reja de metal dividida en dos compartimentos cuadrados y una serie de pequeños grifos negros que sobresalían de la pared bajo la reja. Se agachó hacia el grifo, se lavó la cara, hizo gárgaras y escupió. Luego se quitó las sandalias. Los zapatos y las sandalias habían sido plegados e introducidos en los compartimentos de la reja y él hizo lo mismo con sus sandalias. Después entró en el edificio y cerró la puerta.
Me golpeé en la frente.
- ¡Qué idiota había sido! ¡Es Ramadán! No pueden comer ni beber durante el día.
Volví corriendo a la casa y encontré al nepalés. Estaba de pie en la puerta, frotando sus dientes con una ramita rota de un árbol tropical. algo que muchas personas pobres hacen en mi país, Sr Primer Ministro, cuando quieren limpiarse los dientes.
- Acabo de ver una película, señor.
- Vete a la mierda.
- Una película muy buena, señor, con mucho baile. El héroe era un musulmán, llamado Mohammad Mohammad.
- No me hagas perder el tiempo, chico. Ve a limpiar el coche si no tienes nada que hacer.
- Bueno, este Mohammad Mohammad era un musulmán pobre, honesto y trabajador; pero quería un trabajo en casa de un terrateniente malvado y prejuiciado a quién no le gustaban los musulmanes; así que, para conseguir un trabajo y dar de comer a su hambrienta familia, ¡afirmó ser un Hindú! Y adoptó el nombre de Ram Persad.
La ramita se calló de la boca del nepalés.
- ¿Y sabes cómo lo logró? ¡Porque el guardia nepalés de la casa, en quién los señores confiaban absolutamente y quién debía averiguar el origen de Ram Persad, estaba metido en el chanchullo!.
Antes de que pudiera escapar, lo cogí del cuello. Técnicamente, en estos asuntos de sirviente contra sirviente, eso es todo lo que se necesita para indicar: “He ganado.” Pero si uno va a hacer esas cosas, es mejor hacerlas con estilo, ¿o no? Así que le di también una bofetada.
Desde ese momento, era el sirviente número uno de esta casa.
Corrí hacia la mezquita. Namaz debía haber terminado ya. Y ,en efecto, Ram Persad, o Mohammad o cualquiera que fuera realmente su nombre, salió de la mezquita, cogió sus sandalias de la ventana, las dejó caer al suelo, metió sus pies en ellas y empezó a caminar. Me vio, le guiñé el ojo y supo que el juego empezaba.
Hice lo necesario con unas pocas pero precisas palabras.
Después regresé a la casa. El nepalés estaba mirándome tras las rejas negras, le quité su juego de llaves y lo introduje en mi bolsillo.
- Tráeme algo de té. Y galletas.
Apreté su camisa.
- Y también quiero tu uniforme porque el mío se está quedando viejo.
Esa noche dormí en la cama.
Por la mañana alguien vino a la habitación; era el ex-conductor número uno y sin decirme una palabra, empezó a empaquetar. Todas sus cosas cupieron en una maleta pequeña.
Pensé: ¡Qué vida tan miserable ha tenido, teniendo que esconder su religión, su nombre, sólo para conseguir un trabajo como conductor – y es un buen conductor, no hay duda de ello, mucho mejor de lo que yo nunca seré. Parte de mi quería levantarse y pedirle disculpas justo allí y decir: Ve y sé conductor en Delhi. Nunca hiciste nada que me doliera.. Perdóname, hermano!
Me volví hacía el otro lado, me tiré un pedo y volví a dormirme.
Cuando me desperté, se había ido dejando allí todas sus imágenes de dioses; así que, se las metí en la maleta. Nunca se sabe cuando esas imágenes pueden resultarte útiles.
Por la tarde-noche, el nepalés vino hasta mí con una sonrisa en la cara, la misma sonrisa falsa que el sirviente mostraba al Cigüeña durante todo el día. Me dijo que, debido a que Ram Persad había dejado el servicio sin decir una palabra, yo llevaría al señor Ashok y a la señora Pinky a Delhi y que él había recomendado personalmente – y energéticamente – mi nombre al Cigüeña.
Volví a mi cama, toda mía ahora, estirado sobre ella, dije: ¡Genial!, ahora quitarás esas telarañas del techo, ¿no?
Me miró enfurecido, pero no dijo nada y se marchó a buscar una escoba. Grité:
- ¡Señor!
Desde entonces, todas las mañanas, había té nepalés caliente y unas ricas galletas con azúcar en una bandeja de porcelana.
Kishan vino a la puerta ese domingo y escuchó mis noticias. Pensé que iba a putearme por la forma tan brusca en que les había dejado en el pueblo; pero, invadido por la alegría, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¡Alguien en su familia iba a salir de la India Oscura y entrar en Nueva Delhi!
- Es como nuestra madre siempre dijo. Ella sabía que ibas a conseguirlo.
Dos días más tarde, estaba llevando al señor Ashok, al Mangosta, y a la señora Pinky a Delhi en el Honda City. No fue difícil encontrar el camino; sólo tenía que seguir a los autobuses, ya que había autobuses y coches todo terreno a lo largo de toda la carretera y estaban repletos de pasajeros que llenaban sus interiores y se colgaban de las puertas, e incluso se subían a los techos. Todos se dirigían desde la Oscura India a Delhi. Pensaría que el mundo entero estaba emigrando.
Cada vez que pasábamos al lado de uno de esos autobuses, tenía que sonreír; deseaba poder bajar la ventanilla y gritarles: ¡voy a Delhi en coche, en un coche con aire acondicionado!
Pero estoy seguro de que veían las palabras en mis ojos.
Alrededor del mediodía, el señor Ashok me dio una palmada en el hombro.
Desde el principio, señor, había un modo en el cual yo podía entender lo que él quería decir, el modo en que los perros entienden a sus amos. Paré el coche, y después me desplacé a mi izquierda y él a su derecha y nuestros cuerpos se cruzaron uno con el otro (tan cerca que la barba de su cara rozó mis mejillas como la brocha de afeitar que uso todas las mañanas y la colonia de su piel, una colonia encantadora, intensa, afrutada, penetró en mi nariz por un embriagador instante mientras el olor de mi sudor de sirviente se restregaba en su cara), y entonces él se convirtió en conductor y yo en pasajero.
Arrancó el coche.
El Mangosta, quién había estado leyendo un periódico todo el tiempo, ahora veía lo que había ocurrido.
- No lo hagas, Ashok.
Era un señor a la vieja usanza, el Mangosta, y sabía distinguir lo bueno de lo malo.
- Tienes razón, es raro - dijo el señor Ashok.
El coche se paró. Nuestros cuerpos se cruzaron de nuevo, nuestros perfumes se intercambiaron una vez más y fui el conductor y el sirviente otra vez mientras el señor Ashok pasó a ser pasajero y señor de nuevo.
Llegamos a Delhi por la noche tarde
Aún no son las tres, podría continuar un rato más, pero quiero parar porque de aquí en adelante tengo que contarle una nueva historia.
¿Recuerda, señor Primer Ministro, al principio, quizás siendo un chico, cuando abrió el capó de un coche y miró en su interior? ¿Recuerda los cables de colores enroscándose desde una parte del motor a la otra, la caja negra llena de tapones amarillos, tubos enigmáticos echando vapor, aceite y grasa por todos lados? ¿recuerda cuán misterioso y mágico parecía todo? Cuando me asomo a la parte de mi historia que ocurre en Nueva Delhi, siento lo mismo. Si usted me pide que explique cómo un acontecimiento conecta con otro, cómo un motivo fortalece o debilita al siguiente o cómo pasé de pensar esto sobre mi señor a pensar eso; le diré que ni yo mismo entiendo estas cosas. No puedo estar seguro de que esta historia, como yo se la contaré, sea la historia apropiada para ser contada. No puedo estar seguro de conocer exactamente por qué murió el señor Ashok.
Será conveniente para mí dejarlo aquí.
Cuando nos encontremos de nuevo, a medianoche, recuérdeme que suba la lámpara un poco, ya que la historia se vuelve mucho más oscura desde aquí.




Páginas: 121 - 125


‘Ramanathan es un cretino empalagoso y de mal aspecto. ¡Necesitamos un nuevo abogado de tasación, Mukesh! ¡Tenemos que contar a la prensa que estamos siendo estafados por estos políticos!’
‘Oye’ - dijo el Mangosta elevando el tono de su voz - ‘acabas de volver de América, incluso el hombre que conduce este coche sabe más de India que tú ahora mismo. Necesitamos a alguien que nos ayude a arreglar esta situación. Él nos conseguirá la entrevista que necesitamos con el ministro. Así es como funciona Dehli.’
El Mangosta se inclinó hacia adelante y puso su mano en mi hombro. ‘¿Perdido otra vez? ¿Crees que esta vez podría encontrar el camino de vuelta a casa sin perderte una docena de veces?’
Suspiró y se dejó caer en el asiento. ‘No debimos haberle traído aquí, es un negado. Ram Bahadur se equivocaba sobre su compañero. Ashok.’
‘¿Sí?’
‘Échale un vistazo a tu teléfono un momento. ¿Le has dicho a Pinky que vuelves con buena actitud?’
‘Ehh. Sí.’
‘¿Qué dice la reina?’
‘No la llames así... Es tu cuñada, Mukesh. Ella sería feliz en Gurgaon, que es la parte más americana de la ciudad.’
Ahora, el señor Ashok piensa inteligentemente. Hace diez años, no había nada en Gurgaon, o eso dicen: sólo agua, búfalos y granjeros gordos de Punjabi. Hoy en día, es el suburbio más moderno de Dehli. American Express, Microsoft, ... todas las grandes compañías americanas tienen oficinas allí. La calle principal está llena de centros comerciales - ¡cada centro comercial tiene un cine dentro! Así que si la señora Pinky echaba de menos América, ese era el mejor sitio para llevarla.
‘¡Este tarado!,’ dijo el Mangosta, ‘¡Mira lo que ha hecho! ¡Se ha perdido otra vez!’
Estiró el brazo y me golpeó la cabeza con la mano.
‘¡Gira a la izquierda después de la fuente, idiota! ¿Es que no sabes llegar a casa desde aquí?’
Me disculpé, pero una voz desde el asiento trasero dijo, ‘Está bien, Balram, sólo llévenos a casa’
‘¿No ves? ¡Ya lo estás defendiendo otra vez!’
‘Ponte en su lugar, Mukesh, ¿no te puedes imaginar lo confuso que debe ser Dehli para él? es como la primera vez que yo estuve en Nueva York.’
El Mangosta empezó a hablar en inglés y no entendí una palabra de lo que dijo, pero el señor Ashok le contestó en Hindi, ‘Pinky también piensa lo mismo. Es en lo único en lo que estáis de acuerdo, pero yo no, Mukesh. No sabemos quién es quién en Dehli. En este tipo si que podemos confíar. Es como de la familia.’
En ese momento, miré por el retrovisor y me encontré los ojos del señor Ashok mirándome. En los ojos de mi amo vi una expresión, para mí, inesperada: lástima.
*
‘¿Cuánto te pagan, ratón de campo?’
‘Lo suficiente. Soy feliz.’
‘Así que no me lo cuentas, ¿eh, ratón de campo? Así me gusta. Un sirviente leal. ¿Te está gustando Dehli?’
‘Sí.’
‘¡Ja! ¡No me mientas, cabrón! Sé que estás totalmente perdido aquí, ¡deberías odiarlo!’
Intentó ponerme la mano encima, pero me retorcí y me moví hacía atrás. Él tenía una enfermedad de la piel: el vitiligo había tornado sus labios de un color rosa brillante en medio de una cara negra como el azabache. Mejor explico en qué consiste esta enfermedad de la piel, que afecta a tanta pobre gente en esta ciudad. No sé cómo se contrae, pero una vez la padeces, tu piel cambia de color marrón a rosa. Nueve casos de cada diez tienen unas pequeñas pecas rosas brillantes en la nariz o en las mejillas, como si una estrella hubiera estallado en sus caras; una erupción rosa en el antebrazo, como si alguien los hubiera quemado con agua hirviendo; pero, en algunas ocasiones, cuando te cruzas con un hombre al que todo el cuerpo le cambiaba de color, pensabas: ¡un americano! Te paras y te quedas boquiabierto, quieres acercarte y tocarlo, pero entonces te das cuenta de que es uno de los tuyos, pero con esa terrible condición.
En el caso de este chófer, desde que el fogonazo del rosa había decolorado sus labios - y nada más - parecía un payaso del circo con los labios pintados. Mi estómago se revolvía cada vez que veía su cara. Aún así, era el único conductor que había sido amable conmigo, así que siempre estaba con él.
Salimos del centro comercial. Nosotros - alrededor de una docena de chófers - estábamos esperando a que nuestros amos terminaran de comprar. Por supuesto, no éramos bien recibidos dentro del centro comercial - no hacía falta que nos dijeran esas cosas. Formamos un círculo a un lado del aparcamiento, y estábamos fumando y parloteando - de vez en cuando, alguien hacía un globo rojo de paan .
Teniendo en cuenta el hecho de que él también provenía de las Tinieblas - por supuesto, había adivinado mis orígenes a la primera - el conductor con los labios infectados, me dio un cursillo de cómo sobrevivir en Dehli y asegurarse de que no me mandaban de vuelta a las Tinieblas montado en un autobús.
‘Lo más importante que debes saber sobre Dehli es que las carreteras son buenas, pero la gente es mala. La policía es totalmente terrible. Si te ven con el cinturón sin abrochar, tendrás que sobornarlos con cien rupias. Nuestros amos tampoco son gran cosa. Es un infierno para nosotros que vayan a fiestas nocturnas. Tienes que dormir en el coche y los mosquitos te comen vivo... si son mosquitos de la malaria, entonces está bien: sólo desvariarás durante un par de semanas; pero si son mosquitos de dengue, entonces estarás en la mierda y lo más seguro es que te mueras. A las dos de la madrugada tu amo vuelve al coche, golpeando las ventanas y gritándote, apestando a cerveza, echándose pedos en el coche durante todo el camino de vuelta. Cuando más frío hace, es en enero. Si sabes que va a tener una fiesta por la noche, lleva una manta contigo, de modo que puedas taparte en el coche. También sirve para mantener alejados a los mosquitos. Ahora te aburrirás sentado en el coche y esperando a que él vuelva de sus fiestas - sé de un conductor que se volvió loco por la espera - así que necesitas algo para leer ¿y qué puedes leer? bien, esta es rotundamente la mejor cosa que puedes leer en el coche.’
Me dio una revista de portada atractiva - una mujer en ropa interior, tendida sobre la cama, encogida de miedo ante la sombra de un hombre.

SEMANARIO DE SUCESOS

4.50 RUPIAS

HISTORIA REAL EN EXCLUSIVA:

‘UN BUEN CUERPO NO SE DESPERDICIA JAMÁS’

HOMICIDIO. VIOLACIÓN. VENGANZA.

Con respecto a esta revista, el Semanario de Sucesos, nuestro primer ministro no se pronuncia. Se vende en todos los kioscos de la ciudad, al lado de las novelas baratas, y es una lectura muy popular entre todos los sirvientes de la ciudad - tanto los cocineros, como las niñeras, como los jardineros. Los conductores no iban a ser menos. Cada vez que sale una nueva entrega de esta revista con una imagen en portada de una mujer atemorizada ante su presunto asesino, algún conductor la compra y la hace circular entre el resto de los conductores.

PAGES 125-129

Pero que no cunda el pánico ante esta información, Primer Ministro, no hay necesidad de que le caigan gotas de sudor frío de su frente amarilla; que los conductores y cocineros de Nueva Delhi lean el Semanario de Sucesos no significa que todos ellos estén a punto de cortar el cuello de sus patrones. Desde luego, les gustaría hacerlo. Y, por supuesto, un billón de sirvientes fantasean en secreto con estrangular a sus jefes; y es por ello por lo que el gobierno de la India publica esta revista y la vende en las calles por sólo cuatro rupias y media, de modo que hasta los pobres pueden comprarla. Observe, el asesino de la revista está tan mental y sexualmente trastornado que ningún lector querría ser como él, y finalmente éste siempre es atrapado por algún oficial de policía honesto y trabajador (já!), o bien se vuelve loco y se cuelga de una sábana después de escribir una sentimental carta a su madre o a su profesora de la escuela primaria, o es atrapado, golpeado, hecho trizas y asfixiado hasta la muerte por el hermano de la mujer a la que ha asesinado. Así que si su chófer está ocupado hojeando las páginas del Semanario de Sucesos, relájese. No hay peligro para usted. Más bien al contrario.
Es cuando su chófer empieza a leer acerca de Gandhi o Buda cuando es momento de mojar los pantalones, señor Jiabao.
Después de enseñármela, Labios de Vitíligo cerró la revista y la lanzó al círculo donde los otros conductores estaban sentados; éstos la agarraron como una manada de perros hambrientos se hubieran abalanzado sobre un hueso. Bostezó y miró hacia mí.
-¿A qué se dedica tu jefe, Ratón de Campo?
-No lo sé.
-¿Eres leal o estúpido, Ratón de Campo? ¿De dónde es?
-Dhanbad.
-Está metido en el negocio del carbón, entonces. Probablemente esté aquí para sobornar ministros. Es un negocio podrido, el carbón –bostezó de nuevo-. Solía conducir para un hombre que vendía carbón. Mal, mal negocio. Pero mi jefe actual está metido en el acero y hace parecer a los hombres del carbón unos santos. ¿Dónde vive tu jefe?
Le di el nombre de nuestro bloque de apartamentos.
-¡Mi patrón vive ahí también! ¡Somos vecinos!
Se acercó sigilosamente a mi costado; sin apartarme –eso habría sido un gesto maleducado- incliné mi cuerpo tan lejos como pude de sus labios.
-Ratón de Campo, ¿tu jefe… –miró alrededor y redujo su voz a un susurro-…necesita algo?
-¿Qué quieres decir?
-¿A tu jefe le gusta el vino extranjero? Tengo un amigo que trabaja de chófer para una embajada extranjera. Tiene contactos ahí. ¿Conoces el timo de las embajadas extranjeras con el vino extranjero?
Negué con la cabeza.
-El timo es este, Ratón de Campo. El vino extranjero es muy caro en Nueva Delhi porque está tasado. Pero las embajadas lo obtienen gratuitamente. Se supone que beben su vino, pero en realidad lo venden en el mercado negro. Puedo conseguir otras cosas a través de él. ¿Quiere pelotas de golf? Tengo gente en el consulado de los EEUU que me las venderá. ¿Quiere mujeres? Puedo conseguirlo también. Y si le gustan los chicos, no hay problema.
-Mi patrón no hace esas cosas. Es un buen hombre.
Sus labios enfermos dibujaron una sonrisa. “¿No lo son todos ellos?”
Empezó a silbar la melodía de una canción de alguna película hindú. Uno de los chófers comenzó a leer en alto un artículo del semanario; todos los demás quedaron en silencio. Miré el centro comercial por un momento.
Me volví hacia el conductor de horrendos labios rosados y le dije “Tengo una pregunta que hacerte”.
-Claro. Pregunta. Sabes que haría cualquier cosa por ti, Ratón de Campo.
-Este edificio que llaman centro comercial, aquél con pósters de mujeres en las paredes, es para comprar, ¿cierto?
-Cierto.
-Y eso –señalé a un edificio de cristal brillante a nuestra izquierda-, ¿también es un centro comercial? No veo ningún póster de mujeres ahí colgado.
-Eso no es un centro comercial, Ratón de Campo. Es un edificio de oficinas. Hacen llamadas telefónicas a América.
-¿Qué tipo de llamadas?
-No lo sé. La hija de mi patrón trabaja en uno de esos edificios. La dejo a las ocho y vuelve a las dos de la mañana. Sé que gana montones de dinero en ese edificio, porque se pasa el día gastándolo en los centros comerciales –se inclinó muy cerca de mí, los labios rosados estaban a pocos centímetros de los míos-. Entre tú y yo, creo que es un tanto raro; chicas yendo a edificios de noche y saliendo de ahí con tanto dinero por la mañana.
Me guiñó el ojo. “¿Algo más, Ratón de Campo? Eres un tipo curioso.”
Señalé a una de las chicas que salían del centro comercial.
-¿Qué pasa con ella, Ratón de Campo? ¿Te gusta?
Me ruboricé. “Dime,” le dije, “¿no tienen las mujeres de ciudad como ella vello en las axilas y en las piernas como nuestras mujeres en el campo?”

*
Después de una hora y media, el señor Mukesh y el señor Ashok y la señora Pinky salieron del centro comercial cargados de bolsas. Yo corrí hacia delante para coger sus bolsas y ponerlas en el maletero del coche, y después cerré el maletero, me coloqué de un salto en el asiento del conductor del Honda City y los conduje hacia su nueva casa, situada en el decimotercer piso de un gigantesco edificio de apartamentos. El nombre del edificio de apartamentos era Buckingham Towers, bloque B. Estaba al lado de otro enorme edificio de apartamentos, construido por la misma compañía inmobiliaria, llamado Buckingham Towers, bloque A. Junto a éste estaba Windsor Manor, bloque A. Y había bloques de apartamentos como éstos, todos nuevos y relucientes, hasta allí donde alcanzaba la vista. Buckingham Towers, bloque B era uno de los mejores; tenía un vestíbulo grande y agradable y un ascensor que todos cogíamos para subir al decimotercer piso.
Personalmente, no me gustaba mucho el apartamento. El sitio entero era del tamaño de la cocina de Dhanbad. Dentro había sofás blancos, cómodos y bonitos, y una gran foto enmarcada de Cuddles y Puddles en el muro por encima de los sofás. El Cigüeña no les permitió venirse a la ciudad con nosotros.
No podía soportar mirar a aquellas criaturas ni siquiera en una fotografía y mantuve la vista en la alfombra durante todo el rato que pasé en la habitación, lo que me dio el aspecto de un excelente sirviente.
-Deja las bolsas donde quieras, Balram.
-No. Ponlas junto a la mesa. Ponlas aquí exactamente –dijo el Mangosta-.
Después de colocar las bolsas fui a la cocina para comprobar si requería que llevara a cabo alguna limpieza. Había un sirviente solo para cuidar del apartamento, pero era un tipo descuidado, y, como le dije, ellos no tenían realmente un “chófer”, sino un criado que conducía el coche a veces. Yo sabía -aunque nadie me lo hubiera dicho- que yo también tenía que cuidar del apartamento. Si había que hacer cualquier tipo de limpieza, yo lo haría, y luego volvería y esperaría junto a la puerta hasta que el señor Mukesh dijera “Puedes irte ya. Y estate listo a las ocho de la mañana. Nada de revuelos solo porque estés en la ciudad, ¿entendido?”.

Páginas 129-133 por José María Díaz

Luego bajé en ascensor, salí del edificio y bajé por las escaleras hacia los cuartos de los sirvientes, en el sótano.
No sé como están diseñados los edificios en su país, pero en India, cada bloque de apartamentos, casa u hotel se construye con cuartos de sirvientes en él - unas veces en la parte trasera, y otras (como en el caso del Bloque B de las Torres Buckingham) bajo suelo - una madriguera de habitaciones interconectadas dónde todos los conductores, cocineros, barrenderos, doncellas y cocineros del bloque de apartamentos pueden descansar, dormir, y esperar. Cuando uno de nuestros amos nos necesitase, un timbre eléctrico comenzaría a sonar a través de los cuartos y nos apresuraríamos a un tablero para encontrar una luz roja parpadeando al lado del número del apartamento dónde se necesitase un sirviente.
Bajé dos tramos de escaleras y abrí la puerta hacia los cuartos de los sirvientes.
Cuando llegué allí, los otros sirvientes chillaron, gritaron, aullaron entre carcajadas.
El conductor con vitíligo en los labios estaba sentado con ellos, aullando como el que más. Él les había dicho la pregunta que le hice. Su diversión no podía cesar, así que cada uno de ellos se me acercó, pasó sus dedos por mi pelo, me llamó 'idiota de pueblo' y me dió, también, una palmada en la espalda. Los sirvientes tienen que abusar de otros sirvientes. Lo llevamos en los genes del mismo modo que los pastores alemanes llevan el atacar a los extraños.
Allí y entonces decidí no volver a decirle a nadie en Delhi nada de lo que estuviera pensando. Especialmente a otro sirviente.
Ellos siguieron burlándose toda la tarde, e incluso por la noche, cuando todos nos fuimos al dormitorio a dormir. Algo en mi cara, mi nariz, mis dientes, no sé, les ponía nerviosos. Incluso se burlaron de mi uniforme. en las ciudades los conductores no llevan uniformes. Dijeron que parecía un mono con aquel uniforme, así que me lo cambié por una camiseta sucia y unos pantalones como los demás, pero las burlas siguieron toda la noche. Un hombre estaba barriendo el dormitorio por la mañana y le pregunté: "¿No hay algún lugar en el que un hombre pueda estar solo aquí?"
"Hay una habitación vacía al otro lado de los cuartos, pero nadie la quiere", me dijo. "¿Quién quiere vivir solo?"
Aquella habitación era horrible. El suelo no estaba acabado, había yeso blanquecino barato por las paredes en las que se podían ver las marcas de las manos que lo habían aplicado. Había un endeble cama pequeña, apenas lo suficientemente grande para mi con una mosquitera sobre ella. Me valdría.
La segunda noche, no dormí en el dormitorio, me fui a la habitación. Barrí el suelo, colgué la mosquitera con cuatro clavos en la pared y me fui a dormir. En el medio de la noche, entendí por qué habían dejado la mosquitera allí. Los ruidos me despertaron. La pared estaba cubierta de cucarachas, que habían venido a alimentarse de los minerales y la cal del yeso, su mordisquear producía un ruido continuo, y sus antenas temblaban desde cada punto de la pared. Algunas cucarachas cayeron sobre la cima de la mosquitera y, desde dentro, pude ver sus cuerpos negros en contraste con el blanco tejido. Doblé la fibra de la mosquitera y aplasté a una de ellas. Las otras cucarachas no se dieron cuenta de esto y siguieron aterrizando sobre la mosquitera... y siendo aplastadas. "Quizás todos los que viven en la ciudad acaban amuermándose y haciendo estupideces como esta", pensé, sonreí y me fui a dormir.
"¿Pasaste una buena noche entre cucarachas?" dijeron burlándose cuando entre al baño común.
Cualquier idea de volver a dormir en el dormitorio acabó allí. La habitación estaba llena de cucarachas, pero era mía y nadie se burlaba de mí allí. Una desventaja es que el timbre eléctrico no se podía escuchar desde la habitación, pero luego descubriría que esto era una especie de ventaja.
Por la mañana, después de esperar mi turno para el retrete común, y mi turno para el lavabo común, y luego mi turno para el baño común, subí un tramo de escaleras, empujé la puerta hacia el aparcamiento y caminé hacia el Honda City aparcado allí. Había que abrillantar el coche con un paño suave y húmedo por dentro y por fuera, había que colocar una varita de incienso en la pequeña estatua da.e la diosa Lakshmi, diosa de la salud, que estaba colocada sobre el salpicadero - esto tenía la doble ventaja de librarse de los mosquitos que se habían colado dentro de noche, y perfumar el interior con un aroma religioso. Le pasé un paño a los asientos, buenos y lujosos asientos de cuero, limpie los diales, levanté las alfombrillas de cuero y las sacudí para quitarles el polvo. Había tres pegatinas magnéticas con imagenes de la diosa madre Kali en el salpicadero, las había puesto yo allí, tirando las de Ram Persad, lo limpié todo. Había también un pequeño, suave y mullido ogro con una lengua roja saliéndole de la boca colgado de una cadena del espejo retrovisor. Se suponía que era un amuleto de la suerte, y al Cigüeña le gustaba verlo balanceándose arriba y abajo mientras conducíamos. Le di un golpe al ogro en la boca, y luego lo limpiñe. Luego vino la tarea de comprobar la caja de pañuelos de la parte trasera del coche, laboriosamente labrada y dorada, como una reliquia de alguna familia real, aunque realmente estaba hecha de cartulina. Me aseguré de que hubiera pañuelos nuevos en la caja. La señora Pinky usaba docenas de pañuelos cada vez que salíamos, decía que la contaminación en Delhi era muy mala. Ella dejaba sus pañuelos arrugados cerca de la caja, y yo tenía que recogerlos y tirarlos fuera. El timbre eléctrico sono en el aparcamiento. Una voz desde el micrófno del vestíbulo decía "Conductor Balram. Por favor, diríjase a la entrada principal del Bloque B Buckingham con el coche"
Y eso hice, me metí en el coche, subí una rampa y salí a ver mi primera luz del día.
Los hermanos estaban vestidos con trajes elegantes, estaban esperando en la puerta del edificio, charlando y graznando. Cuando se metieron en el coche, el Mangosta dijo: "Hacia la Fiesta del Congreso, Balram. fuimos allí el otro día, espero que lo recuerdes y no te pierdas de nuevo"
No voy a defraudarle hoy, señor.

Hora punta en Delhi. Coches, escúters, motocicletas, rickshaws, taxis negros; empujándose por un hueco en la carretera. La contaminación era tal que los que iban en motocicletas o escúters llevaban un pañuelo anudado alrededor de sus caras. Cada vez que paras en un semáforo en rojo, ves una hilera de hombres con gafas oscuras y máscaras en sus caras, como si hubiesen atracado todos los bancos de la ciudad.

PAGES 134-137 Daniel Palomino
Había una buena razón para llevar mascarilla. Dicen que el aire de Delhi es tan nocivo, que te arrebata diez años de vida con solo respirarlo por un instante. Por supuesto, los que van en coche no han de respirar el aire del exterior. Ese aire agradable, limpio y acondicionado para nosotros. Los coches de los ricos, con sus lunas tintadas, circulan como huevos oscuros por las calles de Delhi. De vez en cuando, uno de esos huevos se abre y una mano femenina y deslumbrante, repleta de pulseras doradas, se asoma por la ventana y lanza una botella vacía de agua mineral a la carretera, la ventanilla se sube y el huevo continúa su camino.
Conducía mi huevo particular directo al corazón de la cuidad. A mi izquierda pude ver las cúpulas de la casa del presidente, el lugar donde se hacen los negocios importantes. Cuando la contaminación del aire se intensifica, resulta imposible ver el edificio desde la carretera, pero hoy brillaba con una hermosura especial.
A los diez minutos, estaba en la sede del partido del Congreso. Ahora, es un sitio fácil de encontrar, porque fuera siempre hay dos o tres carteles gigantes con la cara de Sonia Ghandi. Paré el coche, apagué el motor y abrí la puerta al señor Ashok y al Mangosta. Cuando salía, el primero me dijo:

-Estaremos de vuelta en media hora.

Sus palabras me confundieron. En Dhanbad nunca me hubieran dicho cuándo volverían, aunque de hecho esto no significaba nada. Podrían tardar dos horas en volver, o tres, pero era un trato de cortesía que al parecer, debían de darme ahora que estábamos en Delhi.
Un grupo de granjeros se aproximó a la sede, pero no se les permitió entrar. Gritaron esto y lo otro y se fueron. Un furgón de televisión llegó y pitó, pudiendo acceder a la primera.
Bostecé. Golpeé la boca roja del ogro negro que llevaba en el salpicadero y comenzó a balancearse. Giré la cabeza y eché un vistazo a mi alrededor. Observé el póster gigante de Sonia Ghandi. Tenía una mano levantada, como si me saludara. Le devolví el saludo.
Bostecé de nuevo, cerré los ojos y me dejé caer en el asiento. Con un ojo abierto, miré la pegatina de la diosa Kali, la fiera diosa negra que blande un sable y lleva colgada una guirnalda de calaveras. Me dije que tenía que quitar esa pegatina. Se parecía demasiado a la abuela.
Dos horas después, los hermanos volvieron al coche.

-Vamos a la casa del presidente, Balram, a lo alto de la colina. ¿Conoces el sitio?

Ahora ya había visto la mayoría de los lugares de interés más famosos de Delhi, el Parlamento, el Jantar Mantar, el Qutub, pero no había estado todavía en ese lugar, el más importante de todos. Conduje hasta la colina Raisina, y a lo largo de toda la subida, los guardias me paraban y registraban el coche. Finalmente paré justo enfrente de una de esas grandes bóvedas que rodeaban la casa del Presidente.

-Espera en el coche, Balram. Volveremos en treinta minutos.

Durante la primera media hora, estaba demasiado asustado como para salir del coche. Después, abrí la puerta, apoyé el pie en el suelo y miré a mi alrededor. Algo me decía que dentro de esas cúpulas y torres que me rodeaban, los peces gordos de este país, el primer ministro, el presidente, los ministros de renombre y los burócratas, discutían, escribían y refrendaban documentos. Alguien decía, “¡Ahí, quinientos millones para esa presa!”, otro,”¡de acuerdo, entonces ataquen Pakistán!". Me hubiera gustado salir corriendo y gritar: "¡Balram también está aquí!, ¡Balram también está aquí!".
Volví al coche para cerciorarme de que no había cometido ninguna estupidez por la que me pudieran arrestar.
Estaba oscureciendo cuando los dos hermanos salieron del edificio. Una figura gorda salió con ellos y hablaron durante un instante fuera del coche. Se estrecharon la mano y se despidieron.
Mr. Ashok estaba frío y huraño cuando entró. El Mangosta me pidió que volviéramos a casa

-Sin cometer ningún error esta vez, ¿entendido?
-Sí, señor.

Se sentaron en silencio y eso me confundió. Si yo hubiera estado en la casa del Presidente, ¡bajaría la ventanilla y lo gritaría a los cuatro vientos!

-Mira eso.
-¿Qué?
-Aquella estatua.

Miré y vi una gran estatua de bronce que representaba a un grupo de personas.

-Es una estatua muy conocida, sin duda, siempre la verás en Delhi. La encabeza Mahatma Ghandi, con su bastón, seguido del pueblo indio, liderados desde la oscuridad, hacia la luz.
El Mongoose afinó la vista y la miró.

-¿Qué le pasa?. Ya la había visto antes.
-Estamos pasando al lado de Ghandi, después de haber sobornado a un ministro. Es una jodida broma, ¿verdad?.
-Te pareces a tu mujer, dijo el Mangosta. No me gusta decir tacos, no forma parte de nuestra tradición. -Pero el señor Ashok no se pudo aguantar-
-Es una puta broma. Nuestro sistema político es una puta broma, y lo seguiré diciendo tanto como me venga en gana.
-Las cosas son muy complicadas en India, Ashok. Esto no es América. Por favor, modera tus juicios.

Había un gran atasco en la carretera de Gurgaon. Cada cinco minutos, el tráfico parecía moverse, pero apenas avanzábamos un pie antes de que las luces rojas de los coches me deslumbraran y volviéramos a parar. Todo el mundo pitaba. De vez en cuando los diferentes cláxones, con sus diferentes timbres y tonos, se mezclaban y sonaban como el lamento de un becerro despojado de su madre. El humo cubría el aire. Las volutas de humo de los tubos de escape brillaban cuando las atravesaba la luz de los faros de los coches. El humo era tan denso y espeso que no podía subir y se esparcía horizontalmente, formando una especie de niebla a nuestro alrededor. Había cerillas encendiéndose por todos los lados. Los conductores de las calesas encendían sus cigarros, sumando la contaminación del tabaco a la del petróleo.
Un hombre que conducía una carroza tirada por un búfalo paró en frente de nosotros. El pobre búfalo cargaba un montón de latas vacías de aceite de motor mientras respiraba el horrible aire de Delhi. El conductor de la calesa de al lado comenzó a toser violentamente, se giró y escupió tres veces en hilera.

*




Pages 138- 141.
Ciudad. Le lanzé una mirada desafiante y levanté el puño. Él, avergonzado, me suplicó que le disculpase.
¡Parece que estamos en un concierto de escupitajos! Dijo el señor Ashok, mirando al conductor de la bici-taxi.
Bueno, si tu estuvieras ahí fuera, respirando ese aire ácido, también estarías escupiendo como ellos , pensé.
Los coches se movieron de nuevo – avanzamos un metro - después saltaron las luces rojas y todo se paró otra vez.
“En Beijing tienen docenas de carreteras de circunvalación, aparentemente. Aquí tenemos una; no es de extrañar que sigamos teniendo atascos. Nada se planifica . ¿Cómo vamos a alcanzar a los chinos?”
( A propósito señor Jiabao –¿una docena de carreteras de circunvalación? Caray!)
A ambos lados de la calzada brillaba sobre la acera la luz tenue de las farolas; y en aquella luz anaranjada, pude ver una multitud de gente pequeña, delgada y mugrienta, que esperaba acurrucada a un autobús que les llevase a alguna parte, o que no tenía ningún lugar donde ir y estaba a punto de desplegar un colchón y dormir ahí mismo. Estos pobres desgraciados habían venido desde la Oscuridad a Delhi a buscar algo de luz, pero aún estaban en la oscuridad. Parecían que había cientos de ellos, a ambos lados de la calzada, y el atasco no afectaba a sus vidas en absoluto. ¿Se estaban siquiera enterando de que había un atasco? Parecíamos dos ciudades separadas: el interior y el exterior de la burbuja oscura. Sabía que estaba en la ciudad correcta, pero mi padre, si estuviera vivo, estaría sentado en la acera, cocinando unas gachas de arroz para cenar y preparándose para tumbarse y dormir debajo de una farola, y no podía dejar de pensar en eso y reconocer sus gestos en algún que otro mendigo de los que estaban fuera. Por lo tanto, yo también me encontraba fuera del coche de alguna manera, incluso mientras estaba conduciéndolo.
Después de una hora soportando el tráfico, llegamos a casa finalmente, al Bloque B de Buckingham; pero la tortura no había terminado.
Mientras se bajaba del coche, el Mangosta palpó sus bolsillos, miro confundido por un momento, y dijo:
“He perdido una rupia”
Se dirigió a mí chasqueando los dedos.
“Agáchate y búscala por el suelo del coche”.
Me puse de rodillas y husmeé entre las alfombrillas como un perro, todo para buscar esa rupia.
“¿Qué pasa, no está ahí? No pienses que puedes robarnos sólo porque estés en la ciudad, quiero esa rupia”.
“Acabamos de pagar medio millón de rupias en un soborno, Mukesh, y ahora estamos fastidiando a este hombre por una sola rupia. Subamos y tomemos un whisky escocés.
“Así es cómo corrompéis a los sirvientes; empieza con una rupia. No traigáis aquí vuestras costumbres americanas.”
El lugar donde fue a parar esa rupia sigue siendo un misterio para mí hasta hoy, señor Primer Ministro. Al final, cogí una rupia del bolsillo de mi camisa, la tiré al suelo del coche, la cogí y se la dí al Mangosta.
“Aquí está señor, perdóneme por haber tardado tanto en encontrarla”.
Se apreciaba un placer infantil en su oscura tez de jefe. Puso la moneda en su mano y saboreó el momento, como si hubiera sido lo mejor que le había pasado en todo el día.
Cogí el ascensor con los hermanos para ver si tenía que hacer alguna tarea en el piso.
La señorita Pinky estaba en el sofá viendo la televisión y tan pronto como entramos, dijo: “ya he comido”, apagó la televisión y se fue a otra habitación. El Mangosta dijo que no quería cenar, por lo que el señor Ashok tuvo que cenar sólo en la mesa. Me pidió que le preparara unas verduras que había en el frigorífico, y me fui a la cocina a hacerlo.
Echando una ojeada rápidamente a la vez que abría la puerta del frigorífico, ví que estaba a punto de llorar.
Cuando eres el conductor, nunca llegas a enterarte completamente de la situación. Únicamente destellos, vistazos, trocitos de conversación –y luego, justo cuando los jefes están llegando a la parte crucial de la conversación- siempre ocurre.
Algún imbécil en un jeep blanco casi te da al intentar adelantar a un coche por el carril contrario.
Te echas a un lado, fulminas con la mirada al del jeep blanco, le insultas (silenciosamente) –y cuando quieres escucharles disimuladamente otra vez, el tema de conversación en los asientos traseros ha cambiado… y nunca sabes cómo acaba esa frase.
Sabía que algo iba mal, pero no me di cuenta de lo mala que se había vuelto la situación hasta la mañana en la que el señor Ashok me dijo: “Hoy llevarás al señor Mukesh a la estación de ferrocarril, Balram”.
“Sí, señor”. Dudé, me gustaría haber preguntado: ¿sólo a él?
¿Significaba eso que volvía para siempre? ¿Significaba eso que la Señora Pinky se había desecho de él con sus portazos y sus comentarios agrios?
A las seis en punto, esperé con el coche a la puerta de entrada, conduje a los dos hermanos a la estación de ferrocarril. La Señora Pinky no vino.
Llevé las maletas del Mangosta al vagón que le correspondía en el tren, después fui a un puesto y compré una dosa envuelta en papel para él. Eso era lo que siempre le gustaba comer en el tren. Abrí la dosa y quité las patatas, tirándolas a las vías, porque las patatas le hacían tirarse pedos, y eso no le gustaba.
Un sirviente acaba por conocer el tracto intestinal de su jefe de principio a fin –de los labios al ano.
El Mangosta me dijo; “Espera, tengo instrucciones para tí”.
Me agaché en una esquina del vagón.
“Balram, ya no estás en la Oscuridad”.
“Si, señor”.
“En Delhi existe la ley”.
“Si, señor”.
“¿Sabes cuáles son las estatuas de bronce de Ghandi y Nerhu que están por todas partes? La policía ha puesto cámaras dentro de sus ojos para vigilar a los coches. Ven todo lo que haces, ¿lo entiendes?”
“Si, señor”.
Después frunció el ceño, como si se preguntara qué más decir, “Debes apagar el aire acondicionado cuando vayas solo”.
“Si, señor”.
“No pongas música cuando vayas solo”
“Si, señor”.
“Al final de cada día debes entregarnos la lectura del cuentakilómetros para asegurarnos de que no has estado conduciendo el coche tú solo”.
“Si, señor”.
142-145
El Mangosta se giró hacia el señor Ashok y le cogió del antebrazo. “Pon interés en esto, hermano Ashok, tendrás que vigilar al conductor cuando me haya ido”.
Pero el señor Ashok estaba jugando con su teléfono móvil. Lo soltó y dijo, “El conductor es legal, es de Laxmangarh”. Vi a su familia cuando estuve allí”. Entonces volvió con su teléfono móvil.
‘No hables así. No bromees con lo que estoy diciendo,’ dijo el Mangosta.
Pero no le estaba prestando ninguna atención a su hermano – siguió pulsando los botones de su móvil: ‘Un minuto, un minuto, estoy hablando con un amigo de Nueva York.’
A los conductores les gusta decir que algunos hombres son tipos de primer arranque. El señor Ashok era el típico hombre de primer arranque. Le gustaba empezar cosas, pero nada captaba su atención por mucho tiempo.
Mirándole a él, hice dos descubrimientos, casi simultáneamente. Cada uno me llenaba de asombro . El primero, es que puedes “hablar” por el móvil -a alguien que está en Nueva York- sólo pulsando unos botones. ¡Las maravillas de las ciencia moderna nunca dejan de impresionarme!
En un segundo, me di cuenta de que ese hombre alto, de grandes espaldas , apuesto y educado en el extranjero, quien podría ser mi único señor en unos pocos minutos, cuando sonó el largo silbido y el tren se marchaba hacia Dhanbad, estaba débil, indefenso, ausente y completamente desprotegido por el instinto usual que corre por la sangre de un terrateniente.
Si hubieras vuelto a Laxmangarh, nosotros te hubiéramos llamado Cordero.
“¿Por qué estas rebuznando como un burro?” me dijo bruscamente el Mangosta, y yo casi me arrodillo para pedirle perdón.
Aquella tarde, a las ocho en punto , el señor Ashock me envió un mensaje a través de un sirviente: “ Estate preparado en media hora, Balram. La Señora Pinky y yo estamos saliendo.”
Y los dos bajaron, sobre dos horas y tres cuartos más tarde.
El momento en el que el Mangosta salió, lo juro, las faldas se hicieron más cortas.
Cuando ella se sentó detrás, yo podía ver la mitad de sus tetas por fuera de su ropa cada vez que tenía que mirar en el espejo retrovisor.
Esto me puso en una mala situación, señor. Por una parte, mi cola se levantó, lo que es natural en un hombre joven y sano como yo. Por otro lado, como sabes, el señor y la señora, son como un padre y una madre para ti, así que ¿Cómo puedes excitarte con la señora?
Yo simplemente evitaba mirar al espejo retrovisor. Si había un accidente, no sería mi culpa.
Señor Primer Ministro, puede que cuando ha estado conduciendo, en un tráfico denso, ha parado el coche y bajado la ventana ; y entonces haya sentido el calor, el aliento jadeante del tubo de escape de un camión junto a ti. Ahora tenga en cuenta, señor Primer Ministro, que hay un motor diesel que resopla justo enfrente de su propia nariz.
Yo.
Cada vez que ella venía con ese escotado vestido negro, mi cola se hacía grande . La odiaba por llevar ese vestido, pero odiaba más a mi cola por lo que estaba haciendo.
146-149
“¿Señora?”
Miré hacia abajo.
“Deja de rascarte la ingle con la mano izquierda”
“No se enfade, señora. Pararé.”
Pero era inútil. Ella no pararía de gritarme:
“ ¡Eres tan asqueroso!¡Mírate, mira tus dientes, mira tu ropa! Hay paan rojo por todos tus dientes y hay manchas rojas en tu camisa. ¡Es asqueroso! Sal, limpia el desastre que has hecho en la cocina y vete.”
Puse el trozo de jengibre en la nevera, apagué el agua hirviendo, y bajé las escaleras.
Me puse enfrente del espejo común y abrí la boca. Los dientes estaban rojos, ennegrecidos, podridos por el paan. Me lavé la boca, pero los labios seguían estando rojos.
Ella tenía razón. El paan ( el cual yo había mascado durante años, como mi padre y como Kishan y todos los demás) estaba descolorando mis dientes y desgastándome las encías.
La noche siguiente, el señor Ashok y la señora Pinky bajaron discutiendo por la entrada, entraron en el coche discutiendo, y siguieron discutiendo mientras yo conducía el Honda City desde el bloque B de las torres Buckingham hacia la carretera principal.
“¿Vamos al centro comerecial, señor?” pregunté, en el momento en que estaban callados.
La Señora Pinky soltó una carcajada corta y alta.
Yo esperaba tales cosas de ella, pero no de él, sin embargo también se unió.
“No es centro “ comerecial”, es comercial” dijo “dilo otra vez.”
Yo seguí diciendo “ comerecial “, y ellos siguieron pidiéndome que lo repitiera, y luego se reían histéricamente cada vez que lo hacía. Al final estaban cogidos de la mano otra vez. Asique algo bueno resultó de mi humillación (al menos estaba contento por eso).
Salieron del coche, dieron un portazo, y fueron al centro comercial; un guardia les saludó mientras se acercaban, después las puertas de cristal se abrieron solas y se tragaron a los dos.
Yo no salí del coche: me ayudaba a concentrar mi mente mejor si estaba aquí. Cerré los ojos.

“Comeerrrecial”
No, así no era.
“ Comereeciall”
“Comereciall”
“¡Ratón de campo¡ Sal del coche y ven aquí!
Un pequeño grupo de conductores agachados de cuclillas en círculo fuera del aparcamiento del centro comercial. Uno de ellos empezó a gritarme, agitando una copia de una revista en su mano.
Era el conductor con los labios enfermos. Puse una gran sonrisa en mi cara y me acerqué a él.
“¿Alguna pregunta más sobre la vida en la ciudad, Ratón de campo? Me preguntó. Había risas de burla a su alrededor.
Puso una mano sobre mi y me susurró, “¿Has pensado en lo que te dije, cielo?¿Necesita algo tu dueño?¿Marihuana?¿chicas?¿chicos?¿pelotas de golf, bolas de golf americanas de buena calidad, libres de impuestos?”
“No le ofrezcas todas esas cosas ahora,” dijo otro conductor. Este estaba en cuclillas sobre sus rodillas, moviendo un llavero con las llaves del coche de su patrón como un niño con un juguete.” “Es materia de pueblo, sigue puro. Dejemos que la vida de la ciudad le corrompa primero” Le arrancó la revista – “Murder Weekly”, por supuesto-y empezó a leer en voz alta.
El chismorreo paró. Todos los conductores se acercaron.

era una noche lluviosa. Vishal estaba en la cama, su aliento olía a alcohol, sus ojos mirando por la ventana. La mujer de al lado había vuelto a casa, y estaba a punto de quitar su-'
El hombre con vitíligo en los labios gritó: "¡Mira! Está pasando también hoy –

El conductor con la revista, molesto por esta perturbación, siguió leyendo, pero los otros estaban de pie, mirando en la dirección del centro comercial.
Lo que estaba ocurriendo, señor Primer Ministro, era uno de esos incidentes que eran tan comunes en los primeros días del centro comercial, y que a menudo aparecían en los diarios bajo el título “¿No hay espacio para los pobres en los centros comerciales de la Nueva India?”
Las puertas de cristal se habían abierto, pero el hombre que quería entrar por ellas no podía hacerlo. El guardia en la puerta lo paró. Dirigió su bastón hacia los pies del hombre y sacudió la cabeza (el hombre tenía sandalias en los pies). Todos nosotros conductores también teníamos sandalias en los pies. Pero todos a los que se les permitía entrar en el centro comercial tenían zapatos en los pies.
En lugar de retroceder y marcharse (como nueve de cada diez habría hecho en su lugar) el hombre de las sandalias explotó, “¿No soy un ser humano también?”
Le gritó tan fuerte que la saliva salió despedida de su boca como una fuente y sus rodillas estaban temblando. Uno de los conductores dejó salir un silbido. Un hombre que había estado barriendo el recinto exterior del centro comercial, dejó la escoba y observó.
Por un momento el hombre en la puerta parecía preparado para golpear al guardia -pero luego se dio la vuelta y se fue.
"ese hombre tiene pelotas" dijo uno de los conductores. "Si todos nosotros fuéramos así, gobernaríamos la India, y ellos estarían limpiando nuestras botas.’

Entonces los conductores regresaron a su círculo. La lectura de la historia se reanudó.
Vi las llaves girando en el llavero. Vi el humo de los cigarrillos. Vi el paan golpear la tierra en diagonales rojas.
La peor parte de ser conductor es que tienes horas para ti mismo mientras esperas a tu patrón. Puedes pasar este tiempo charlando y rascándote la ingle. Puedes leer revistas de asesinatos y violaciones. Puedes desarrollar la costumbre del chófer-es una especie de yoga, en realidad-de meterse el dedo en la nariz y dejar tu mente en blanco durante horas (deberían llamarlo el "asana del conductor aburrido “) Puedes meter a escondidas una botella de licor Indio en el coche - el aburrimiento hace borrachos a muchos conductores honestos.
Pero si el conductor ve su tiempo libre como una oportunidad, si lo usa para pensar, entonces la peor parte de su trabajo se convierte en la mejor.

Esa noche, mientras conducía de vuelta al apartamento, miré por el espejo retrovisor. El señor Ashok llevaba una camiseta.
Era como la camiseta que yo jamás elegiría comprar en una tienda. La mayor parte de ella estaba vacía y en blanco y había un diseño pequeño en el centro. Yo me habría comprado algo muy colorido, con muchas palabras y diseños en ella. Mejor calidad por el precio.
Entonces, una noche, después de que el señor Ashok y la señora Pinky se fueran, salí al mercado local. Bajo el resplandor de las desnudas bombillas amarillas, hombres sentados en cuclillas en el camino, vendiendo cestas llenas de pulseras de cristal, pulseras de acero,



Al final del mes, subí al apartamento. Él estaba sentado ahí, sólo, en un sofá bajo la foto enmarcada de dos Pomeranias.
“Señor?”
“Mmm.¿Qué pasa, Balram?”
“Va a hacer un mes.”
“¿Y?”
“Señor, mi sueldo.”
“ Ah, si. Tres mil, ¿verdad?” desenfundó su cartera – estaba llena de billetes- y lanzó tres billetes sobre la mesa. Los cogí y me incliné .Algo de lo que su hermano había estado diciendo, debía haber llegado a él, porque dijo, “Enviarás algo de esto a casa, ¿no?”.
Todo, señor. Sólo lo que necesito para comer y beber aquí – el resto va para casa.”
“Bien, Balram. Bien. La familia es algo bueno.”
A las diez en punto esa noche, bajé a pie hacia el mercado sólo alrededor de la esquina desde el bloque de las torres B de Buckingham. Esta era la última tienda del mercado; en un cartel sobre él, grandes letras negras en Hindi decían:

“ACTION” Licorería Inglesa
Se vende licor extranjero hecho en India .

Esta era la guerra civil habitual que puedes encontrar en una licorería por la tarde: hombres empujando y presionando en el mostrador con sus manos extendidas y chillando a voz en grito. Los chicos del mostrador no podían oír una palabra de lo que estaban diciendo en ese barullo, y mantenían un orden desigual, que llevaba a más gritos y luchas. Yo me abrí paso entre la multitud- llegué hasta el mostrador, metí un puñetazo y grité, ¡Whisky! ¡El más barato! ¡Servicio inmediato o alguien saldrá herido, lo juro!

Me llevó 15 minutos conseguir la botella, la metí en mis pantalones, pues no había otro sitio donde esconderla, y volví a Buckingham.

*

"Balram, te has tomado tu tiempo."
"Perdóneme , señora."
"Pareces enfermo, Balram. ¿Estás bien?"
"Si, señora, tengo dolor de cabeza. No dormí bien anoche."
"Ahora prepara algo de té. Espero que cocines mejor que conduces,¿no?"
"Si, señora."
"Entonces hazlo."
No tenía ni idea de lo que quería la Señora Pinky, pero al menos sus tetas estaban cubiertas- eso era un alivio.
Preparé la tetera y empecé a hacer té. Acababa de empezar el agua a hervir cuando la cocina se llenó con su perfume. Ella me estaba mirando desde el umbral de la puerta.
La cabeza todavía me daba vueltas por el whisky de la última noche. Había estado masticando anís toda la mañana así que nadie se podía dar cuenta del olor a alcohol de mi aliento, pero aún así estaba preocupado, así que le di la espalda mientras lavaba un trozo de jengibre bajo el grifo.
“¿Qué estás haciendo?” gritó.
“Lavando jengibre, señora.”

“Eso es con tu mano derecha. ¿Qué estás haciendo con la izquierda?”

Pages 150-153
…juguetes, pañuelos para la cabeza, bolígrafos y llaveros. Encontré a un muchacho vendiendo camisetas.
“No,” seguí diciendo a cada una de las camisetas que me iba enseñando – hasta que encontré una que era completamente blanca con una pequeña palabra en inglés en el centro. Entonces busqué al hombre que vendía zapatos negros.
Compré mi primera pasta de dientes esa noche. La conseguí del hombre que normalmente me vendía paan ; tenía un negocio de pastas de dientes que fusionó con los beneficios de paan .
SHAKTI BLANQUEADOR

CON CARBÓN VEGETAL Y CLAVO
PARA LIMPIAR TUS DIENTES
¡SÓLO POR UNA RUPIA Y CINCUENTA PAISAS!
Mientras me cepillaba los dientes con el dedo, percibí lo que mi mano izquierda estaba haciendo: había avanzado lentamente hacia mi pubis sin que me diera cuenta – como lo haría un lagarto sigilosamente subiendo una pared – y comenzó a rascar.
Esperé. En el momento en el que se movió, la agarré con la mano derecha.
Pellizqué la piel gruesa entre el dedo pulgar y el índice, donde más duele, y se mantuvo como alrededor de un minuto entero. Cuando se me pasó, una herida rojiza me había salido en la piel de la palma.
Allí.
Ése es tu castigo por rascarte el pubis desde ahora.
En la boca, la pasta de dientes se había espesado pareciendo espuma de leche; comenzó a gotear por las comisuras de la boca.
La escupí.
Cepillar. Cepillar. Escupir.
Cepillar. Cepillar. Escupir.
¿Por qué mi padre nunca me dijo que no me rascara el pubis? ¿Por qué mi padre nunca me enseñó a cepillarme los dientes con espuma de leche? ¿Por qué mi padre me crió para vivir como un animal? ¿Por qué la vida pobre está entre tanta porquería , tanta fealdad?
Cepillar. Cepillar. Escupir.
Cepillar. Cepillar. Escupir.
Si sólo un hombre podría escupir su pasado así de fácil.


*

A la mañana siguiente, mientras llevaba a la Señora Pinky al centro comercial, sentí un pequeño paquete de algodón oprimiéndome los zapatos de vestir. Ella se bajó dando un portazo; esperé diez minutos y entonces, dentro del coche me cambié.
Me dirigí a la puerta del centro comercial con mi camiseta blanca nueva. Pero allí, en el momento que vi al vigilante, me di media vuelta (volví al Honda City). Me subí al coche y pegué al ogro tres veces. Toqué la pegatina de la diosa Kali, con su larga lengua roja, para tener buena suerte.
Esta vez fui por la entrada trasera.
Estaba convencido de que el vigilante que estaba enfrente de la puerta me retaría y diría, No, tu no puedes entrar aquí, incluso con el par de zapatos negros y la camiseta que está impecablemente blanca con sólo una palabra en inglés. Esta aseguró, hasta el último momento, de que sería cauto, y que le llamaría y le pegaría y le humillaría allí mismo.
Incluso andando dentro del centro comercial, estaba convencido de que alguien diría, ¡Hey! ¡Ese hombre es un chófer! ¿Qué está haciendo aquí? Había vigilantes con uniformes grises en cada planta – todos parecían estar mirándome. Era mi primer contacto con la vida de un fugitivo.
Era consciente del perfume en el aire, de la luz dorada, del frío aire del aire acondicionado, de la gente con camisetas y vaqueros que me estaban mirando extrañamente.
Vi un ascensor subiendo y bajando que parecía estar hecho de cristal de oro puro. Vi tiendas con paredes de cristal y fotos enormes de guapísimos hombres y mujeres europeas colgando de cada pared. ¡Si sólo los otros conductores pudieran verme ahora!
Salir era tan difícil como entrar, pero otra vez los vigilantes no me dijeron ni una palabra y caminé de vuelta al aparcamiento, me subí al coche y me volví a poner mi habitual camisa tan colorida y dejé la sencilla camiseta de hombre rico en un fardo, cerca de mis pies.
Volví corriendo hacia donde estaban sentados los otros conductores. Ninguno de ellos se había percatado de que me había ido o de que había vuelto. Estaban demasiado ocupados en alguna otra cosa. Uno de los conductores – era el muchacho al que le gustaba girar su llavero constantemente – llevaba un teléfono móvil. Me obligó a echarle un vistazo.
“¿Llamas a tu mujer con esta cosa?”
“No puedes llamar a nadie con él, idiota - ¡es un teléfono unidireccional!”
“¿Entonces de qué sirve un teléfono desde el que no puedes hablar con tu familia?”
“Es para que mi jefe pueda llamarme y darme las instrucciones para recogerle. Sólo tengo que guardarlo aquí – en mi bolsillo - a donde quiera que vaya”.
Me cogió el teléfono, lo frotó para limpiarlo y lo guardó en su bolsillo. Hasta esa tarde, su nivel dentro del círculo de los conductores había bajado: su jefe sólo conducía un Maruti-Suzuki Zen, un coche pequeño. Hoy él estaba siendo tan mandón como quería. Los conductores se pasaban su móvil de mano en mano y lo miraban fijamente como los monos miran fijamente algo brillante que han cogido. En el aire había un olor a amoniaco; uno de los conductores estaba meando no muy lejos de nosotros.
Vitigio-Lips estaba observándome desde una esquina.
“País de ratones,” dijo. “Pareces un muchacho que quiere decir algo”.
Sacudí la cabeza.

*

*

A la mañana siguiente, mientras llevaba a la Señora Pinky al centro comercial, sentí un pequeño paquete de algodón oprimiéndome los zapatos de vestir. Ella se bajó dando un portazo; esperé diez minutos y entonces, dentro del coche me cambié.
Me dirigí a la puerta del centro comercial con mi camiseta blanca nueva. Pero allí, en el momento que vi al vigilante, me di media vuelta - volví al Honda City. Me subí al coche y pegué al ogro tres veces. Toqué la pegatina de la diosa Kali, con su larga lengua roja, para tener buena suerte.
Esta vez fui por la entrada trasera.
Estaba convencido de que el vigilante que estaba enfrente de la puerta me retaría y diría, No, tu no puedes entrar aquí, incluso con el par de zapatos negros y la camiseta que está impecablemente blanca con sólo una palabra en inglés. Esta aseguró, hasta el último momento, de que sería cauto, y que le llamaría y le pegaría y le humillaría allí mismo.
Incluso andando dentro del centro comercial, estaba convencido de que alguien diría, ¡Hey! ¡Ese hombre es un chófer! ¿Qué está haciendo aquí? Había vigilantes con uniformes grises en cada planta – todos parecían estar mirándome. Era mi primer contacto con la vida de un fugitivo.
Era consciente del perfume en el aire, de la luz dorada, del frío aire del aire acondicionado, de la gente con camisetas y vaqueros que me estaban mirando extrañamente.
Vi un ascensor subiendo y bajando que parecía estar hecho de cristal de oro puro. Vi tiendas con paredes de cristal y fotos enormes de guapísimos hombres y mujeres europeas colgando de cada pared. ¡Si sólo los otros conductores pudieran verme ahora!
Salir era tan difícil como entrar, pero otra vez los vigilantes no me dijeron ni una palabra y caminé de vuelta al aparcamiento, me subí al coche y volví a ponerme mi habitual camisa tan colorida y dejé la sencilla camiseta de hombre rico en un fardo, cerca de mis pies.
Volví corriendo hacia donde estaban sentados los otros conductores. Ninguno de ellos se había percatado de que me había ido o de que había vuelto. Estaban demasiado ocupados en alguna otra cosa. Uno de los conductores – era el muchacho al que le gustaba girar su llavero constantemente – llevaba un teléfono móvil. Me obligó a echarle un vistazo.
“¿Llamas a tu mujer con esta cosa?”
“No puedes llamar a nadie con él, idiota - ¡es un teléfono unidireccional!”
“¿Entonces de qué sirve un teléfono desde el que no puedes hablar con tu familia?”
“Es para que mi jefe pueda llamarme y darme las instrucciones para recogerle. Sólo tengo que guardarlo aquí – en mi bolsillo - a donde quiera que vaya”.
Me cogió el teléfono, lo frotó para limpiarlo y lo guardó en su bolsillo. Hasta esa tarde, su nivel dentro del círculo de los conductores había bajado: su jefe sólo conducía un Maruti-Suzuki Zen, un coche pequeño. Hoy él estaba siendo tan mandón como quería. Los conductores se pasaban su móvil de mano en mano y lo miraban fijamente como los monos miran fijamente algo brillante que han cogido. En el aire había un olor a amoniaco; uno de los conductores estaba meando no muy lejos de nosotros.
Vitigio-Lips estaba observándome desde una esquina.
“País de ratones,” dijo. “Pareces un muchacho que quiere decir algo”.
Sacudí la cabeza.

*

El tráfico empeora a lo largo del día. Parece que hay más coches cada tarde. Como cuando las mermeladas se estropean, esto hizo enfadar a la señora Pinky. Una tarde, cuando estábamos avanzando lentamente por la carretera MG hacia Gurgaon, ella se perdió completamente. Empezó a chillar.
“¿Por qué no podemos volver, Ashok? Mira este jodido atasco. Es lo mismo de todos los días”.
“Por favor no empecemos con eso otra vez. Por favor”.
“¿Por qué no? Me lo prometiste, Ashok, estaremos en Delhi sólo tres meses y haremos sólo papeleo y volveremos. Pero estoy empezando a pensar que sólo vinimos aquí para tener este problema impuesto. ¿Estás mintiéndome todo el rato?
No era su culpa lo que ocurrió entre ellos – insistiré en eso, incluso en un juicio. Él era un buen marido, siempre haciendo planes para hacerla feliz. En su cumpleaños, por ejemplo, me hizo vestirme como un maharajá con un turbante rojo y un refrescante y oscuro vaso y serviles su comida con este traje.



Pages 154-158
No estoy hablando de cualquier cocina casera normal- él consiguió servirle a ella algo de aquel apestoso producto que viene en cajas de cartón y enloquece a los ricos .
Ella se río una y otra vez cuando me vio con el traje, inclinándome hacia ella con la caja de cartón. Los serví y después como ordenó el señor Ashok, que había estado esperando de pie cerca del retrato de ‘Cuddles y Puddles’(Mimo y Charquito) con las manos dobladas.
‘Ashok’, dijo ella. ‘Ahora escucha esto. Balram, ¿qué es lo que estamos comiendo?’
Supe que se trataba de una trampa, ¿mas qué podía hacer?- Respondí. Los dos romperon a cacajadas.
‘Dilo otra vez Balram.’
Se rieron de nuevo.
‘No es pijja. Es piZZa. Dilo correctamente.’
‘Espera, tú también lo pronuncias mal. Añades una T por ahí en medio. Peet . Zah.’
‘No corrijas mi inglés, Ashok. No hay ninguna T en pizza. Mira la caja.’
Tuve que contener la respiración mientras estaba allí esperando a que terminaran. Aquello olían fatal.
‘Ha cortado la pizza pésimamente. Soy incapaz de comprender cómo puede venir de una casta de cocineros.’
‘Acabas de despedir al cocinero. Por favor, no eches también a este compañero. Él es hornado.’
Cuando terminaron, raspé la comida de los platos y los lavé. Desde la ventana de la cocina, pude ver la carretera principal de Gurgaon, iluminada por las luces de los centros comerciales. Un nuevo centro se acababa de abrir al final de la carretera y los coches corrían hacia sus puertas.
Bajé la persiana y continué lavando los platos.
‘Pijja.’
‘Pzijja.’
‘Zippja’.
‘Pizja’.
Limpié el fregadero con la palma y apagué las luces.
Los dos se habían ido a su dormitorio. Oí gritos de dentro.de puntillas me aproximé a la puerta que estaba cerrada. Apoyé la oreja sobre la madera.
El grito aumentó de ambas partes,seguidos de un chillido, seguidos del sonido de la carne del hombre golpeando la carne de la mujer.
Hora de que se hizo cargo, O cordero- nacido- de-las-entrañas- del-dueño. Cerré la puerta detrás de mí y bajé en ascensor.
Media hora más tarde, justo cuando ya estaba a punto de dormirme, otro de los criados vino gritando por mí. ¡La campana estaba sonando! Me puse los pantalones, me lavé las manos una y otra vez en grifo de siempre y saqué el coche a la entrada del edificio.
‘Llévanos a la ciudad.’
‘Sí, señor. ¿Dónde en la ciudad?’
¿Algún lugar a donde quieras ir, Pinky?’
Ni una palabra por parte de ella.
‘Llévanos al Connaught Place, Balram.’
Ni el marido ni la mujer hablaron mientras yo conduje. Ella aún llevaba puesto el traje maharajá. El señor Ashok dirigía cosntantemente miradas a Madam Pinky que denotaban nerviosismo.
‘Tienes razón, Pinky’ dijo el con una voz ronca. ‘No quiero desafiarte en lo que dijiste. Pero te lo dije, hay solo una cosa mala en este lugar: tenemos este pésimo/paupérrimo sistema llamado democracia parlamentaria. Por lo demás, estaríamos al igual que China.
‘Ashok.Me duele la cabeza. Por favor. ‘
‘Vamos a pasarlo bien esta noche. Allí hay un buen ‘Foster’s Hollywood’ (=T.G.I.Fryday). Te va gustar.’
Cuando llegamos al Connaught Place, me ordenó parar frente a una gran luz de neón rojo.
‘Espéranos aquí, Balram. Regresaremos en veinte minutos.’
Había pasado una hora desde que se habían ido y yo todavía seguía dentro del coche, mirando las luces del Coonaught Place.
Golpeé el suave ogro negro una docena de veces. Miré las etiquetas magnéticas de la diosa Kali con sus cráneos y su larga lengua roja. Saqué mi lengua a la vieja bruja. Bostecé.
Era pasado de medianoche y hacia mucho frió.
Me hubiera gustado tocar algo de música para que pase el tiempo pero por supuesto el Mangosta también lo había prohibido.
Abrí la puerta del coche; había un olor acre en el aire. Los otros conductores habían hecho un fuego para ellos, al que mantenían vivo arrojando pedazos de plástico.
Los ricos de Delhi, para sobrevivir en los inviernos, guardan calentadores eléctricos, o estufas de gas o incluso queman troncos de madera en sus chimeneas. Cuando las personas sin techo o los sirvientes, tales como vigilantes de noche, y conductores que están obligados a pasar tiempo fuera en el invierno desean calentarse, queman cualquier cosa que encuentran en el suelo. Uno de los mejores objetos para echar al fuego es celofán que se utiliza para envolver las frutas, los vegetales y los libros de negocios: dentro de la llama, cambia su naturaleza y se funde en un transparente combustible. El único problema es que durante el tiempo que se esta quemando, emite un humo blanco que hace que tu estomago se revuelva.
Vitiligo-Lips estaba alimentando el fuego con bolsas de celofán ; me saludó con su mano libre.
‘Country –Mouse, ¡no te sientes allí por tu cuenta! ¡Eso lleva a malos pensamientos!’
El calor era muy tentador.
Pero no. Mi boca haría cosquillas si yo fuera cerca de ellos, y pediría paan.
‘¡Mira el pijo este! ¡Hoy viene vestido como un maharajá!’
‘¡Vente, únete a nosotros, maharajá de Buckingham!’
Lejos del calor, lejos de la tentación caminaba por los senderos de Connaught Place, hasta que el olor del barro revuelto llenó el aire.
En cualquier dirección que mires, todo esta en construcción en Dheli. El armazón de los cristales son levantados por centros comerciales o edificios de oficinas; filas de grandes soportes en forma de T, al igual que una línea de yunques, donde los nuevos puentes o pasos elevados continúan construyéndose; enormes cráteres están siendo cavados para nuevas mansiones para los ricos. Aquí también, en el corazón de Connaught Place, incluso en el medio de la noche, bajo la mirada de grandes reflectores, la construcción continúa. Un gigante foso había sido excavado. Las maquinas iban resonando desde dentro.
Había oido sobre este asunto; estaban colocando un ferrocarril en el subterráneo Delhi. El hoyo que habían hecho para este trabajo era tan grande que se parecía al de cualquier mina de carbón que vi en Dhanbad. Otro hombre estaba mirando el hoyo conmigo.Un hombre bien vestido en una camisa con corbata y pantalones con bonitos pliegues. Normalmente este tipo de hombres nunca hablaría conmigo pero a lo mejor mi túnica de maharajá le llevo a confundirse.
‘¿Esta ciudad va a ser igual que Dubai en cinco años, no es así?’
‘¿Cinco? Dije despectivamente. ‘¡En dos años!’
‘Mira a aquella grúa amarilla. Es un monstruo. ‘
Era un monstruo, sentado en la parte superior del hoyo con grandes fauces de metal de forma alterna atracándose y para arrojar grandes cantidades de barro. Como criaturas que tenían que obedecer, hombres con hoyas de barro en sus cabezas caminaban en circulo alrededor de la maquina; no parecían mas grandes que ratones. Incluso en el invierno por la noche, el sudor había hecho que sus camisetas queden pegadas a sus brillantes cuerpos negros.
Hacia un frío glacial cuando regresé al coche. Todos los conductores se habían ido. Todavía ningún indicio de mis señores. Cerré mis ojos e intente recordar que tenía para cenar.
Un rico y caliente curry con jugosos trozos de carne negra. Grandes charcos de aceite rojo en la salsa.
Bonito.
Me despertaron golpeando mi ventana. Trepé fuera y abrí las puertas para ellos. Los dos eran enérgicos y felices, y apestaban a algún licor inglés: cualquier cosa que fuese, no lo probé todavía en ninguna tienda.
Te lo digo, iban como animales hasta que los lleve fuera de Connaught Place. Él estaba empujando su mano de acá para allá en su muslo, y ella se estaba riendo. Miré un segundo demás. Él me sorprendió en el espejo.

*Pages 154-158

Yo no estoy hablando de cualquier cocina casera ordinaria- él consiguió servirle a ella algo de aquello apestoso producto que viene en cajas de cartón y lleva (conduce) a los ricos absolutamente locos.
Ella se río una y otra vez cuando me vio en mi traje, inclinándome hacia ella con la caja de cartón. Los serví y después como ordenó Sr. Ashok, había estado de pie cerca del retrato de ‘Mimos y Babas’con las manos dobladas y esperando.
-Ashok, dijo ella. -Ahora escucha esto. Balram, ¿que es lo que nosotros comemos?
Yo sabia que era una trampa, ¿pero que podía yo hacer?- Respondí. Los dos se echaron a reír.
-Dilo otra vez Balram.
Se rieron de nuevo.
-No es pijja. Es piZZa. Dilo correctamente.
-Espera- tú también lo pronuncias mal. Hay una T en el medio. Peet . Zah.
-No corrijas mi ingles, Ashok. No hay ni una T en pizza. Mira a la caja.
Tuve que contener la respiración mientras estaba allí esperando a que terminaran. Las cosas olían tan mal.
-El ha cortado la pizza tan mal. Simplemente no puedo entender como puede venir de una casta de cocineros.
-Acaba de despedir al cocinero. Por favor, no eches (no despida) también a este compañero- el es honesto.
Cuando ellos terminaron, raspe la comida de los platos y los lave. Desde la ventana de la cocina, pude ver la carretera principal de Gurgaon, llena de las luces de los centros comerciales. Un nuevo centro se acaba de abrir al final de la carretera, y los coches corrían en sus puertas.
Tiré de la persiana hacia abajo y volví a lavar los platos.
-Pijja.
-Pzijja.
-Zippja.
-Pizja.
Limpié el fregadero con mi palma y apagué las luces.
Los dos se habían ido a su dormitorio. Oí gritos desde dentro. Fui de puntillas a la puerta cerrada. Puse la oreja a la madera.
El grito aumentó de ambas partes- seguidos de un chillido- seguidos del sonido de la carne del hombre golpeando la carne de la mujer.
Hora de que se hizo cargo, O cordero-que- fue- nacido- de-las-entrañas- del-dueño. Cerré la puerta detrás de mí y tome el ascensor hacia abajo.
Media hora más tarde, justo cuando estaba a punto de dormirme, otro de los criados vino y gritaba por mí. ¡La campana estaba sonando! Me puse los pantalones, me lave las manos una y otra vez al grifo de siempre y saque el coche a la entrada del edificio.
-Llevanos a la ciudad.
-Si, señor. ¿Adonde a la ciudad?
-Algún lugar a donde quieras ir, Pinky?
Ni una palabra por parte de ella.
-Llevanos al Connaught Place, Balram.
Ni el marido ni la mujer hablaron mientras yo conduje. Todavía tengo el maharajá tenido. El señor Ashok miro a la señora Pinky nerviosamente media docena de veces.
-Tienes razón, Pinky dijo el con una voz ronca. -No quiero desafiarte en lo que dijiste. Pero te lo dije, hay solo una cosa incorrecta con este lugar- nosotros tenemos este jodido sistema llamado democracia parlamentaria. Por lo demás, estaríamos al igual que China.
-Ashok.Tengo un dolor de cabeza. Por favor.
-Nosotros vamos a pasarlo bien esta noche. Allí hay un buen ‘Foster’s Hollywood (=T.G.I.Fryday). Te va gustar.
Cuando fuimos al Connaught Place, el me hizo parar en frente de una gran luz de neón rojo.
-Esperanos aquí, Balram. Regresaremos en veinte minutos.
Ellos estuvieron allí por una hora y estaba yo todavía dentro del coche, mirando las luces del Coonaught Place.
Pegué el suave y oscuro ogro una docena de veces. Mire a las etiquetas magnéticas de la diosa Kali con sus cráneos y su lengua larga y roja- saqué mi lengua a la vieja bruja. Bostecé.
Era pasado de medianoche y hacia mucho frió.
Me hubiera gustado tocar algo de música para que pase el tiempo, pero por supuesto el Mangosta había prohibido esto.
Abrí la puerta de coche; había un olor acre en el aire. Los otros conductores habían hecho un fuego para ellos, al cual continuaban teniéndolo encendido metiendo pedazos de plástico en el.
Los ricos de Delhi, para sobrevivir en los inviernos, guardan calentadores eléctricos, o estufas de gas o incluso queman troncos de madera en sus chimeneas. Cuando las personas sin techo, o los sirvientes tales como vigilantes de noche y conductores que están forzados a pasar tiempo fuera en el invierno, desean conservar un clima cálido, ellos arden cualquier cosa que encuentran en el suelo. Uno de os mejores objetos para poner en el fuego es celofán, el que se utiliza para envolver las frutas, los vegetales y los libros de negocios: dentro de la llama, este cambia su naturaleza y se funde en un transparente combustible. El único problema es que durante el tiempo que se esta quemando, emite un humo blanco que hace que tu estomago se revuelva.
Vitiligo-Lips alimentaba bolsas de celofán en el fuego; con su mano libre me saludo.
-Ratón de Campo,¡no te sientes allí por tu cuenta! ¡Eso lleva a malos pensamientos!
El calor era muy tentador.
Pero no. Mi boca haría cosquillas si yo fuera cerca de ellos, y pediría paan.
-¡Mira el esnob! ¡El viene vestido como un maharajá hoy!
-¡Vente, únete a nosotros, maharajá de Buckingham!
Lejos del calor, lejos de la tentación caminaba por los senderos de Connaught Place, hasta que el olor del barro revuelto lleno el aire.
Allí en cualquier dirección que mires en Delhi, todo esta en construcción. El armazón de los cristales están levantados por centros comerciales o edificios de oficinas; filas de grandes soportes en forma de T, al igual que una línea de yunques, adonde los nuevos puentes o pasos elevados continúan construyéndose; enormes cráteres siendo cavados por nuevas mansiones de los ricos. Y aquí también, en el corazón de Connaught Place, incluso en el medio de la noche, bajo la mirada de grandes reflectores, la construcción continúa. Un gigante foso ha sido excavado. Las maquinas iban resonando desde dentro.
Estuve escuchando sobre este asunto; ellos estaban colocando un ferrocarril debajo de la tierra de Delhi. El hoyo que habían hecho para este trabajo era tan grande que se parecía al de cualquier mina de carbón que vi en Dhanbad. Otro hombre estaba mirando el hoyo conmigo- un hombre bien vestido en una camisa y corbata y pantalones con bonitos pliegues. Normalmente este tipo de hombres nunca hablaría conmigo pero a lo mejor mi túnica de maharajá le llevo a confundirse.
-¿Esta ciudad va a ser igual que Dubai en cinco años, no es así?
-¿Cinco? Dije despectivamente. -¡En dos años!
-Mira a aquella grúa amarilla. Es un monstruo.
Era un monstruo, sentado en la parte superior del hoyo con grandes fauces de metal de forma alterna atracándose y para arrojar grandes cantidades de barro. Como criaturas que tenían que obedecer a eso, hombres con hoyas de barro en sus cabezas caminaban en circulo alrededor de la maquina; ellos no parecían mas grandes que ratones. Incluso en el invierno por la noche, el sudor había hecho que sus camisetas queden pegadas a sus brillantes cuerpos negros.
Hacia un frío glacial cuando regrese al coche. Todos los conductores se habían ido. Todavía ningún indicio de mis señores. Cerré mis ojos e intente recordar que tenía para cenar.
Un rico y caliente curry con jugosos trozos de carne negra. Grandes charcos de aceite rojo en la salsa.
Bonito.
Ellos me despertaron golpeando mi ventana. Trepe fuera y abrí las puertas para ellos. Los dos eran enérgicos y felices, y apestaban a algún licor ingles: cualquier cosa que fuese, no lo intente todavía en ninguna tienda.
Te lo digo, ellos iban como animales hasta que los lleve fuera de Connaught Place. El estaba empujando su mano de acá para allá en su muslo, y ella se estaba riendo. Estuve mirando un segundo demasiado. El me sorprendió en el espejo.


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Me sentí como un niño que había espiado a sus padres a través de la rendija de la puerta del dormitorio. Mi corazón empezó a palpitar, medio esperando que en cualquier momento me cogiese del cuello, tirándome al suelo y dándome patadas con sus botas, al igual que su padre hacía con los pescadores en Laxmangarh.
Pero este hombre como os dije, era diferente. Él era capaz de convertirse en alguien mucho mejor que su padre. Mis ojos tocaron su conciencia. Codeó a la Señora Pinky y dijo:
-No estamos solos, ¿sabes? Inmediatamente se puso de malhumor y giró la cara hacia un lado. Cinco minutos pasaron en silencio. Se inclinó hacia mí, oliendo a licor.
-Déjame el volante.
-No, Pinky, estás borracha. Deja que él…
-¡No tiene ni pizca de gracia! Todo el mundo en India bebe y conduce ¿a mí no me vas a dejar conducir?
-¡Oh, odio esto! Se dejó caer en su asiento. Balram, recuérdame no casarme nunca.
-Está parando en el semáforo. ¿Blaram, por qué paras? ¡Sigue conduciendo!
-Hay un semáforo, Pinky. Déjale que pare. Balram, no te saltes las señales de tráfico, te lo ordeno.
-¡Te ordeno que conduzcas, Balram! ¡Conduce!
Completamente confundido, me comprometí. Llevé el coche metro y medio delante de la raya blanca y me paré en el stop.
-¿Has visto lo que ha hecho? Preguntó el señor Ashok. Eso fue bastante ingenioso.
-Si, Ashok. Es un genio de mierda.
El tiempo del semáforo indicaba que todavía quedaban 30 segundos para que la luz roja cambiase a verde. Estaba mirando el tiempo cuando el gigante Buda apareció a mi derecha. Un niño mendigo se acercó al Honda Civic sujetando una bonita estatua de Buda hecha de yeso. Cada noche en Delhi, los mendigos venden cosas al margen de la carreteras, libros, estatuillas o fresas en cajas; pero por alguna razón, tal vez porque mis nervios estaban en tan malas condiciones, miré al Buda más de lo que debía…Fue suficiente inclinar un poco la cabeza, cosa que pasó por medio segundo, para que ella me pillase.
-A Balram le gusta la estatua, dijo ella.
-Claro, es un gran conocedor del buen arte.
She cracked the egg open. Bajó la ventanilla y dijo al niño: Déjame verla.
Él o ella, nunca lo puedes saber con certeza en los casos de los mendigos, metió el Buda en el Honda.
-¿Chófer, quieres comprar la escultura?
-No, señora. Lo siento
-Balram Halwai, pastelero, chófer y conocedor de escultura.
-Lo siento, señora.
-Cuanto más me disculpaba, más se divertían los dos. Por fin, para poner un punto a mi agonía, el semáforo se puso en verde y me alejé del desdichado Buda tan rápido como pude. Ella me alcanzó con la mano y me apretó el hombro.
-Balram, para el coche.
Miré en el espejo el reflejo del señor Ashok, pero no decía nada.Paré el coche.
-Balram, bájate del coche. Te vamos a dejar que pases la noche con tu Buda. El maharajá y el Buda, juntos por una noche.
Se sentó en el asiento del conductor, arrancó el coche y se alejó, mientras el señor Ashok, borracho perdido, reía tontamente mientras me despedía con la mano. Si no hubiera bebido, nunca le hubiese permitido que me tratara así, estoy seguro de eso. La gente siempre se aprovechaba de él. Si sólo hubiésemos viajado él y yo en ese coche, nada malo nos habría pasado a ninguno de los dos.
Un refugio para peatones, donde había árboles plantados, separaba los lados del camino. Me senté debajo de un árbol. La carretera estaba vacía. Entonces pasaron dos coches, uno detrás del otro, haciendo una onda continua con las hojas, como las ramas de los árboles que crecen al lado de un lago. Hay tantas cosas hermosas que puedes ver en Delhi, sólo si eres libre de ir a donde quieras y hacer lo que quieras.
Un coche venía directamente hacia mí, haciendo señales con los faros y tocando el claxon. El Honda Civic hizo un cambio de sentido, un cambio de sentido ilegal por cierto, avanzando en dirección mia, como si fuera a derribarme. Detrás del volante vi a la señora Pinky, sonriendo abiertamente y dando alaridos, mientras al lado suyo, el señor Ashok sonreía. ¿Vi fruncir su ceño como preocupación por mi suerte, vi su mano atravesando y cogiendo el volante para que el coche no me atropellara? Me gusta pensar que sí.
El coche paró unos centímetros delante de mí, con un chirrido de caucho quemado. Me encogí: ¡cuanto habían sufrido mis pobres neumáticos por culpa de esta mujer! La Señora Pinky abrió la puerta y asomó su cara sonriente.
-¿Pensabas que te iba dejar atrás, señor Maharajá?
-No, señora.
-¿No estás furioso, verdad?
-Para nada. Y añadí para hacerlo más creíble: Los patrones son como padre y madre ¿cómo puede uno estar enfadado con ellos?
Me senté en el asiento trasero. Cambiaron de sentido otra vez, por medio de la avenida, y se fueron a toda velocidad, saltando semáforo tras semáforo. Los dos estaban de risitas, chillando y pellizcándose el uno al otro. Yo, incapaz de hacer nada, estaba viendo el show desde el asiento trasero, cuando una cosa pequeña y negra saltó en nuestro camino. La golpeamos y la arrollamos con las ruedas del coche. Por la manera en la que las ruedas la aplastaron completamente y por el silencio que había cuando ella paró el coche, ni siquiera un quejido o aullido, supe de inmediato lo que le había pasado a la cosa que habíamos golpeado. Ella estaba demasiado borracha para frenar de lleno, y cuando lo hizo ya habíamos pasado a toda velocidad otras dos o tres yardas hasta que nos paramos del todo en medio de la carretera. Mantuvo las manos sobre el volante; su boca estaba abierta.
-¿Un perro? Me preguntó el señor Ashok. Era un perro, ¿verdad?
Asentí con la cabeza. Las luces de la carretera eran demasiado tenues y el objeto, un bulto grande y negro, estaba ya demasiado atrás para poder verlo claramente. No se veía ningún otro coche. Ningún otro ser viviente a la vista. Con un movimiento lento, retiró sus manos del volante y se tapó los oídos.
-¡No fue un perro! Era un…
Sin decirnos una palabra, el señor Ashok y yo actuamos como un equipo. La cogió, tapándole la boca con la mano, y la tiró del asiento del conductor; corriendo salí de la parte trasera. De un portazo cerramos las puertas y yo arranqué el motor volviendo a toda velocidad hacia Gurgaon.
A la mitad del camino se calmó, pero después cuando faltaba poco para llegar al apartamento, empezó de nuevo.
-Tenemos que volver, dijo.
-No seas tonta, Pinky. Balrma nos va llevar al apartamento en unos minutos. Se acabó todo.
-Hemos atropellado algo, Ashoky. Dijo con una voz muy suave. Tenemos que llevar esa cosa al hospital.
-No.
Su boca se abrió de nuevo, iba a gritar en un segundo. Pero antes de que hiciera eso, el señor Ashok la amordazó con sus manos, buscó la caja de pañuelos y le tapó la boca. Mientras intentaba escupirlos, le arrancó el pañuelo que llevaba al cuello y lo ató alrededor de su boca, colocando su cara entre sus palmas y sujetándola allí. Cuando llegamos al apartamento, la arrastró al ascensor con la boca todavía atada.
Cogí un cubo y lavé el coche. Limpié la parte de abajo a conciencia, y cepillé cada trozo de sangre y carne. Había un poco de las dos alrededor de las ruedas. Cuando él bajó, estaba lavando los neumáticos por cuarta vez.


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Sr Jiabao.
Señor:
Cuando llegue aquí, le dirán que nosotros los indios lo inventamos todo, desde Internet pasando por los huevos duros hasta los viajes espaciales, antes de que los británicos se llevaran el mérito.
Tonterías. Lo más importante que ha dado el país en sus diez mil años de historia es El Gallinero.
Vaya a Vieja Delhi, detrás del Jama Masjid, y mire cómo tienen a las gallinas en el mercado. Cientos de pálidas gallinas y magníficos y coloridos gallos, separados y apelmazados en jaulas de alambre, lleno como si de gusanos apiñados en un vientre se tratara, picoteándose y defecando el uno sobre el otro, empujándose por hueco para poder respirar; la jaula entera emanando un terrible hedor, el hedor de la aterrorizada carne con plumas. En el mostrador de madera sobre la jaula se sienta un sonriente y joven carnicero, alardeando sobre la carne y los órganos recién picados de un pollo, todavía empapado por una oscura capa de sangre. Los gallos huelen el olor de la sangre desde su jaula. Ven los órganos de sus hermanos esparcidos a su alrededor. Saben que son los siguientes. Pero no van a rebelarse. No intentan salir de la jaula.
En este país ocurre exactamente lo mismo con los derechos humanos.
Observe las calles por la tarde en Delhi; tarde o temprano verá a un hombre sobre una bicicleta rickshaw pedaleando calle abajo, con una cama gigante o una mesa atada a la carretilla de la bicicleta. Cada día reparte los muebles en las casas, “El hombre de las entregas”. Una cama cuesta cinco mil rupias, quizá seis mil. Añádale las sillas y la mesilla de café y ya serán diez o quince mil rupias. Un hombre viene en su bicicleta-carrito, trayéndole su cama, su mesa y sus sillas, un pobre hombre que puede que gane quinientas rupias al mes. Él descarga todos esos muebles para usted, y a cambio recibe dinero en efectivo, un puñado de dinero que ocupa lo mismo que un ladrillo. Él se lo guarda en el bolsillo, en su camiseta, o en la ropa interior, pedalea de vuelta hacia su jefe y se lo entrega todo, sin tocar una sólo rupia. El salario de un año, o incluso de dos en sus manos, y nunca coge una ni una rupia de ello.
Cada día en las calles de Delhi, algún chófer conduce un coche vacío con una maleta negra en el asiento trasero. Dentro de la maleta puede haber un millón o dos de rupias; más dinero del que el chófer verá en toda su vida. Si se llevara el dinero podría ir a América, Australia, a cualquier lugar, y comenzar una nueva vida. Podría alojarse en los hoteles de cinco estrellas con los que ha soñado toda su vida y sólo ha podido observar desde fuera. Podría llevar a su familia a Goa, a Inglaterra. Sin embargo lleva esa maleta negra donde su jefe le ordene. La deja donde lo tiene que dejar y nunca toca una rupia. ¿Por qué?
¿Es porque los hindúes son las personas más honestas del mundo tal y como anuncia el primer ministro en sus folletos?
No. Es porque el 99,9 por ciento de ellos son cogidos por El Gallinero como aquella pobre gente del mercado de aves.
El Gallinero no trabaja con pequeñas sumas de dinero. No prueba a su chófer con una o dos rupias, podría robarlas. Pero le deja un millón de dólares porque sabe que no tocará un centavo. Inténtelo: deje una mochila negra con un millón de dólares en un taxi de Mumbai. El conductor llamará a la policía y devolverá el dinero al final del día. Lo garantizo. (¡Aunque si la policía le devuelve o no el dinero es otra historia!) En este país los dueños responsabilizan a sus sirvientes con diamantes, es cierto. Cada tarde en el tren de las afueras de Surat, donde viajan los más importantes empresarios del diamante y del negocio del abrillantado, los sirvientes de los comerciantes se ocupan de las maletas llenas de diamantes cortados que tienen que llevarle a alguien en Mumbai. ¿Por qué no se lleva el sirviente en cuestión la maleta llena de diamantes? No es Gandhi, es un humano, es usted y soy yo. Pero está en El Gallinero. La honradez de los sirvientes es la base de la economía hindú.
La gran gallinería hindú. ¿Tienen ustedes algo parecido en China? Lo dudo seño Jiabao. Sino no necesitarían el partido comunista para disparar a la gente y a la policía secreta para asaltar sus casas durante la noche y encarcelarlos como he oído que ocurre por allí. En India no tenemos dictadura. No tenemos policía secreta.
Es por eso que tenemos El Gallinero.
Nunca antes en la historia de la humanidad ha habido tan poco que deber y tanto para tantos señor Jiabao. Muchos hombres en este país han entrenado el 99, 9% restante – como fuerte, talentoso o inteligente- para vivir perpetuamente en la servidumbre; una servidumbre tan fuerte que usted puede ponerle la llave de la emancipación a un hombre en sus manos y este se la devolverá con una maldición.
Tendrá que venir aquí y verlo por usted mismo para creerlo. Cada día millones de personas se levantan al amanecer- en suciedad, autobuses abarrotados- van a la casa de sus señores y limpian los suelos, lavan la vajilla, cuidan el jardín, alimentan a sus hijos… Todo por una miseria. Nunca envidiaré la riqueza de América o Inglaterra señor Jiabao: No tienen sirvientes. No podrían ni tan siquiera imaginar qué es realmente la buena vida.
Ahora, un hombre pensador como usted, señor ministro, debe hacerse dos preguntas.
¿Por qué la El Gallinero trabaja? ¿Cómo atrapa a millones de hombres y mujeres de un modo tan efectivo?
Segundo, ¿Puede un hombre salir del Gallinero? ¿Qué ocurriera si un día, por ejemplo, un conductor se llevara el dinero de su jefe y huyera? ¿Cómo sería su vida?
Le contestaré a ambas señor.
La respuesta a la primera pregunta es que el orgullo y la gloria de nuestra nación, el depósito de todo nuestro amor y sacrificio, el considerable espacio que ocupa en los panfletos que el primer ministro entrega, “La familia Hindú”, es la razón de que estemos atrapados y atados al Gallinero.
La respuesta a la segunda pregunta es que sólo un hombre preparado para ver a su familia destruida, perseguida, golpeada y quemada viva por sus dueños puede salir del gallinero. No sigue ningún derecho humano, es un fenómeno, una perversión de la naturaleza humana.
De hecho, esto se acerca al Tigre Blanco.
*
Vuelvo a mi historia.
Hay un letrero en el zoo nacional de Nueva Delhi, cerca de la jaula del tigre blanco que dice: Imagínate a ti mismo en una jaula.
Cuando lo vi pensé, “Puedo hacerlo, puedo hacerlo sin ningún problema”
Estuve un día entero en mi sucia habitación, con las piernas sobre la cómoda, sentado en la red del mosquito, aterrado por la idea de salir de la habitación. Nadie me pidió que condujera el coche. Nadie bajó verme.
Mi vida ha sido escrita lejos. Estuve en una jaula por un asesinato que no cometí. Estaba aterrado, hasta entonces nunca se me había ocurrido huir lejos. No volví a pensarlo, “Diré la verdad en el juicio”, pensé. Estaba atrapado en el Gallinero.
¿Cómo sería la celda? Era todo lo que podía pensar acerca de esto. ¿Qué tipo de estrategias podré seguir para escapar al gran, peludo y sucio hombre que encontraré allí?
Recordé la historia del Semanal de crímenes en la que un hombre era encarcelado por tener supuestamente Sida, así a nadie le importaría. ¿Dónde estará la copia de la revista? Si sólo la tuviera conmigo ahora, podría copiar las palabras exactas, los mismos gestos. Pero si dijera que tuve Sida asumirían que soy todo un indeseable. ¿Se olvidarían entonces de mí?
Estaba atrapado. A través de las perforaciones de mi red, me senté mirando fijamente las impresiones que una mano anónima había aplicado con el yeso blanco en las paredes de mi cuarto.
¡Ratón de campo!
Los labios de Vitiligo se habían acercado al umbral de mi habitación.
“Tu jefe está haciendo sonar el teléfono como un loco”
Apoyé mi cabeza en la almohada.
Entró en la habitación pegó su oscuro rostro labios rosas contra la red. “Estás enfermo ratón de campo? ¿Es tiroides? ¿Cólera? ¿Dengue?
Negué con la cabeza. “Estoy bien”
Me alegra oírlo.
Y se fue con una enfermiza sonrisa en los labios.
Me levanté como un hombre a su llamada, subí las escaleras hasta el apartamento y luego cogí el ascensor hasta la planta trece.


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Él estaba en el sofá, con sus pálidas piernas estiradas. Tan pronto como me vio su cara se abrió con una gran sonrisa, y pensé, ¡Él está sonriendo porque me ha salvado! Pero el viejo terrateniente no estaba pensando en mí para nada. Oh, no, él estaba pensando en cosas mucho más importantes que mi vida. Él señaló aquellas dos cosas importantes.
‘Aah, Balram, mis pies verdaderamente necesitan un buen masaje. Fue un largo viaje en tren.’
Mi mano se agitó al abrir el grifo del agua caliente en el baño. El agua golpeó el fondo del cubo y salpicó mis piernas, y cuando miré vi que estaban casi temblando. Un hilo de orina corría por encima de ellas.
Un minuto después, una gran sonrisa en mi cara, volví a donde el Cigüeña estaba sentado y coloqué el cubo con agua caliente cerca de él.
‘Ponga los pies dentro, señor.’
‘Oh,’ dijo, y cerró los ojos; sus labios se separaron y empezó a hacer pequeños gemidos, señor, y el sonido de esos gemidos me llevó a apretar sus pies más y más; mi cuerpo empezó a convulsionar cuando hice eso y mi cabeza golpeó los lados de sus rodillas.
El Mangosta y Mr. Ashok estaban sentados delante de la pantalla del televisor, jugando juntos a un videojuego.
La puerta del dormitorio se abrió, y Pinky Madam salió. Ella no llevaba maquillaje, y su cara era un desastre – piel negra debajo de sus ojos, rayas en su frente. En el momento en el que me vio, se excitó.
‘¿Se lo habéis dicho al chófer?’
El Cigüeña no dijo nada. Mr. Ashok y el Mangosta siguieron jugando al juego. ‘¿Nadie se lo ha dicho? ¡Qué jodida broma! ¡Él es el que iba a ir a la cárcel!’
Mr. Ashok dijo, ‘supongo que deberíamos decírselo.’ Él miró a su hermano, quien mantuvo los ojos sobre la pantalla del televisor.
El Mangosta dijo, ‘Bien.’
Mr. Ashok se giró hacia mí.
‘Tenemos un contacto en la policía – él nos ha contado que nadie ha confirmado haber visto el accidente. Por lo tanto, su ayuda no será necesaria, Balram.’
Sentí un alivio tan tremendo que moví mis manos bruscamente, y el cubo de agua templada se desbordó, y tuve que luchar para ponerlo de pie. El Cigüeña abrió los ojos, me golpeó la cabeza con la mano, y entonces cerró los ojos.
Pinky Madam observó; su cara cambió. Corrió a su habitación y dio un portazo. (¿Quién habría pensado, Mr. Jiabao, que de toda esta familia, esta señora con las faldas cortas sería la única con conciencia?)
El Cigüeña la vio irse a su habitación y dijo, ‘Se está volviendo loca, esa mujer. Queriendo encontrar a la familia del niño y compensarles – locura. Como si nosotros aquí fuéramos todos asesinos.’ Miró severamente a Mr. Ashok. ‘Necesitas controlar mejor a esa esposa tuya, hijo. Como lo hacíamos en el pueblo.’
Entonces me dio un ligero golpe en la cabeza y dijo, ‘El agua se ha puesto fría.’
Masajeé sus pies cada mañana durante los siguientes tres días. Una mañana él tenía una ligera molestia en el estómago, y el Mangosta me hizo llevarle en coche a Max, que es uno de los hospitales más famosos de Delhi. Me quedé fuera y cuando el Mangosta y el hombre viejo entraron observé el precioso edificio grande de cristal. Los doctores entraban y salían con largas batas blancas, y estetoscopios en los bolsillos. Cuando eché un vistazo desde fuera, el vestíbulo del hospital parecía tan limpio como el interior de un hotel de cinco estrellas.
El día siguiente al viaje al hospital, llevé al Cigüeña y al Mangosta a la estación de tren, compré para ellos unos aperitivos que necesitarían para el viaje a casa, esperé a que el tren se marchara, y entonces conduje el coche de vuelta, lo limpié, fui a un templo Hanuman cercano a rezar una oración de gracias, volví a mi habitación y caí dentro de la red para mosquitos, muy cansado.
Cuando me levanté, había alguien en mi habitación, encendiendo y apagando las luces.
Era Pinky Madam.
‘Prepárate. Me vas a llevar.’
‘Sí, madam,’ dije, frotándome los ojos. ‘¿Qué hora es?’
Se puso un dedo en los labios.
Me puse una camisa, y saqué el coche, y lo conduje hasta la parte delantera del edificio. Ella tenía una bolsa en la mano.
‘¿A dónde?’ pregunté. Eran las dos de la mañana.
Me lo dijo, y yo pregunté, ‘¿El señor no viene?’
‘Simplemente conduce.’
La llevé al aeropuerto, no pregunté nada.
Cuando llegamos al aeropuerto, ella pasó un sobre marrón a través de mi ventanilla – luego cerró la puerta y se fue.
Y así fue como, Su Excelencia, el matrimonio de mi patrón llegó a su fin.
Otros chóferes tienen técnicas para prolongar los matrimonios de sus jefes. Uno de ellos me dijo que cuando la pelea se ponía peor él conducía rápido, para llegar a casa rápidamente; cuando se ponían románticos él hacía que el coche fuera despacio. Si se estaban gritando él les preguntaba direcciones; si se estaban besando subía la música. Siento que algo de responsabilidad recae sobre mí, que su matrimonio se rompió mientras yo era el chófer.
La mañana siguiente, Mr. Ashok me llamó al apartamento. Cuando llamé a la puerta, me cogió del cuello de la camisa y me tiró hacia dentro.
‘¿Por qué no me las dicho?’ dijo, apretándome el cuello, casi estrangulándome. ‘¿Por qué no me despertaste inmediatamente?’
‘Señor… ella dijo… ella dijo… ella dijo…’
Me agarró y me empujó contra el balcón del apartamento. El terrateniente dentro de él no estaba muerto, después de todo.
‘¿Por qué la llevaste allí, folla-hermanas?’
Giré mi cabeza – detrás de mí vi todas las torres resplandecientes y centros comerciales de Gurgaon.
‘¿Quisiste arruinar la reputación de mi familia?’
Me empujó más fuerte contra el balcón; mi cabeza y pecho ahora estaban encima del borde, y si me empujaba un poco más estaba en verdadero peligro de caerme. Junté mis piernas y le golpeé en el pecho – él se tambaleó hacia atrás y golpeó la puerta corredera de cristal que separaba la casa y el balcón. Me deslicé apoyándome en el borde del balcón; él se sentó contra la puerta de cristal. Los dos estábamos jadeando.
‘¡Usted no puede culparme, señor!’ grité. ‘¡Nunca he oído que una mujer dejara a su marido porque sí! Quiero decir, sí, en la tele, ¡pero no en la vida real! Yo sólo hice lo que me dijo que hiciera.’
Un cuervo se sentó en el balcón y graznó. Los dos nos giramos y le miramos fijamente.
Entonces su locura se había ido. Se cubrió la cara con las manos y empezó a sollozar.
Corrí hacia mi habitación. Entré en la red para mosquitos y me senté en la cama. Conté hasta diez para asegurarme de que no me había seguido. Luego, alargando el brazo por debajo de la cama, cogí el sobre marrón y lo volví a abrir.
Estaba lleno de billetes de cien rupias.
Cuarenta y siete de ellos.
Empujé el sobre por debajo de la cama: alguien estaba viniendo hacia mi habitación. Cuatro de los chóferes entraron.
‘Cuéntanoslo todo, Ratón de Campo.’
Tomaron posiciones alrededor de mí.
‘¿Contaros qué?’
‘El guarda de la puerta se fue de la lengua. No hay secretos por aquí. Tú llevaste a la mujer a algún sitio por la noche y volviste solo. ¿Ella le ha dejado?’
‘No sé de qué estás hablando.’
‘Sabemos que habían estado peleándose, Ratón de Campo. Y tú la llevaste a algún sitio por la noche. ¿Al aeropuerto? Ella se ha ido, ¿verdad? Es un divorcio – últimamente todo hombre rico se está divorciando de su esposa. Esta gente rica… ‘. Agitó su cabeza. Sus labios se enroscaron con desdén, mostrando sus rojizos, putrefactos, deteriorados colmillos. ‘Sin respeto por Dios, por el matrimonio, la familia – nada.’
‘Ella simplemente salió para tomar un poco de aire fresco. Y la traje de vuelta. Ese guarda de la puerta está ciego.’
‘Leal hasta el final. Ya no se fabrican sirvientes como tú.’
Esperé toda la mañana a que sonara el timbre – pero no lo hizo. Por la tarde, fui al decimotercer piso, y toqué al timbre y esperé. Él abrió su puerta, y sus ojos eran rojos.





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Comenzó a llover persistentemente durante toda la mañana. Oía la lluvia, aunque no podía verla. Fui hacia el Honda City, coloqué en su interior la vara de incienso, limpié los asientos, limpié las pegatinas del coche y golpeé al ogro en la boca. Tiré el paquete junto al asiento del conductor. Cerré todas las puertas y las bloqueé.

Después, retrocediendo dos pasos del Honda City, me arqueé hacia él con las palmas cruzadas.
Fui a ver lo que Dharam estaba haciendo. Se le veía solitario y, por eso, le construí un barco de papel y lo hicimos zarpar por la alcantarilla, fuera del bloque de pisos.
Después de comer, llamé a Dharam a mi habitación.
Puse mis manos sobre sus hombros; le giré, despacio, hacia mí y nos situamos cara a cara. Dejé caer una rupia al suelo.
-Agáchate y recógela.
Lo hizo, y yo miré. Dharam peinó su cabello como lo hacía el señor Ashok (con raya en el medio; cuando te levantabas hacia él, se podía apreciar una línea blanca bajo el cuero cabelludo, destacando un lunar en la coronilla, desde donde sale el pelo del hombre).
-Levántate derecho.
Miré el lunar.
Le dije que se sentara en la esquina de la habitación y esperara mirando hacia mí. Yo me fui dentro de mi mosquitera, crucé mis piernas, cerré mis ojos tocando mis rodillas con las palmas y respiré hondo.
No sé cuánto tiempo me senté como el Buda, pero duró hasta que uno de los sirvientes gritó que yo estaba esperando en la puerta delantera. Abrí los ojos (Dharam estaba sentado en la esquina de la habitación, mirándome).
-Ven aquí –dije. Le abracé y puse diez rupias en su bolsillo. Las necesitaría.
-¡Balram, llegas tarde! ¡La campana está sonando como loca!
Caminé hacia el coche, metí la llave y arranqué el motor. El señor Ashok estaba de pie en la entrada con un paraguas y un móvil. Estaba hablando por teléfono mientras entraba al coche y cerraba de un portazo.
-Todavía no puedo creerlo. La gente de este país tenía la opción de volver a colocar un partido gobernante eficiente en el poder, en vez de haber votado al más vergonzoso grupo de matones. No nos lo merecemos.

Dejó el teléfono a un lado por un momento y dijo:
-Primero a la ciudad, Balram. Te diré dónde –y volvió a hablar por el teléfono.
Las carreteras estaban grasientas con barro y agua. Yo conducía despacio.
-Democracia parlamentaria, padre. Nunca nos pondremos al nivel de China por esa razón.
Primero paramos en la ciudad (en uno de los bancos comunes). Él cogió la bolsa roja y entró. Yo le veía a través del cristal, apretando los botones del cajero. Cuando volvió, pude sentir que el peso de la bolsa en el asiento trasero había aumentado. Fuimos de banco en banco, y el peso de la bolsa roja aumentaba. Sentí su crecimiento en mi espalda (como si no estuviera cogiendo al señor Ashok y su bolsa en mi coche), pero mi padre hubiera llevado a un cliente y su bolsa (en un bici-taxi).
Setecientas mil rupias.
Esto era suficiente para una casa, una moto y una tienda pequeña… una nueva vida.

Mis setecientas mil rupias.
-Ahora a Sheraton, Baltram.
-Sí, señor.
Giré la llave (el coche empezó a tomar velocidad). Nos movimos.

-Pon algo de Sting, Balram. No muy alto.
-Si, señor.
Puse el CD. La voz de Sting llegó. El coche tomó velocidad. En un instante, pasamos la famosa estatua de bronce de Gandhi llevándose a sus seguidores de la oscuridad hacia la luz.
Ahora la carretera estaba vacía. La lluvia caía suavemente. Si siguiéramos ese camino, llegaríamos al hotel (el más grande de de todos en la capital de mi ciudad, el lugar donde van las cabezas de estado, dónde tú mismo siempre te quedas). Pero Delhi es una ciudad donde la civilización puede aparecer y desaparecer en cinco minutos. Ahora a ambos lados había desierto y basura.
En el espejo retrovisor no le vi prestando atención a nada más que a su teléfono móvil. Un brillo azul del teléfono le iluminó la cara. Sin levantar la vista, me preguntó:
-¿Qué está mal, Balram? ¿Por qué está parado el coche?
Toqué las pegatinas magnéticas del sagrado Kali para la suerte y después abrí la guantera. Ahí estaba (la botella rota con los arañazos del cristal).
-Hay algo en la rueda, señor. Solo deme unos minutos.
Antes de que yo pudiera siquiera tocarlo, lo juro, la puerta del coche se abrió. Yo estaba fuera en la llovizna.
Estaba por todas partes empapado de barro negro. Caminando sobre el barro y el agua de la lluvia, me agaché cerca de la rueda trasera izquierda, la cual estaba escondida de la carretera por el cuerpo del coche. Había un grupo de arbustos a un lado, y una extensión de tierra baldía más adelante.
Nunca has visto la carretera tan vacía. Habrías jurado que esto ha sido arreglado para ti.
La única luz proveniente del coche era el brillo azul del teléfono móvil. Golpeé contra el cristal con un dedo. Él se giró hacia mí sin bajar la ventana.
-¿Hay algún problema, señor? –dijo articulando para que le leyera los labios.
Él no bajó la ventana; él no salió fuera. Estaba jugando con su teléfono móvil: golpeando los botones y sonriendo. Debería estar mandando un mensaje para Mss. Uma.
Presionando el vidrio mojado, mis labios hicieron una mueca.
Soltó el teléfono, yo cerré el puño y golpeé su cristal. Bajó la ventana con expresión de descontento. La voz de Sting sonaba a través de la ventana.
-¿Qué pasa, Balram?
- Salga, señor, hay un problema.
-¿Qué problema?
¡Su cuerpo no se movió! Lo sabía (el cuerpo lo sabía), aunque la mente era demasiado estúpida para simplemente pensar en salir.
-La rueda, señor. Necesito su ayuda, está enganchada en el barro.
Justo entonces unos faros brillaron hacia mí. Un coche estaba bajando la carretera. Mi corazón dio un brinco, pero pasó de largo, salpicándome de agua y barro.
Él puso una mano en la puerta para salir, pero un instinto de auto conservación le hizo darse la vuelta.
-Está lloviendo, Balram. ¿Crees que deberíamos llamar y solicitar ayuda?
Se retorció y se separó de la puerta.
-Oh, no, señor. Confíe en mí. Salga.
Él estaba todavía moviéndose con nerviosismo (su cuerpo se estaba separando tanto de mi como podía) . Lo estoy perdiendo , pensaba, y esto me forzaba a hacer algo por lo que sabía que me odiaría a mí mismo durante muchos años. Realmente no quería hacer eso, realmente no quería que pensara, incluso en los dos o tres minutos que había dejado de vivir, que yo era ese tipo de conductor (el que, como último recurso, hacía chantaje a su maestro). Pero no me dejó ninguna opción:
-Está dando problemas desde la noche que fuimos al hotel en Jangpura.

























































PAG 189-194

Él levantó la mano, me preparé para que me tocase pero colocó su brazo alrededor del hombro del Mangosta.
“Cuando yo estaba en América, yo pensaba que la familia era una carga, no lo niego. Cuando tu y Padre intentasteis impedir mi boda con Pinky porque no era hindú estaba furioso, no lo niego. Pero sin familia, un hombre no es nada. Absolutamente nada. Yo no tuve nada mas que este chofer que esta en frente mía durante cinco días. Ahora al menos yo tengo a alguien real a mi lado: tu”.
Yo subí al piso con ellos; el Mangosta quería que les hiciera algo de comer, les hice daal y chapattis , y un plato de okra. Se lo serví y después limpié los platos y los cacharros.
Durante la cena, el Mangosta dijo, “Si estas deprimiéndote Ashok, ¿por qué no haces algo de yoga y meditación? Hay un profesor de yoga en la tele y es muy bueno – esto es lo que hace todas las mañanas en su programa”. El cerró los ojos, respiró y después exhaló lentamente, diciendo, “Ooooom”.
Cuando salí de la cocina, limpiándome las manos en los pantalones el Mangosta me dijo,“Espera”.
El sacó un trozo de papel de su bolsillo y me obsequió con una amplia sonrisa, como si fuera un premio para mí.
“Tienes una carta de tu abuela. ¿Cuál es su nombre? El empezó a abrir la carta con su fino dedo negro.
“Kusum, señor”
“Gran mujer” dijo, mientras movía sus antebrazos arriba y abajo.
“Señor, no se moleste, puedo leer” - le dije.
El abrió la carta y empezó a leer en voz alta.
Mr. Ashok le dijo algo en inglés- yo adivine lo que dijo: “¿No tiene derecho a leer sus propias cartas?”
Su hermano respondió en inglés, y yo de nuevo adiviné, mas que entender, sus palabras; “A el no le importa algo así. No tiene sentido de la privacidad. En los pueblos no hay habitaciones separadas así que ellos simplemente duermen juntos por la noche y hacen el amor sin más. Créeme, no le importara”.
El se giró hasta que la luz quedo detrás de él y empezó a leer en alto:
Querido nieto. Esta carta esta siendo escrita por el señor Krishna, el maestro. El te recuerda con cariño y habla de ti por tu viejo apodo, el tigre blanco. La vida aquí se ha vuelto dura. Las lluvias no llegaron. ¿Puedes pedirle a tu jefe algo de dinero para tu familia? Y recuerda mandar el dinero a casa”.
El Mangosta dejó la carta.
“Es todo lo que estos criado quieren. Dinero, dinero, dinero. Se les llama sirvientes, pero ellos te chupan la sangre, ¿o no?”
El continuó leyendo la carta.
A tu hermano Kisham le dije , -Ahora es el momento-, y el lo hizo, se casó. A ti, yo no te lo pido. Tu eres diferente de el resto. Tan profundo, como tu madre. Incluso cuando eras un niño, ya lo eras; cuando te parabas al lado del estanque y mirabas al Fuerte Negro con tu boca abierta, por la mañana, por la tarde, por la moche. Asi que no te pido que te cases. Pero te tiento con los placeres de la vida de casado. Es bueno para la comunidad. Cada vez que hay una boda llueve mas en el pueblo. Las bacas engordaran. Darán mas leche. Estos son hechos sabidos por todos. Nosotros estamos muy orgullosos de ti , estando en la ciudad. Pero debes parar de pensar solo en ti mismo y empezar a pensar también en nosotros. Lo primero debes visitarnos y comer mi pollo al curry. Tu abuela que te quiere. Kusum”,
El Mangosta iba a devolverme la carta, pero el señor Ashok la cogió y la leyó de nuevo.
“Algunas veces se expresan de una manera tan sentida estos aldeanos” dijo, antes de arrojarme la carta sobre la mesa para que la cogiera.
Por la mañana, llevé al Mangosta a la estación de trenes, y le preparé su aperitivo favorito, la dosa, otra vez desde el sitio donde tire las patatas, arrojándolas sobre las vías. Yo baje al anden y esperé; abajo, en las vías, un ratón mordisqueaba las patatas tiradas.
Conduje de vuelta hasta el bloque de pisos. Yo cogí el ascensor hasta la planta trece. La puerta estaba abierta.
“¡Señor!” le grité, cuando ví lo que estaba haciendo en la sala de estar. “¡Señor, eso es una locura!
El había puesto sus pies en un cubo de plástico y estaba dándose un masaje.
“¡Debería habérmelo dicho, Yo le habría dado el masaje!” grité acercándome hacia sus pies.
“¡No!” el chilló.
Yo le dije- “Si señor, tengo que hacerlo, ¡Estaría fallando en mi deber si le permitiera hacerlo por usted mismo! y metí mis manos en el agua sucia del cubo, y escurrí sus pies.
“¡No!”
El señor Ashok dio una patada al cubo, y el agua se extendió por todo el suelo.
“¿Como podéis llegar a ser tan estúpidos?” El señaló la puerta “¡Fuera! ¿Puedes dejarme solo cinco minutos al día? ¿Crees que seras capaz?





Esa noche tuve que llevarle al centro comercial de nuevo. Yo permanecí dentro del coche después de que el saliera; No me mezcle con los otros chofer.
Incluso por la noche, las obras continuaban en Gurgaon- grandes luces brillaban desde las torres, y el polvo se levantaba desde los hoyos, el andamio estaba siendo levantado, y hombres y animales, con síntomas de cansancio y somnolencia, iban y venían llevando escombros o ladrillos.
Un hombre de esas obras iba dirigiendo un burro, este llevaba unas alforjas de color rojo brillante, en esas alforjas llevaba dos contenedores de metal, cargados hasta los bordes con escombros. Detrás de ese burro, dos mas pequeños, de el mismo color, también cargaban con alforjas llenas de escombros. Los dos burros pequeños andaban mas lentamente, y el grande a veces se paraba y se giraba hacia los otros, de una manera en la que hacia pensar que era su madre.
Al principio yo sabía lo que me estaba preocupando.
No quería obedecer a Kusum. Ella me estaba haciendo chantaje; Yo comprendi porque había enviado la carta a través del Mangosta. Si yo me negaba, ella le contaría al señor Ashok que yo no había estado enviando dinero a casa.
Ahora, hacía mucho tiempo que yo no estaba con nadie, la presión estaba sobre mí. La chica sería tan joven, diecisiete o dieciocho, y tu sabes como son las chicas de esa edad, igual que sandias. Ninguna enfermedad, de cuerpo o mente, tu quedas curado cuando penetras a una virgen. Eso son cosas sabidas por todos. Y después estaba la dote que Kusum sacaría a la familia de la chica. Veinticuatro carat de oro, todo ese dinero fresco en efectivo de el banco. Al menos algo que guardaría. Todo esto eran argumentos a favor del matrimonio.
Pero por otro lado.
Mirándolo, yo era como un burro. Y todo lo que haría, si tuviera hijo, sería enseñarles a ser burros como yo, y llevar escombros de un sitio a otro para el rico.
Puse mis manos en el volante, se enrollaron a este como si estuvieran pegados.
El modo en el que me había apresurado a masajear los pies del señor Ashok, en el momento en el que los ví, ¡incluso aunque el no me lo había pedido! ¿Por qué me sentía como si tuviese el deber de ir hacia esos pies y tocarlos para hacerle sentir bien? ¿Por qué? Porque el deseo de ser un criado había crecido en mi: martilleaba mi cabeza, golpe a golpe, y corría por mi sangre, como los desechos y los residuos tóxicos corrían dentro de la madre Ganga.
Yo tuve una visión de un pie pálido y entumecido que me empujaba a través de un fuego.
“No”, dije.
Yo subí mi pie encima del asiento, y me puse en la postura de meditación, y dije, “Om”, cada vez mas alto. El tiempo que estuve dentro del coche esa noche con los pies cruzados y los ojos cerrados como Buda no lo se, pero las carcajadas y los golpes me hicieron abrir los ojos. Todos los conductores se habían reunido alrededor del coche –uno de ellos estaba rascando el cristal de el coche con sus uñas. Alguno me había visto con la postura de meditación dentro de el coche cerrado. Ellos me miraban como si yo fuera una animal en el zoo.
Dejé la postura de meditación al fin y puse una gran sonrisa –Salí del coche entre una lluvia de golpes silbidos y risotadas, que acepté dócilmente mientras murmuraba, “Solo estaba intentando algo de yoga como el que sale en la tele todo el rato”.
El gallito del gallinero estaba haciendo su trabajo. Los sirvientes tienen que mantener alejados a los otros sirvientes de ser innovadores, inventores o emprendedores.
Sí, es la triste verdad, Señor Ministro.
El gallinero esta guardado desde dentro.
Señor Ministro, perdone un momento, el teléfono esta sonando. Volveré en un minuto.

Alas: Tengo que parar la historia durante un rato. Son solo la 1:32 de la mañana, pero haré un descanso aquí. Algo ha pasado, Señor, es una emergencia. Volveré, confíe en mí.



Pág. 197-202


LA SEXTA MAÑANA (pag. 197-202)
Disculpe me, Su Excelencia, por la larga intromisión. Ahora son las 6:20, de modo que me he ido durante cinco horas. Desgraciadamente, hubo un incidente que amenazó con hacer peligrar la reputación de una empresa con la que trabajo.
Un incidente bastante serio, señor. Un hombre ha perdido la vida en este incidente. (¡No: no me malinterprete. Yo no tuve nada que ver con su muerte! Pero lo explicaré más tarde.)
Ahora, si me disculpa un minuto mientras enciendo el ventilador – Aún sigo sudando, señor – y déjeme sentarme en el suelo y mirar como el ventilador trocea la luz de la lámpara de araña.
El resto de la narrativa de hoy tratará principalmente con el trágico relato de cómo fui corrompido de un dulce e inocente tonto de pueblo a un tipo hecho a la ciudad rebosante de libertinaje, depravación y maldad.

Todos estos cambios me ocurrieron porque primero le ocurrieron al señor Ashok. Él vino de vuelta de América como un hombre inocente, pero la vida en Delhi le corrompió – y una vez que el dueño de la Ciudad Honda se hace corrupto, ¿Cómo puede el conductor continuar siendo inocente?
Bueno, pensaba que conocía al señor Ashok, señor. Pero eso es un atrevimiento por parte de cualquier sirviente.
En el momento que su hermano se marchó, el señor Ashok cambió. Comenzó a llevar camisas negras con el botón de arriba desabrochado y cambió su perfume.
- ¿Al centro comercial, señor?
- Sí.
- ¿A cuál, señor? ¿Al que la señora solía ir?
Pero el señor Ashok no picaba el anzuelo. Él pulsaba los botones de su móvil y solamente decía gruñendo,
- Centro Comercial Sahara, Balram.
- Ese era al que a la señora le gustaba ir, señor.
- No hables constantemente en cada frase de la señora.
Yo me senté fuera del centro comercial y pensé en lo que él haría allí dentro. En la última planta había una luz roja y me pregunté si se trataba de una discoteca. Filas de chicos y chicas jóvenes estaban fuera del centro comercial, esperando a subir a esa luz roja. Temblé de miedo cuando vi lo que estas chicas de ciudad llevaban puesto.
El Sr. Ashok no estuvo mucho tiempo allí. Respiré aliviado cuando le vi salir.
- ¿Volvemos a Buckingham, señor?
- Aún no. Llévame al Hotel Sheraton.
Mientras conducía por la ciudad, me di cuenta de que había algo diferente en Delhi esa noche.
¿No me había dado cuenta nunca de la cantidad de mujeres pintarrajeadas que había en los arcenes de las carreteras? ¿No había visto nunca la cantidad de hombres que paraban sus coches, en mitad de la carretera, para negociar el precio con estas mujeres?
Cerré los ojos y ladee la cabeza de un lado a otro. ¿Qué me pasa esta noche?
Y llegados a este punto, ocurrió algo que aclaró mi confusión – y que también nos avergonzó tanto a mí como al Sr. Ashok. Me había detenido en un semáforo; cuando comenzó a acercarse al coche una chica que llevaba una camiseta ajustada, su pecho botaba de arriba abajo como tres kilos de berenjenas en una bolsa. Miré por el retrovisor – y allí estaba el Sr. Ashok con sus ojos botando también de arriba abajo.

Pensé, ¡Ajá! ¡ Te pillé, tunante!
Sus ojos brillaban, ya que también había visto mis ojos, y estaba pensando exactamente lo mismo que yo: ¡Ajá! ¡Te pillé, tunante!
Nos habíamos pillado el uno al otro.

(¿Nunca se ha dado alguien cuenta de lo embarazoso, Sr. Jiabao- que puede resultar ese pequeño espejo rectangular dentro del coche? ¿Cómo en algunas ocasiones, cuando las miradas del señor y el conductor se cruzan, como cuando los dos se pillan desnudos por la indiscreta puerta de una habitación que se abre?)
Me sonrojé. Afortunadamente, el semáforo se abrió y arranqué.
Juré no volver a mirar por el retrovisor esa noche. Ahora entendí por qué la ciudad me parecía tan diferente – porque se me estaba poniendo dura mientras conducía.
Porque él estaba cachondo. Y dentro de ese coche cerrado, de alguna manera, el señor y el conductor se habían convertido en el mismo cuerpo, esa noche.
Fue un gran alivio conducir el Honda hasta la puerta del Hotel Maurya Sheraton, y terminar ese exquisito viaje.

Bueno, en Delhi hay muchísimos grandes hoteles. En carreteras de circunvalación y tuberías con aguas residuales quizás tenga a un lado Pekín, pero en el lujo y el esplendor, somos nosotros los segundos, con Delhi. Tenemos el Sheraton, el Imperial, el Taj Palace, Taj Mansingh, el Oberoi, el Intercontinental y muchos más. Y, los hoteles de cinco estrellas de Bangalore, me los conozco como la palma de mi mano; me gastado miles de rupias comiendo kebabs de pollo, cordero y ternera en sus restaurantes y recogiendo putas de todas las nacionalidades en sus bares, pero los hoteles de cinco estrellas de Delhi son todo un misterio para mí. He estado en todos, pero nunca he llegado a pasar más allá de la puerta principal. No se nos está permitido hace eso; normalmente en la puerta hay un vigilante gordo con bigote y perilla, que lleva puesto un ridículo turbante rojo de circo y se piensa que es importante porque los turistas norteamericanos se quieren hacer fotos con él. Si ve un chófer cerca del hotel, le mira y le indica con el dedo la salida para que se vaya, como un profesor de colegio.
Ese es el destino de los chóferes. Cualquier otro empleado se piensa que nos puede ordenar y mandar.

Las normas en los hoteles de cinco estrellas sobre dónde debe un chófer aparcar el coche mientras su jefe está dentro son muy estrictas. A veces tienes que estar en el parking de abajo, otras veces en la parte de atrás. A veces en la puerta principal, cerca de los árboles. Y te sientas allí a esperar durante una hora, o dos, o tres, o cuatro, bostezando y haciendo nada, hasta que llega el vigilante de la puerta, el tío con el turbante, y murmura por un micrófono “El chófer fulanito, diríjase a la puerta principal con el coche. Su jefe le está esperando.”
Los chóferes estaban esperando cerca del aparcamiento del hotel, en su rutinaria línea, cotilleando y charlando. Agachados y parloteando como monos.
El chófer que tenía alguna enfermedad en los labios estaba sentado aparte, concentrado en su revista. En la portada de esa semana, había la foto de una mujer tumbada en una cama, con la ropa desabrochada; el amante estaba a su lado, empuñando un cuchillo sobre su cabeza.
ASESINATO SEMANAL
4.50 RUPIAS
BASADO EN HECHOS REALES:
“ÉL QUERÍA LA MUJER DE SU JEFE”
¡AMOR – VIOLACIÓN – VENGANZA!

- ¿Has pensado en lo que te dije, ratón de campo?- Me preguntó, mientras hojeaba una historia.
- ¿Sobre lo de pillarle a tu jefe algo que le guste? ¿Hachís, chicas, o pelotas de golf? ¿Auténticas bolas de golf del Consulado de los Estados Unidos?
- No es de ese tipo.
Sus labios rosas se convirtieron en una sonrisa.
- ¿Quieres que te cuente un secreto? A mi jefe le gustan las actrices. Se las lleva a un hotel en Jangpura, con la señal de una gran T reluciendo, y se las tira allí.
Nombró a tres famosas actrices de Mumbai que su jefe se había “tirado”.
- Y aún así parece un angelito. Solo se esto – y te lo digo, todos los jefes son iguales. Algún día me darás la razón. Ahora vente a leer una historia de estas conmigo.
Leímos en completo silencio. Después de la tercera historia de asesinatos, me aparté, cerca de unos cuantos árboles, para tomarme un descanso de aquello. Él se vino conmigo.
Nuestro meado casi tocó la corteza de un árbol.
- Tengo una pregunta para ti.
- ¿Sobre chicas de ciudad otra vez?
- No. Sobre qué les pasa a los chóferes viejos.
- ¿Eh?
- Me refiero a que ¿qué será de mí dentro de unos cuantos años? ¿Gano lo suficiente como para comprarme una casa y montar mi propio negocio?
- Bueno,- dijo, - un chófer es bueno hasta que tiene cincuenta o cincuenta y cinco. Entonces sus ojos ya no son lo mismo y te dan la patada, ¿verdad? Para eso todavía te faltan treinta años, ratón de campo, ganarás suficiente dinero como para comprarte una casa en algún barrio bajo. Si has sido más listo y has ahorrado un poco más, entonces podrás mandar a tu hijo en un buen colegio. Podrá aprender inglés, ir a la universidad. Eso es en el mejor de los casos. Una casa en un barrio bajo, un chaval en la universidad.
- ¿Mejor de los casos?
- Bueno, por otro lado, puede que enfermes de tifoideas por el agua. Que el jefe te eche sin razón. Que tengas un accidente – hay muchos peores casos.
Aún estaba meando cuando me puso una mano encima.
- Hay algo que te quiero preguntar, ratón de campo. ¿Estás bien?
Le miré de reojo.
- Estoy bien. ¿Por qué lo preguntas?
- Siento decirte esto, pero alguno de los chóferes hablan de ello abiertamente. Te sientas solo en el coche de tu jefe todo el rato, hablando contigo mismo… ¿Sabes qué necesitas? Una mujer. ¿Has visto los barrios detrás de los centros comerciales? No son feas – monas y están buenas. Algunos de nosotros vamos allí una vez a la semana. Tú también te puedes venir.
- CONDUCTOR BALRAM, ¿DÓNDE ESTA?
Era la llamada del micrófono en la entrada principal del hotel.

Pages: 203-208 (included)
El señor Turban estaba al micrófono - hablando con la voz más ostentosa y estricta posible: “CONDUCTOR BALRAM, PRESÉNTESE INMEDIATAMENTE EN LA PUERTA. SIN DEMORA. TU SEÑOR TE NECESITA”.
Subí corriendo, secando mis húmedos dedos en la parte trasera de mis pantalones.
El señor Ashok estaba caminando fuera del hotel con sus manos puestas alrededor de una chica cuando yo llevé el coche hasta la puerta.
Ella tenía los ojos achinados y la piel amarilla. Una extranjera. Una nepalí. Ni siquiera de su raza o clase social. Ella husmeó los asientos - los asientos que yo había abrillantado - y donde les había puesto verde.
El señor Ashok puso sus manos sobre los hombros descubiertos de la chica. Aparté la vista del retrovisor.
Nunca he aprobado el vicio dentro de los coches, señor Jiabao.
Pero podía oler la mezcla de sus perfumes – yo sabía exactamente lo que estaba pasando detrás de mí.
Pensé que él me pediría ahora que le llevara a casa, pero no - el carnaval de diversión comenzó sin parar. Él quería ir al PVR de Saket.
Ahora, el PVR de Saket es un gran cine en el que se muestran diez o doce películas al mismo tiempo y cuesta cerca de 150 rupias por película - sí, así es, ¡150 rupias! Esto no es todo: también puedes conseguir un montón de lugares para beber cerveza, bailar, recoger chicas… Ese tipo de cosas. Un pequeño trozo de América en la India.
Más allá de la última reluciente tienda comienza el segundo PVR.
Cada gran mercado en Delhi es dos mercados en uno – siempre hay uno más pequeño, o el reflejo de una imagen más mugrienta del verdadero mercado, colocado en algún lugar por un callejón.
Este es el mercado para los sirvientes. Crucé hasta el segundo PVR – una línea de apestosos restaurantes, puestos de té y sartenes gigantes donde se tostaba el pan en aceite. Los hombres que trabajaban en los cines y que los barren y limpian vienen aquí para comer. Los mendigos tienen sus casas aquí.
Compré un té y una patata vada y me senté bajo una higuera de bengala para comer.
-Hermano, deme tres rupias-una vieja mujer de apariencia flaca y desgraciada estiró su mano hacia mí.
-No soy de los ricos, madre… Vaya hacia ese lado y pregúnteles.
-Hermano…
-Déjeme comer ¿vale? ¡Déjeme en paz!
Ella se fue. Un afilador de cuchillos llegó y colocó su puesto justo al lado de mi árbol. Sujetando dos cuchillos en su mano, se sentó en su máquina – era una de esas piedras de afilar de pedales – y comenzó a pedalear. Las cenizas comenzaron a zumbar a un par de pulgadas de mí.
-Hermano, ¿tienes que trabajar aquí ? ¿Acaso no ves que un ser humano está intentando comer?
Él paró de pedalear, parpadeó, luego puso de nuevo las hojas sobre las silbantes piedras de afilar como si no hubiera escuchado palabra alguna de lo que dije.
Tiré la patata vada a sus pies:
-¡Cuán estúpida puede ser la gente!
La vieja mendiga cruzó conmigo hacia el otro PVR. Ella ató su sari, respiró hondo y luego comenzó su rutina:
-Hermana, deme solo 3 rupias. No he comido desde esta mañana…
Una gran pila de libros viejos permanece en el centro del mercado, dispuestos en una gran plaza para sostener el fuego sagrado. Un hombre pequeño sentado con las piernas cruzadas en una pila de revistas en el centro de la plaza de libros, como el sacerdote a cargo de este grabado mandala . Los libros me atrajeron hacia ellos como un gran magnetismo, pero tan pronto como él me vio, el hombre sentado encima de las revistas dijo con brusquedad:
-Todos los libros están en inglés.
-¿Y?
-¿Lees en inglés?-ladró.
-¿Lees en inglés?-repliqué.
Ahí. Hasta ahí hemos llegado. Hasta aquel momento su tono al hablar conmigo había sido de sirviente a sirviente; ahora se ha convertido de hombre a hombre. Él paró y me miró de arriba abajo.
-No-dijo él, sonriendo de pronto, como si tuviera aprecio por mis pelotas.
-Entonces, ¿cómo es que vendes los libros sin saber inglés?
-Sé cual es cada libro por la portada-dijo-. Sé que éste es Harry Potter-me lo mostró-. Sé que éste es James Hadley Chase-lo cogió-. Este es Kahlil Gibran – este es Adolf Hitler – Desmond Bagley – La alegría del sexo . Una vez los publicadores cambiaron la portada de Hitler así que se parecía a Harry Potter y la vida fue el infierno durante la semana de después.
-Solo quiero quedarme cerca de los libros. Tuve un libro una vez. Cuando era niño.
-Haz lo que quieras.
Por lo tanto, me coloqué en la gran plaza de libros. Permaneciendo alrededor de los libros, incluso libros en una lengua extranjera, sientes un tipo de electricidad zumbando hacia ti, Su Excelencia. Esto ocurre, del mismo modo que se te levanta cerca de chicas que llevan vaqueros apretados.
Excepto que aquí lo que ocurre es que tu cerebro empieza a zumbar.
Cuatrocientas setenta rupias. En ese sobre marrón bajo mi cama.
Rara suma de dinero - ¿no lo fue? Había un misterio por resolver aquí. Vamos a ver. Quizás ella comenzó dándome cinco mil, y luego, siendo barato, como toda gente rica es - ¿recuerdas cómo el Mangosta me hizo arrodillarme por una moneda de una rupia? – descontó trescientas.
Así no es como piensan los ricos, pedazo de imbécil. ¿No lo has aprendido todavía?
Ella debe haber extraído diez mil al principio. Luego lo dejó a la mitad, y guardó la mitad para ella. Después sacó otras cien rupias, otras cien y otras cien. Así de baratos son.
Así que significa que ellos realmente te deben diez mil. Pero si ella pensó que te debía diez mil, entonces lo que verdaderamente te debía fue… ¿diez veces más?
- No, cien veces más.
El hombre pequeño, dejando el periódico que estaba leyendo, se giró hacia mí desde el interior de su mandala de libros.
-¿Qué dijiste?-gritó.
-Nada.
Gritó de nuevo.
-¡Ey! ¿Qué haces?
Detuve una rueda imaginaria y la giré ciento ochenta grados.
-Ah, debería haberlo sabido. Los conductores son hombres inteligentes, escuchan muchas cosas interesantes ¿no es así?
-Otros conductores podrían hacerlo. Yo me hago el sordo dentro del coche.
-Claro, claro. Dime, tú debes saber inglés, algo de lo que hablen se te debe de haber quedado grabado.
-Ya te lo dije, no escucho. ¿Cómo se me puede haber quedado grabado?
-¿Qué significa esta palabra del periódico? Pri-va-ci-dad
Le conté y sonrió con agradecimiento.
-Acabábamos de empezar con el alfabeto inglés cuando mi familia me sacó del colegio.
Así que él era otro estúpido más. De mi casta.
-¡Ey!-gritó de nuevo-. ¿Quieres leer algo de esto?-sostenía una revista con una mujer americana en la portada, el tipo de revistas que a los chicos ricos les gusta comprar-. Es algo bueno.
Paseé la mirada por la revista. Estaba en lo cierto, era algo bueno.
-¿Por cuánto se vende esta revista?
-Por sesenta rupias. ¿Creerías algo así? Sesenta rupias por una revista usada. ¡Y hay un tío en el mercado Khan que vende revistas de Inglaterra que cuestan quinientas ocho rupias cada una! ¿Creerías algo así?
Alcé la mirada al cielo y silbé.
-Alucinante cuánto dinero tienen-dije, en voz alta, como si estuviera hablando conmigo mismo-. Y aún así nos tratan como animales.
Fue como si hubiera dicho algo que le mostrara porque bajó y alzó su periódico un par de veces; luego llegó hasta el borde del mandala y, en parte escondiendo su cara tras el papel, susurró algo.
Ahuequé una mano alrededor de mi oreja.
-¿Puedes repetir eso?
Él miró a su alrededor y dijo, un poco más alto esta vez:
-No durará para siempre. La situación actual.
-¿Por qué no?-me moví hacia el mandala .
-¿Has escuchado algo sobre los Naxalitas?-susurró sobre los libros-. Tienen pistolas. Tienen una armada entera. Se van haciendo más fuertes día a día.
-¿De verdad?
-Solo lee los periódicos. Los chinos quieren una guerra civil en India, ¿ves? Las bombas chinas van a llegar a Burma, y a Bangladesh y después a Calcuta. Ellos descenderán hacia el sur de Andhra Pradesh y subirán hacia el Darkness. Cuando llegue la hora, toda la India…
Él abrió sus palmas.
Estuvimos hablando sobre ello durante un rato, pero luego nuestra relación terminó siendo una de sirviente a sirviente, como debía ser: con nuestros Señores gritándonos. Una banda de niños ricos quisieron que le mostrara una revista obscena americana, y el Señor Ashok llegó saliendo del bar, tambaleándose, apestando a licor; la chica nepalí estaba con él.
En el camino de vuelta, los dos estaban hablando a voz en grito; y después empezaron con el manoseo y el besuqueo. ¡Dios mío, y él, un hombre que estaba legalmente casado con otra mujer! Estaba tan furioso que conduje derecho pasando cuatro semáforos en rojo, y casi colisionamos contra un carro de bueyes que estaba saliendo de la carretera con una carga de bidones de queroseno, pero ellos nunca se dieron cuenta.
-Buenas noches, Balram-gritó el Señor Ashok mientras salía de la mano de ella.
-¡Buenas noches, Balram!-gritó ella.
Corrieron hacia el interior del apartamento y se turnaron para pulsar el botón de llamada del ascensor.
Cuando llegué a mi habitación, busqué debajo de la cama. Allí estaba, la túnica de Maharajá que él me había dado, además del turbante y las gafas oscuras.
Págs. 215-221
‘’Sí, señor’’.
¿Ha visto alguna vez este truco, Excelencia? Un hombre conduciendo con una sola mano, y llevando una botella de whisky en la otra, echándola por encima del hombro en un vaso e incluso con el coche moviéndose, ¡sin derramar una gota! ¡Son las habilidades que requiere un conductor indio! ¡No sólo debe tener reflejos perfectos, visión nocturna e infinita paciencia, sino que además debe ser un barman consumado!
‘’ ¿Desea algo más, señor?’’
Observé el aspecto del ministro, las gordas y corruptas carnes debajo de su barbilla – entonces miré a la carretera para asegurarme de no chocarme con nada.
‘’Sirve otra para tu jefe’’.
‘’No, no bebo mucho. Estoy bien’’.
‘‘No seas tonto, Ashok. Insisto – compañero, ponle una a tu jefe’’.
Así que tuve que volver y hacer de nuevo el gran truco de una mano en el volante y la otra en la botella de whisky.
El hombre gordo se calló después de la segunda copa. Se secó los labios.
‘’ ¿Cuándo estabas en América debiste tener muchas mujeres, verdad? Quiero decir, las mujeres de allí’’.
‘’No’’.
‘’ ¿No? ¿Qué significa eso?’’
‘’Yo fui fiel a Pinky – mi mujer – todo el tiempo’’.
‘’Querido. Fuiste fiel. Menuda idea. Fielmente casado. No hay duda de que acabó en divorcio. ¿Nunca has tenido a una mujer blanca?’’
‘’Te lo he dicho’’.
‘’ ¡Dios! ¿Por qué siempre viene el tipo equivocado de indio? Escucha, ¿quieres una ahora? ¿Una chica europea?’’.
‘’ ¿Ahora?’’
‘’Ahora’’ dijo. ‘’Una rusa, parece una actriz americana’’. Mencionó un nombre. ‘’ ¿Quieres hacerlo?’’
‘’ ¿Una puta?’’
El hombre gordo sonrió. ‘’Una amiga. Una amiga especial. ¿Quieres hacerlo?’’.
‘’No, gracias. Tengo que ver a alguien. He quedado con alguien a quien conozco desde hace tiempo’’.
El hombre gordo sacó su móvil y marcó algunos números. La luz del teléfono hizo un halo azul en su cara.
‘’Ella está aquí ahora mismo. Vamos a verla. Es un bombón, te lo digo. Es como una actriz americana. ¿Llevas 30000 en el bolsillo?’’
‘’No, escucha. Tengo que ver a alguien. No voy a hacerlo’’.
‘’No hay problema. Pagaré ahora. Tú puedes pagar luego. Tan sólo ponlo en el siguiente sobre que vayas a dar al ministro’’. Puso su mano sobre la mano del señor Ashok y guiñó el ojo, entonces se inclinó y me dio las instrucciones. Miré al señor Ashok por el retrovisor tanto como pude.
¿Una puta? Eso es para gente como yo, señor. ¿Está seguro de que quiere esto?
Ojalá hubiera podido decirle esto abiertamente – pero, ¿quién era yo? Sólo el chófer.
Obedecí las órdenes del hombre gordo. El señor Ashok no dijo nada – tan sólo se sentó allí sorbiendo su whiskey como un niño con su soda. Quizás él pensó que esto era una broma, o quizás estaba demasiado asustado del hombre gordo para decirle que no.
Pero yo defenderé su honor hasta mi lecho de muerte. Ellos le corrompieron.
El hombre gordo me hizo conducir a un lugar en Greater Kailash – otra colonia de casas donde vive la gente de calidad en Delhi. Me guió al lugar tocándome el cuello con su vaso helado cuando tenía que girar. Era un palacio tan grande como pequeño, con grandes columnas blancas de mármol al frente. Sabías que la gente rica vivía allí por la gran cantidad de basura tirada por fuera de las paredes de la casa.
El hombre gordo mantuvo la puerta del coche abierta mientras hablaba por teléfono. Cinco minutos después dio un portazo. Comencé a estornudar. Un perfume extraño había llenado la parte trasera del coche.
‘‘Para esos estornudos y llévanos hacia Jangpura, hijo’’.
‘’Perdone señor’’.
El hombre gordo sonrió. Se giró hacia la chica con la que había montado en el coche y dijo, ‘’Habla a mi amigo Ashok en hindi por favor’’.
Miré por el retrovisor y tuve la primera visión de la chica.
Era verdad, parecía una actriz que había visto en algún sitio. El nombre de la actriz, sin embargo, no lo sabía. Tan sólo cuando volví a Bangalore y dominé el uso del internet – en sólo dos sesiones rápidas, por si le interesa- encontré su foto y su nombre en Google.
Kim Basinger.
Ese era el nombre que el hombre gordo había mencionado. Y era cierto – ¡la chica que vino con el hombre gordo era igualita a Kim Basinger! Era alta y guapa, pero lo más sorprendente de ella era su pelo – dorado y brillante, ¡como en los anuncios de champú!
‘’ ¿Cómo estás Ashok?’’ Me dijo en perfecto hindi. Sacó la mano y cogió la del señor Ashok.
El ayudante del ministro se rió. ‘’Allí. India ha progresado, ¿no? Ella está hablando en hindi’’.
Él dio una palmada en su muslo. ‘’Tu hindi ha mejorado, querida’’.
El señor Ashok se echó para atrás para poder hablar al hombre gordo sobre su hombro. ’’ ¿Es rusa?’
‘’ ¡Pregúntala a ella y no a mí, Ashok. No seas tímido. Ella es una amiga’’. ‘’Ucraniana’’ dijo ella con su acento hindi. ‘’Soy una estudiante ucraniana en la India’’.
Pensé: tendría que recordar este lugar, Ucrania. ¡Y un día tendría que ir allí!
‘’Ashok’’ dijo el hombre gordo. ‘’Vamos, tócala el pelo. Es real. No estés asustado, es una amiga’’. Se rió. ‘’ ¿Ves? No muerde, ¿o sí Ashok? Di algo en hindi para Ashok querida. Él sigue asustado de ti’’.
‘’Eres un hombre guapo’’ dijo. ‘’No te asustes de mí’’.
‘’Conductor’’. El hombre gordo se acercó y me tocó con su vaso helado de nuevo. ‘’ ¿Estamos cerca de Jangpura?’’.
‘’Sí, señor’’.
‘’Cuando bajes la carretera Masjid verás un hotel con una gran T de neón. Llévanos allí’’.
Les llevé allí en 10 minutos – el hotel no tenía pérdida, la gran T sobre él se iluminaba como una linterna en la oscuridad.
Llevando consigo a la mujer rubia, el hombre gordo subió a la recepción del hotel, donde el director le saludó afectuosamente. El señor Ashok caminaba detrás de ellos mirando de lado a lado, como un niño culpable que va a hacer algo muy malo.
Pasó una hora y media. Yo estaba fuera, con las manos en el volante todo el tiempo. Golpeé al pequeño ogro. Comencé a morder el volante.
Tenía esperanzas de que volviera agotado, con los brazos desfallecidos y gritando, Balram ¡he estado a punto de cometer un error! Sálvame – ¡vayámonos de una vez!
Una hora más tarde el señor Ashok salió del hotel – solo, y parecía enfermo.
‘’La reunión se ha acabado Balram’’ dijo, dejando su cabeza caer en el asiento. ‘’Vámonos a casa’’.
No arranqué el coche por un segundo. Mantenía el dedo en las llaves de contacto.
‘’Balram, ¡he dicho que nos vayamos a casa!’’
‘’Sí señor’’.
Cuando volvimos a Gurgaon se quedó pasmado al lado del ascensor. No se bajó del coche. Dejé que pasaran cinco minutos y entonces conduje hacia Jagpura, directo al hotel con la T.
Aparqué en una esquina y miré la puerta del hotel. Quería que ella saliera.
El conductor de una calesa condujo cerca de mí, un hombre bajito, sin afeitar, como un palillo, que parecía muerto de cansancio cuando limpiaba su cara y sus piernas con un trapo, y se ponía a dormir en el suelo. En el asiento de su calesa estaba la pegatina de un anuncio:


¿EL EXCESO DE PESO ES UN PROBLEMA PARA USTED?
LLAME A JIMMY SINGH AL GIMNASIO DEL METRO: 9811799289

La mascota del gimnasio – un americano con enormes músculos blancos – me sonreía por encima del slogan. El ronquido del conductor de la calesa llenaba el aire.
Alguien en el hotel debería haberme visto. Después de un rato la puerta se abrió: salió un policía, me miró detenidamente y empezó a bajar las escaleras.
Giré la llave y traje el coche de vuelta a Gurgaon.
Ahora, he conducido por Bangalore también de noche, pero nunca he tenido aquí ese sentimiento que tuve en Delhi – el sentimiento como si algo se quemara dentro de mí mientras conducía, la ciudad sabrá de esto – ella arderá con lo mismo.
Mi corazón estaba más amargo aquella noche. La ciudad lo sabía – y bajo el tenue brillo naranja lanzado por las débiles farolas, estaba más amarga.
Háblame de la Guerra Civil, le dije a Delhi.
Lo haré , me dijo.
Hay una maceta de flores tirada sobre una isleta de tráfico; al lado estaban sentados tres hombres boquiabiertos. Un hombre viejo con barba y un turbante blanco les habla con un dedo levantado. Los coches conducen hacia él con sus luminosas luces, y el sonido no deja oír sus palabras. Parece un profeta en mitad de la ciudad, ignorado excepto por sus apóstoles. Ellos se convertirán en sus tres capitanes. Esa maceta de flores tirada es un símbolo de algún tipo.
Háblame de la sangre en las calles , le dije a Delhi.
Lo haré , dijo.
Vi a otros hombres debatiendo, charlando y leyendo de noche, solos o en grupos alrededor de las farolas. Por las tenues luces de Delhi vi a cientos esa noche, bajo árboles, en ermitas, intersecciones, asientos, echándole un vistazo a un periódico, una biblia, una revista o panfletos del Partido Comunista. ¿Sobre qué leían? ¿De qué hablaban?
¿Pero sobre qué más?
Sobre el fin del mundo.
¿ Y si hay sangre en estas calles – le pregunté a la ciudad- prometes que el primero que se marche sea ese hombre con pedazos de grasa bajo el cuello ?
Un mendigo sentado al lado de la carretera, casi desnudo cubierto de suciedad, y con indomable pelo en tirabuzones como serpientes, me miró a los ojos:
Lo prometo .
Había trozos de cristales de colores apilados en la esquina de la pared de las Torres B Block de Buckingham – para alejar a los ladrones. Cuando las luces se encendieran, el trozo brillaría, y la pared se convertiría en un monstruo tecni-coloreado de efecto cristal.
El portero me miró mientras conducía. Vi notas de rupias brillando en sus ojos.
Era la segunda vez que me había visto ir y volver solo.
En el aparcamiento del coche, me quité del asiento del conductor y cerré cuidadosamente la puerta. Abrí la puerta del copiloto, y me metí, y pasé mi mano por el cuero. Pasé mis manos de lado a lado por los asientos de cuero otras tres veces, y entonces encontré lo que estaba buscando:
Lo puse a la luz.
¡Un pelo rubio!
Lo tengo todavía en mi escritorio.


Pages:229-233

Cuanta más experiencia y seguridad ganaba y estaba más preparado para hacer cosas peligrosas, usaba el coche de su jefe como taxi.
El trecho de calle que va de Gurgeon a Delhi es magnífico para ello,muchos Romeos van a ver a sus novias que trabajan en las centralitas.
Una vez que el empresario está seguro de que su jefe no va a darse cuenta de la ausencia del coche y de que los amigos de su jefe probablemente no estarán en la calle en ese momento… pasa su tiempo libre conduciendo a gran velocidad,recogiendo y llevando a los clientes.

Por la noche coloco la mosquitera,con la luz de mi habitación veo a los insectos oscuros avanzar lentamente por encima de la red,sus antenas estremeciéndose y temblando como si fueran trocitos de mis nervios:me coloco en la cama,demasiado nervioso incluso para atraparlos y aplastarlos.Una cucaracha volaba y aterrizó al lado derecho de mi cabeza.
Deberías haberles pedido dinero cuando te hicieron firmar eso.Suficiente dinero como para dormir con veinte chicas blancas y delgadas.Se fue volando.Otra aterrizó en el mismo sitio.
¿Veinte?
Cien.Doscientas.Trescientas,mil,diez mil putas de oro.E incluso no debería haber sido suficiente.Eso no empezaría siendo suficiente.
En las siguientes dos semanas hice cosas que todavía me avergüenza admitir.Estafé a mi jefe.Le dejé sin gasolina,llevé el coche a un mecánico a quién le pagué por trabajo que no era necesario;y recogí aun cliente tres veces volviendo de Buckingham B.
Lo más extraño fue que cada vez que miraba el dinero,me daba cuenta de que le había estafado y no sentía ninguna culpa,¿qué era lo que sentía?
Rabia.
Cuanto más le robaba,más me daba cuenta de cuánto me había robado él a mí.
Volviendo a la analogía que usaba cuando te describía a los políticos indios anteriormente,al final estaba echando barriga.
Un domingo por la tarde,cuando el señor Ashok me había dicho que no me necesitaría ese dia,me eché dos vasos grandes de whisky con valentía,luego fuí al dormitorio de los empleados. Labios de Vitilingo estaba sentado debajo de un poster de una actriz-cada vez que su jefe se fijaba en una actriz,colgaba su poster en la entrada-mientras jugaba a las cartas con los otros conductores.
“Bueno,puedes decir lo que quieras,pero sé que esos estafadores no van a ganar las elecciones otra vez.”
Él me comtemplaba y miraba.
“Mira quién está aquí”."Es el gurú del yoga,que nos está complaciendo con una extraña visita.Bienvenido honorable señor”.
Me enseñaron los dientes.Yo les enseñé los míos.
“Estamos aquí debatiendo sobre las elecciones,Rata de Campo”.
¿Sabes?,no parece que haya nada turbio.Las elecciones no están amañadas.¿Vas a votar esta vez?
Le apunté con el dedo.
Movió su cabeza ”más tarde Rata de Campo,me divertiré mucho debatiendo sobre las elecciones.
Alzé el sello marrón al aire.Él volvió a poner las cartas sobre la mesa.
Insistí en andar hasta el parking;él contó el dinero allí,en la penumbra de la ciudad.
“Bien,Rata de Campo.Está todo aquí.¿Y dónde está tu jefe?¿Le traerás aquí?
“Yo soy mi propio jefe”.
No lo cogí hasta después de pasado un minuto.Entonces se le abrío la boca de sorpresa y de repente…él me abrazó.”¡Rata de Campo!”Me abrazó otra vez.”¡Mi hombre!”.
Él también pertenecía al mundo de los estafadores-y te sientes orgulloso cuando uno de los de tu clase muestra alguna ambición en la vida.
Me llevó a Qualis-al Qualis de su jefe-al hotel,de camino me explicó que hacía de taxista cuando su jefe no estaba.
Este hotel estaba en la extensión sur,en la parte dos-una de las mejores zonas de compras de Deli.Vitilingo-Lips cerró su Qualis,sonrió de forma tranquilizante y fue conmigo a recepción.Un hombre con camisa blanca y corbata negra estaba señalando con el dedo las entradas al hotel en el Registro;quitándo el dedo del libro,me miró mientras Vitilingo-Lips le decía algo al oído.
El encargado movió la cabeza.”¿Una mujer rubia …para él?”
Puso las manos sobre el mostrador,inclinándose lo bastante para mirarme de arriba a abajo.
“¿Para él?”
Labios de Vitíligo sonrió.Mire,los ricos de Delhi han tenido todas las mujeres rubias que han querido,¿quién sabe lo siguiente que querrán?Mujeres con el pelo verde de la luna.Ahora será la clase trabajadora quien haga cola por las mujeres blancas.Su amigo es el futuro de nuestro negocio,te lo digo…”Confia en él”.
El encargado pareció desconcertado por un momento;después cerró de golpe el registroy me señaló con la mano abierta que le diera 500 rupias extra.Y me sonrió.
“Un recargo para la clase trabajadora”.
“¡No lo tengo!”
“¡Dame 500 u olvídalo!”
Saqué las últimas 300 rupias que me quedaban.Cogió el dinero,se ajustó la corbata,y entonces se fue hacia las escaleras.Vitilingo-Lips me dío una palmadita en el hombro y dijo,”Buena suerte,Rata de Campo…”¡hazlo todo por nosotros!”
Corrí hacia las escaleras.
Habitación 114A.El encargado se encontraba escuchando tras la puerta.Susurró “¿Anastasia?”
Él llamó a la puerta,luego puso el oído tras ella de nuevo y dijo,”¿Anastasia?,”¿estás ahí?”
Presionó la puerta.Había muy poca luz,una ventana,una cama verde…y una chica con el pelo rubio sentada en la cama.
Suspiré porque ésta no se parecía nada a Kim Basinger.Ni la mitad de bonita.Eso fue lo que me chocó…de una forma como nunca antes…cómo los ricos consiguen siempre las mejores cosas en la vida,y todo lo que nosotros conseguimos son sus sobras.
El encargado puso sus manos sobre mi cara,las abrió y las cerró,y luego lo hizo otra vez.
Veinte minutos.
Entonces hizo un gesto cerrando el puño…seguido de un gesto aplastante con su bota negra.
“¿Lo coges?”
Eso es lo que me ocurriría pasados veinte minutos.
“Sí”.
Cerró de golpe la puerta.La mujer rubia todavía no me había mirado.

234-237

Había reunido fuerzas para sentarme a su lado cuando llamaron a la puerta.
" Cuando oigas esto - ¡se acabó! ¿lo coges?" -Dijo el gerente.
"¡De acuerdo!"
Me acerqué a la mujer, que estaba en la cama, ella permaneció pasiva. Toqué un rizo de su pelo y lo estiré con cuidado para que girase su cara hacia la mía. Parecía cansada, desgastada, y tenía moretones alrededor de los ojos, como si alguien la hubiera golpeado. Me regaló una amplia sonrisa - Yo lo sabía bien: era la sonrisa que un sirviente le da a su señor.
"¿Cómo te llamas?" - Me preguntó en Hindi.
¡Otra igual! Deben tener un colegio femenino de lengua Hindí aquí en Ucrania.
"Munna".
Sonrió. "No es un nombre real, sólo significa "chico" ".
"Cierto, pero es mi nombre" -Dije. "Es el único nombre que me puso mi familia."
Se empezó a reir. Mi corazón latía como caballo desbocado. Su perfume fue directo a mi cerebro. ¿Sabes? Cuando era joven me pusieron un nombre que en mi idioma sólo significaba "chica". ¡Mi familia me hizo lo mismo!
"¡Vaya!" - Dije, doblando mis piernas sobre la cama. Hablamos. Me dijo que odiaba los mosquitos del hotel y al gerente, y asentí. Hablamos así durante un rato, y luego dijo "No estás mal... y eres bastante dulce" y después pasó su dedo por mi pelo.
En ese momento, salté de la cama. Dije, "¿por qué estás aquí, hermana? Si quieres abandonar este hotel, ¿por qué no lo haces? No te preocupes por el gerente. ¡Estoy aquí para protegerte! ¡Soy tu hermano, Balram Halwai!"
Por supuesto esto lo dije en la película Hindi que harán sobre mi vida. "¡Setecientas dulces rupias por veinte minutos! ¡Es hora de empezar!" - Eso fue lo que en realidad dije.

Me abalancé sobre ella y sostuve sus brazos por detrás de su cabeza con una mano. Era hora de lanzarme. Pasé la otra mano por sus rizos dorados.
Y después grité. No podría haber gritado más fuerte aunque me hubieran enseñado un lagarto.
"¿Qué ha pasado, Munna?" - preguntó.
Salté de la cama y la golpeé.
Los extranjeros pueden gritar cuando quieran. Inmediatamente, como si el gerente hubiera estado allí todo el tiempo con la oreja en la puerta, abrió ésta y entró.
"Esto" - le grité, agarrando a la chica por el pelo- "no es rubio de verdad".
¡Las raíces eran negras! ¡Era todo tinte!
El hombre se encogió de hombros. "¿Qué esperas por setecientas? Lo verdadero cuesta 40, 50."
Me tiré a él, le agarré de la barbilla y se la golpeé contra la puerta. "¡Quiero mi dinero de vuelta!"
La mujer lanzó un grito. Me di la vuelta. Ese fue el error que había cometido: Debí haber terminado con el gerente en aquel lugar y en aquel momento.
Diez minutos más tarde, con la cara rasguñada y magullada, llegué cayéndome hacia la puerta de entrada. Se cerró detrás de mí.
El hombre de los labios rosas no había esperado. Tuve que coger un autobús de vuelta a casa; me frotaba la cabeza todo el tiempo. ¡Setecientas rupias! Tenía ganas de llorar. ¿Sabes cuántos búfalos podría haber comprado con ese dinero? Pude sentir los dedos de Granny retorciendo mis orejas.
De vuelta a Buckingham Towers por fin - después de un atasco de hora y media en la carretera - lavé la herida de mi cabeza en el fregadero común. Al diablo con todo - me rasqué la entrepierna. Lo necesitaba. Me senté en mi habitación con los hombros caídos, di una patada a la puerta y me congelé de frío.
Había alguien dentro de la red anti-mosquitos. Vi una silueta. "No te preocupes, Balram, sé lo que estuviste haciendo." La voz de un hombre. Bueno, al menos no era Granny - ese fue mi primer pensamiento.
El señor Ashok apartó una esquina de la red y me miró con una sonrisa astuta. "Sé exactamente lo que estuviste haciendo."
"¿Señor?"
"Te estuve llamando y no respondías, así que bajé para ver. Pero sé exactamente lo que estabas haciendo... ese otro conductor, el hombre de los labios rosas, me lo dijo."
Mi corazón palpitó. Miré hacia el suelo.
"Dijo que estabas en la parroquia, ofreciendo plegarias por mi salud."
"Sí, señor" - dije, con sudor cayendo de mi frente en calma - "eso es".
"Ven dentro de la red" -dijo suavemente. Entré y me senté cerca de él. Miraba a las cucarachas que andaban encima de nosotros.
"Vives en tal agujero, Balram... Nunca lo supe. Lo siento."
"Está bien, señor. Estoy acostumbado."
"Te voy a dar algo de dinero, Balram. Mañana te buscas un alojamiento mejor, ¿vale?" Cogió mi mano. "¿Qué son esas marcas que tienes sobre la palma? ¿Te has estado pellizcando?"
"No, señor... es una enfermedad de la piel. También lo tengo aquí, detrás de mi oreja, ¿ve todas esas manchas rosas?"
Se acercó impregnando mis fosas nasales de su perfume. Doblando cuidadosamente mi oreja con un dedo, miró. "Nunca me había dado cuenta. Me siento detrás de ti todos los días, y nunca."
"Mucha gente padece esta enfermedad, señor. Mucha gente pobre."
"De verdad. Nunca me había dado cuenta. ¿Se puede tratar?"
"No, señor. Las enfermedades de los pobres nunca se pueden tratar. Mi padre tenía tuberculosis y le mató."
"Estamos en el Siglo XXI, Balram. Cualquier cosa se puede tratar. Ve al hospital para que te lo traten. Envíame la factura, yo la pagaré."
"Gracias, señor" - Dije. ¿Señor... quiere que le lleve a algún sitio?

pag.238- 241

Él abrió la boca y después la cerró sin hacer ningún ruido. Lo hizo varias veces y dijo: “ Mi estilo de vida no es el correcto, Balram. Lo sé, pero no tengo la valentía de cambiarla. Simplemente no tengo pelotas ”.
“ No piense demasiado en eso, señor; subamos arriba, se lo suplico. Éste no es lugar para un hombre de su categoría ”.
“ Permito que la gente me explote, Balram. Nunca en toda mi vida he hecho lo que he querido. Yo...”
Agachó su cabeza; su cuerpo parecía cansado y desgastado.
“Debería comer algo, señor,” dije. “ Parece cansado ”.
Él sonrió- con una gran sonrisa sincera.
“ Siempre estás pensando en mí, Balram. Sí, quiero comer, pero no quiero ir a otro hotel, Balram. Estoy harto de los hoteles; llévame a los sitios donde tú vas a comer, Balram ”.
“ ¿Señor? ”
“ Estoy harto de la comida que tomo, Balram; estoy harto de la vida que llevo. Las personas ricas hemos perdido nuestro camino, Balram. Quiero ser una persona normal como tú, Balram ”.
“ Si, señor ”
Salimos fuera y le llevé a una tienda de té.
“ Pide para nosotros, Balram. Pide comida normal “.
Pedí okra, coliflor, rábano, espinacas, y dhal.
Suficiente para alimentar a una familia entera, o a un hombre rico.
Comió, eructó y comió más.
“ Esta comida es fantástica. ¡ Y sólo por 25 rupias!
¡La gente normal se alimenta muy bien!”
Cuando terminó, le pedí un lassi, y cuando probó el primer sorbo, sonrió. “ Me gusta comer tu tipo de comida ”.
Sonreí y pensé, a mi también me gusta comer tu tipo de comida.


“ Los papeles del divorcio llegarán pronto, eso es lo que dijo el abogado ”.
“Bien”
“¿Deberíamos empezar a buscar ya?”
“¿Otro abogado?”
“No, otra chica”.
“ Es demasiado pronto, Mukesh, sólo han pasado tres meses desde que ella se fue”.
Había llevado al Sr. Ashok a la estación de tren. El Mangosta había venido a la ciudad otra vez, desde Dhanbad. Ahora llevaba a los dos de vuelta al apartamento.
“Vale. Tómate tu tiempo, pero debes volver a casarte. Si permaneces soltero la gente no te respetará; no nos respetarán. Así funciona nuestra sociedad. Hazme caso, la última vez no me lo hiciste, cuando te casaste con una chica de otra clase, otra religión; incluso rechazaste tomar los dotes de sus padres. Esta vez, escogeremos a la chica “.
No oí nada. Podría decir que el señor Ashok estaba apretando los dientes.
“ Veo que te estás exaltando”, dijo el Mangosta.
“ Hablemos de ello más tarde. Por ahora, coge esto”. Le dio a su hermano una mochila roja que él había traído consigo desde Dhanbad.
El Sr. Ashok abrió la mochila y miró detenidamente en el interior e inmediatamente el Mangosta cerró violentamente la mochila.
“¿Estás loco? No la abras aquí en el coche; es para Mukeshan, el hombre gordo, el asistente. Tú le conoces, ¿o no?”
“ Sí, le conozco”. El Sr. Ashok se encogió de hombros.
“ ¿No les hemos pagado ya la deuda a esos bastardos?”
El Ministro quiere más, es época de elecciones. En todo momento hay elecciones, nosotros distribuimos dinero; normalmente para ambos bandos, pero esta vez el gobierno seguramente gane. La oposición es un completo desastre, así que sólo tenemos que pagarles las deudas al gobierno, que es beneficioso para nosotros. Vendré contigo la primera vez, pero hay mucho dinero, y quizás tengas que venir una segunda o tercera vez también; y entonces habrá una pareja de burócratas a los que tendremos que engrasar, ¿Lo coges?”
Parece que esto es lo que consigo hacer en Delhi: sacar dinero de los bancos y sobornar a la gente. ¿Es esto para lo que volví a la India?
‘ No seas sarcástico y recuerda, pregunta por la mochila todo el tiempo; es buena, hecha en Italia. No necesitas darle un regalo adicional, ¿entiendes? Oh, infiernos. No, otro jodido atasco.’
‘Balram, pon Sting otra vez; es la mejor música para un atasco.’
‘ ¿Este conductor sabe quién es Sting?’
‘ Sí, sabe que es mi CD favorito. Enséñanos su Cd, Balram.- ¡mira, mira, sabe quién es Sting!
Lo voy a poner.
Han pasado 10 minutos y ningún coche se ha movido ni un centímetro. Cambié Sting por Enya, luego Enya por Eminem. Los vendedores venían al coche con cestas de naranjas, fresas en cajas de plástico, periódicos, o novelas en inglés. Los mendigos también iban al ataque; un mendigo llevaba a otro en sus hombros, e iban de coche en coche; el chico, llevado a hombros, no tenía piernas por debajo de las rodillas. Fueron juntos de coche en coche; el chico sin piernas gimiendo y el otro chico tocando y arañando las ventanas de los coches.
Sin pensarlo mucho, casqué el huevo.
Bajando la ventanilla, saqué una limosna; el chico con las piernas deformes la cojió y me saludó, subí la ventanilla y sellé el huevo de nuevo.
La conversación paró en los asientos de atrás.
‘¿Quién demonios te dijo que hicieras eso?’
‘Lo siento, señor’, dije.
‘¿Por qué demonios le diste una limosna al mendigo? ¡Qué cara! Apaga la música.
Realmente, ellos me la dieron esa tarde; hablaban normalmente en una mezcla de inglés e hindú y empezaron a hablar en un hindú casto, afortunadamente para mí.
"¿No damos dinero cada vez que vamos al templo?", dijo el mayor de los gamberros. "Donamos todos los años al instituto del cáncer, compro esa tarjeta que los niños van vendiendo".
"El otro día hablaba con nuestro contable y decía: "Señor, no tienes dinero en el banco, se ha gastado todo”. ¿Sabes lo altas que son las tasas de este país?", dijo el pequeño de los gamberros. "Si damos el dinero, ¿qué vamos a comer?".


pp. 242
Fue entonces cuando descubrí que, entre ellos dos, no había diferencia alguna. Ambos eran el vivo reflejo de su padre.
Durante el resto del viaje a casa, el Mangosta no perdió de vista el retrovisor. Parecía haberse olido algo raro.
Cuando llegamos a Buckingham B, dijo: “sube, Balram”.
“Si, señor”.
Subimos, arrimados uno al otro, en el ascensor. Al abrir la puerta del apartamento, señaló al suelo: “ponte cómodo”.
Me agaché bajo la foto de “Cuddles y Puddles”, con las manos entre las rodillas. Se sentó en una silla, apoyó la cara en la palma de la mano y me miró.
Tenía el ceño fruncido. Pude ver cómo, en su mente, un pensamiento iba tomando forma.
Se levantó de la silla, caminó hasta donde estaba yo agachado e hincó una rodilla en el suelo. Husmeó el aire.
“Te huele el aliento a anís”.
“Sí, señor”.
“La gente mastica eso para disimular el olor a licor de su aliento. ¿Has estado bebiendo?”
“No, señor. Los de mi raza… somos abstemios”.
No dejaba de husmear, acercándose cada vez más.
Inspiré profundamente. Contuve el aire en la boca del estómago; y, acto seguido, lo expulsé en forma de eructo, directo a su cara.
“Qué asco, Balram” — dijo, con gesto horrorizado. Se incorporó y retrocedió un par de pasos.
“Lo siento, señor”.
“¡Lárgate!”
Salí sudando.
Al día siguiente les llevé a él y al Sr. Ashok a casa de algún ministro o burócrata en Nueva Delhi; salieron con la bolsa roja. Luego les conduje hasta un hotel en el que almorzaron —di instrucciones al personal: nada de patatas en la comida
, y llevé al Mangosta a la estación de tren.
Soporté sus habituales amenazas y advertencias —nada de aire acondicionado, ni música; nada de malgastar gasolina, bla, bla, bla. Me quedé en el andén, inmóvil, contemplándole mientras se comía su tentempié. Cuando el tren salió, me puse a bailar y a dar palmas por el andén. Dos vagabundos pequeños me miraron, se rieron y se pusieron también a dar palmas. Uno de ellos comenzó a cantar una canción del último estreno de cine hindú y bailamos en el andén todos juntos.
A la mañana siguiente, estábamos el señor Ashok y yo en el apartamento; él manipulaba la bolsa roja y se preparaba para salir cuando el teléfono empezó a sonar.
Dije: “Ya le bajo la bolsa, señor, y le espero en el coche”.
Vaciló. Acto seguido, me acercó la bolsa. “En un minuto te alcanzo”.
Cerré la puerta del apartamento. Caminé hasta el ascensor, apreté el botón y esperé. La bolsa pesaba y tuve que cambiármela de posición.
El ascensor había llegado a la cuarta planta.
Me giré y alcé la vista hasta el balcón de la planta trece. Incluso a plena luz del día brillaban las luces de los centros comerciales Gurgaon. La semana anterior habían inaugurado un nuevo centro comercial y ya había otro en construcción. La ciudad estaba creciendo.
El ascensor subía rápidamente. Estaba a punto de llegar a la onceava planta.
Me di la vuelta y eché a correr.
De una patada, me colé por la salida de incendios; bajé corriendo dos rellanos oscuros de la escalera y abrí el cierre de la bolsa roja.
De repente, toda la escalera se inundó de una luz deslumbrante, de esa que sólo puede emanar del dinero.
Cuando, veinticinco minutos más tarde, el señor Ashok bajó aporreando los botones de su móvil, la bolsa roja le esperaba en su asiento. Mientras él mismo cerraba la puerta, le mostré un disco, plateado y brillante.
“¿Le pongo a Sting, señor?
Durante el trayecto intenté, por todos los medios, no mirar hacia la bolsa roja; pero era una tortura, como en aquella época en la que la señora Pinky se ponía minifalda.
En un semáforo en rojo, miré por el retrovisor. Vi mi espeso bigote y mi mandíbula. Toqueteé el espejo, cambié el ángulo de la imagen y entonces vi unas cejas largas y hermosas curvándose a ambos lados de una frente fruncida, de poderosos músculos. Unos ojos oscuros brillaban por debajo de los músculos en tensión: Los ojos de un gato vigilando a su presa.

Venga, Balram, mira la bolsa roja; eso no es robar, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
Y, Balram: incluso si fueses a robarla, no sería robar.
¿Cómo es eso? Miré a la criatura del espejo.
Verás: La pasta con que el señor Ashok unta a todos esos políticos en Delhi le libra de pagar los impuestos a los que está obligado. ¿Y de quién son esos impuestos, al fin y al cabo? De quién, sino de la gente normal y corriente de este país: ¡Tú!
“¿Qué pasa, Balram? ¿decías algo?”
Golpeé ligeramente el espejo con el dedo. Reapareció mi bigote y desaparecieron los ojos y de nuevo era sólo mi propia cara, mirándome fijamente.
“Sólo murmuraba, señor. Este tipo que tengo delante conduce sin ninguna precaución.”
“Mantén la calma, Balram. Eres un buen conductor, no te dejes influir por los que no lo son”.
La ciudad conocía mi secreto. Una mañana, la casa del presidente quedó cubierta por la niebla y oculta a la vista desde la carretera. Parecía como si en Delhi no hubiese gobierno y la densa polución que escondía al primer ministro y a todos los ministros y burócratas me dijo:
No verán nada de lo que hagas. Yo me aseguraré de ello.
Dejé atrás el muro rojo del Parlamento. Un guarda con pistola me vigilaba desde una de las garitas del muro. En cuanto me vio, bajó la pistola.
¿Por qué tendría que detenerte? Si yo tuviera ocasión, haría lo mismo.
Esa noche, una mujer pasó caminando con una bolsa de celofán. La luz de mis faros brilló en el interior de la bolsa y el celofán se volvió transparente. Pude ver, al trasluz, cuatro enormes y oscuras piezas de fruta y cada una de ellas decía: Ya lo has hecho. En lo más profundo de tu corazón, ya la has cogido. En cuanto las luces pasaron de largo, volvió la apariencia opaca del celofán y se evaporaron las cuatro piezas de fruta.
Incluso el asfalto, el asfalto brillante y liso de Delhi, que es el mejor de toda la India, conocía mi secreto.
Otro de esos días, parado en una señal de tráfico, el conductor del coche que había a mi lado bajó la ventanilla y escupió. Había estado masticando paan y un espeso charco de saliva se desparramó en el ardiente asfalto del mediodía, esparciéndose y borboteando como si tuviese vida propia. Al cabo de un segundo volvió a escupir y entonces eran ya dos charcos en la carretera. Cuando miré, esos dos montones de saliva roja desparramada…

…el charco de saliva de la izquierda, pero el charco de saliva de la derecha parecía decir:



Tu padre quería que fueses
un hombre honrado

Tu padre quería que fueses
Un hombre

El señor Ashok no te escupe ni te pega,
como le hacían a tu padre.

El señor Ashok te hizo responsable cuando su mujer atropelló y mató a aquel niño en la carretera.
El señor Ashok te paga bien, 4000 rupias al mes, y te ha estado subiendo el sueldo sin siquiera pedirlo.
Menuda miseria; vives en la ciudad, ¿cuánto ahorras? Nada.
Recuerda lo que el Búfalo le hizo a la familia de sus siervos. El señor Ashok le pedirá a su padre que haga lo mismo con tu familia en cuanto salgas huyendo.
Sólo de pensar que el señor Ashok amenace a tu familia, te hierve la sangre.

Aparté la vista de los charcos de saliva roja. Eché un vistazo a la bolsa roja, apoyada como si fuese el corazón del Honda City a la vista, en el centro de mi espejo retrovisor.
Aquel día dejé al señor Ashok en el Hotel Imperial. “Vuelvo en veinte minutos, Balram”, dijo.
En lugar de aparcar el coche, conduje hasta la estación de tren que hay en Pahar Ganj, no muy lejos del hotel.
Había gente tirada en el suelo de la estación y perros husmeando en la basura. El aire estaba enmohecido. De modo que es así como será, pensé.
En la parte de arriba había una pizarra con los destinos de cada tren:
Benaras
Jammu
Amritsar
Mumbai
Ranchi
¿A dónde iría yo, si llegase aquí con una bolsa roja en la mano?
Un parpadeo de ruedas girando y luces destellando en la oscuridad pareció responder a mi pregunta.
Si va usted a cualquier estación de tren de la India verá, mientras espera al tren, una fila de máquinas de aspecto estrafalario con bombillas rojas, ruedas caleidoscópicas y círculos amarillos que se arremolinan. Son las máquinas de su fortuna y su peso por una rupia que hay en todos los andenes del país.
Así es como funcionan: Uno deja las bolsas a un lado, se sube a la plataforma y echa una moneda de una rupia en la ranura.
Y entonces la máquina cobra vida: En su interior, las palancas se empiezan a mover, el engranaje chirría —clink, clank, clunk— y las luces brillan como locas. A continuación se oye un ruido y un ticket...




Pages 248-252

...de cartón pequeño, tieso y de color verde o marrón sale de la máquina. Las luces se apagan y el sonido cesa. En el ticket aparecen escritos tu fortuna y tu peso en kilogramos.

Sólo dos tipos de personas usan estas máquinas: los hijos de los ricos y los adultos hechos y derechos de las clases más bajas, que siguen siendo niños durante toda su vida.


Permanecí de pie, ensimismado ante las máquinas, como si estuviera insconsciente. Seis máquinas resplandecientes brillaban delante de mí: bombillas de color verde y amarillo y caleidoscopios de color dorado y negro daban vueltas y más vueltas.

Me subí a una de las máquinas y sacrifiqué una rupia; la máquina se tragó la moneda, hizo ruido y expendió un ticket.

BÁSCULAS LUNNA CO. NUEVA DELHI 110 055 SU PESO 59 “El respeto a la ley es el primer mandamiento de los dioses.”

Dejé caer la nota de la fortuna al suelo y me reí. Incluso ahí, en la báscula de una estación de tren, tratan de engatusarnos.

Ahí, en el umbral de la libertad de un hombre, justo antes de que se suba en un tren hacia una nueva vida, estas máquinas destellantes de la fortuna son la última campana de alarma de la Celda de los Gallos.

¡Las sirenas de la Celda sonaban, sus luces parpadeaban y giraban! ¡Un gallo se estaba escapando de la Celda! Apareció una mano, me cogió del cuello y me metió a empujones en el gallinero.

Cogí el ticket y volví a leerlo.

Mi corazón empezó a sudar. Me senté en el suelo. Piensa, Balram. Piensa en lo que el Búfalo le hizo a la familia de su sirviente .

Oí un revoloteo sobre mí. Unas palomas estaban posadas sobre las vigas del techo a lo largo de toda la estación; dos de ellas saltaron de una de las vigas y comenzaron a revolotear lentamente justo sobre mi cabeza. Entonces ví que cada una tenía dos juegos de garras rojas recogidos en su pecho.

No muy lejos de mí, ví a una mujer tendida en el suelo que tenía unos pechos voluminosos dentro de una blusa ajustada. Estaba roncando. Pude ver un billete de una rupia metido en su escote; sus caracteres y su color eran visibles a través del tejido de su blusa verde vivo. No llevaba equipaje, eso era lo único que tenía en el mundo: una rupia. Y entonces la miré mientras ella roncaba tranquilamente, sin preocuparse del resto del mundo.

¿Por qué no podían ser las cosas tan fáciles para mí?

Un débil gruñido hizo que me diera la vuelta. Un perro negro estaba dando vueltas detrás de mí. Tenía una mancha rosa en su piel, una herida abierta, que brillaba en su trasero; y el perro se retorcía intentando lamérsela. La herida estaba fuera del alcance de sus dientes, pero el perro se estaba volviendo loco de dolor. Siguió moviéndose en círculos desorientados, precisos y sin sentido, intentando atacar a la herida con su boca babeante.

Miré a la mujer que dormía y a sus pechos palpitantes. Detrás de mí continuaban los gruñidos.

Ese domingo, pedí permiso al señor Askok diciendo que quería ir a un templo y fui a la ciudad. Cogí un autobús a Qutub y desde allí, un taxi a la calle G.B.

Este, señor Premier, es el famoso “barrio de las luces rojas” (como dicen en inglés) de Delhi.

Una hora aquí limpiaría mi cabeza de todo pensamiento malvado. Cuando uno retiene semen en la parte inferior del cuerpo, eso provoca que haya actividad malvada en los fluidos de la parte superior. Sabemos que en la Oscura India esto es un hecho.

Eran las cinco y todavía era de día, pero las mujeres me estaban esperando, así como esperan a todos los hombres a todas las horas del día.

Ahora bien, he estado en estas calles antes - como ya le he confesado - pero esta vez era diferente. Las oía sobre mí abucheando y burlándose desde las ventanas ardientes de los burdeles, pero esta vez no podía soportar mirarlas.

Un vendedor de paan estaba sentado en el tenderete junto a la puerta de color azul chillón del burdel mientras usaba un cuchillo para esparcir especias sobre las hojas húmedas que había cogido de un cuenco con agua, lo que es el primer paso en la preparación del paan . En el diminuto espacio cuadrado por debajo de su puesto se sentaba otro hombre hirviendo leche en un recipiente sobre la llama sibilante y azul de una cocina de gas.

“¿Qué te pasa? Échale un vistazo a las mujeres.”

El chulo, un hombre pequeño con una gran nariz cubierta de verrugas coloradas, me tenía cogido por la muñeca.

“Tienes pinta de poder permitirte una chica extranjera, elige una nepalí. ¿No son unas preciosidades? ¡Pero míralas hombre!”

Me cogió por la barbilla; quizá pensó que era un chico tímido y virgen en mi primera expedición por allí y por eso, me obligó a mirarlas.

Las nepalís de arriba, tras la ventana enrejada, eran verdaderamente guapas: de piel muy clara y con esos ojos chinos que nos vuelven locos a los hombres hindúes. Aparté la mano del chulo de mi cara.

“¡Elige a cualquiera! ¡Elígelas a todas! ¿No eres lo suficientemente hombre, chaval?

Normalmente eso hubiera sido suficiente para que irrumpiese en el burdel pidiendo sangre a gritos.

Pero a veces quizá lo más animal que hay en un hombre sea lo mejor en él. De mi cintura para abajo, nada se movió. Son como loros en una jaula. Es igual que un animal follando a otro animal.

“¡Masca paan , te ayudará si tienes problemas para que se te levante!” gritó el vendedor de paan desde su puesto. Sostenía una hoja de paan fresca y húmeda, la cual sacudió de forma que las gotas de agua salpicaron mi cara.

“¡Bebe leche caliente, también ayuda!” gritó el hombre pequeño y consumido que estaba hirviendo leche por debajo de él.

Miré la leche, que bullía y se derramaba por los bordes del recipiente de acero inoxidable. El hombre pequeño y consumido sonrió y provocó a la leche con una cuchara. Esta se volvió cada vez más espumosa, mientras silbaba con fuerza.

Me abalancé sobre el vendedor de paan, sacándolo fuera de su puesto, desparramando sus hojas y derramando su agua. Le dí una patada en la cara al enano. Se oyeron unos gritos que venían de arriba, los chulos corrieron hacia mí y salí de esa calle a empujones y repartiendo patadas para salvar mi apreciada vida.

Bien, la calle G.B. está en la Antigua Delhi, sobre la cual debo decir algo. Recuerde, señor Primer Ministro, que Delhi no es la capital de uno, sino de dos países: dos Indias. La Clara y la Oscura convergen en Delhi. Gurgaon, donde vivía el señor Ashok, es la parte moderna y llena de vida. Y este lugar, la Antigua Delhi, es la otra parte, que está llena de cosas de las cuales el mundo moderno se olvida completamente: bicis-taxi, edificios de piedra antigua y musulmanes. Sin embargo, los domingos hay algo más: si uno se abre paso entre la multitud que siempre está allí, pasa por delante de los hombres que están limpiando las orejas de otros hombres con bastoncillos de metal oxidado, de los hombres que venden pececillos atrapados en botellas verdes llenas de agua salada, del mercado de zapatos baratos y del de camisas baratas; uno llega al enorme mercado de libros de segunda mano de Darya Ganj.

Quizá haya oído hablar de este mercado, señor, ya que es una de las maravillas del mundo. Cientos de miles de libros mugrientos, podridos y ennegrecidos sobre cualquier tema: tecnología, medicina, placer sexual, filosofía, educación y países extranjeros se amontonan en la acera desde la Puerta de Delhi en adelante, a lo largo de todo el camino que lleva hasta el mercado que hay enfrente del Fuerte Rojo. Hay libros tan viejos que se desmenuzan cuando uno los toca, en algunos hay lepisma dándose un festín y otros tienen pinta de haber sido recuperados tras una inundación o un incendio. La mayoría de las tiendas de la calle tienen el cierre echado, pero los restaurantes siguen abiertos y el olor a fritanga se funde con el olor a papel podrido. Las aspas oxidadas de los ventiladores de los restaurantes se mueven lentamente como las alas de una polilla gigante.

Pasé entre los libros y aspiré el aire: fue como oxígeno tras el hedor del burdel.

Había una gran multitud de compradores de libros peleándose por los libros con los vendedores y fingí ser uno de los compradores. Me abalancé sobre los libros, manoseándolos y pasando las páginas: pim-pam, pim-pam, pim-pam; hasta que un vendedor me gritó: “Bueno, ¿lo vas a comprar o lo vas a leer gratis?”


pages 253 - 257

-“No está bien”, diría, dejaría el libro e iría al próximo librero y seguiría hojeando algo que volvería a coger. ¡Nunca pagué ni una sola rupia a nadie, hojeando libros gratis, seguí saqueando librero tras librero toda la tarde!
Algunos libros estaban en Urdú, el idioma de los musulmanes, que en resumidas cuentas está compuesto por arañazos y puntos, como si un cuervo hubiese mojado sus patas en tinta negra y las hubiese apretado contra la página. Estaba precisamente hojeando uno de estos libros cuando el librero dijo: “¿Puede leer Urdú? “.
Era un viejo musulmán, con una cara muy oscura rociada de sudor, como una hoja de begonia después de las lluvias, al que también aderezaba una barba blanca.
Yo dije:- “¿Puede usted leer Urdú?”
Abrió el libro, aclaró su garganta y leyó: “ Has estado buscando la llave durante años. ” ¿Lo ha entendido? Me miró con anchos surcos en su frente negra.
-“Si, tío musulmán.”
-“Cállate, mentiroso. Y presta atención.”
Se volvió a aclarar la garganta.
-“ Has estado buscando la llave durante años / ¡ Pero la puerta siempre ha estado abierta!
Cerró el libro. “A eso se le llama poesía. Y ahora piérdete.”
-“Por favor, tío musulmán”, supliqué. “Solo soy un hijo de un tirador de cochecitos de la Oscura India. Desvéleme todo sobre la poesía. ¿Quién escribió ese poema?”
Sacudió su cabeza, pero seguí agasajándole, diciéndole lo buena que era su barba, lo blanquecina que era su piel (¡ah!); que por su nariz y frente era obvio que no era ningún converso, sino un musulmán verdadero que había volado hasta aquí en una alfombra mágica desde la Meca, lo cual le provocó un gruñido de satisfacción. Se puso a leer un poema detrás de otro y explicó la verdadera historia de la poesía, la cual es un secreto en sí misma, una magia únicamente conocida por la gente sabia. Sr. primer ministro, no voy a decir nada nuevo si digo que la historia del mundo es la historia de una guerra de mentes de hace diez mil años entre los ricos y los pobres. Cada parte está intentando engañar eternamente a la otra y así ha sido desde tiempos inmemoriales. Los pobres ganan algunas batallas (el orinar en las macetas, el dar patadas a los animales domésticos, etc.); pero, claro, los ricos llevan ganando la guerra desde hace diez mil años. Es por eso, que un día, algunos hombres sabios, por mera compasión por los pobres, les dejaron signos y símbolos en poemas, los cuales suelen tratar sobre rosas y mujeres hermosas y cosas de ese estilo, aunque cuando son interpretados correctamente vierten secretos inexorables que permiten al hombre más pobre del planeta concluir favorablemente esta guerra de mentes de hace diez mil años. Ahora, los cuatro mejores de estos sabios poetas eran Rumi, Iqbal, Mirza Ghalib y otro más, que mencionaron, cuyo nombre olvidé.
(¿Quién era este cuarto poeta? Me enloquece el no poder acordarme de su nombre. Si lo sabe, envíeme un e-mail.)
-“Tío musulmán, tengo otra pregunta para usted.”
-“¿Que le parezco? ¿Un profesor de escuela? No me siga haciendo preguntas.”
-“La última, lo prometo. ¿Dime, tío musulmán, puede un hombre hacerse desaparecer con la poesía?”
-“A que te refieres: ¿desaparecer a través de la magia negra?” Me miró.”Sí, eso se puede hacer. De hecho, hay libros para eso. ¿Te gustaría comprar uno?”
-“No, no desaparecer así. Me refería a que si él puede… él puede…”
El librero estrechó sus ojos. Los bancos de sudor se habían ampliado en su inmensa frente negra.
Sonreí. “Olvide que he preguntado eso, tío musulmán.” Y luego me advertí a mi mismo de no volver a hablar con este hombre nunca más. Ya sabía demasiado.
Mis ojos estaban nublándose de tanto hojear los libros. Tendría que haberme apresurado en volver hacia la puerta de Delhi para coger un autobús. Había un especie de sabor extraño a libro en mi boca, como si hubiese inhalado tantas partículas de papel viejo por el aire. Extraños sensaciones se repiten en el corazón cuando pasas mucho tiempo con libros antiguos.
Pero en vez de volver al autobús, me puse a vagar más adentro de la antigua Delhi, aunque no tenía la más remota idea hacia donde iba. Todo crecía silenciosamente en el momento que dejé la carretera principal: vi a algunos hombres sentados en una cama tejida fumando, otros tumbados en el suelo y durmiendo, águilas que volaban por encima de las casas... Y entonces, el viento trajo una enorme ráfaga de olor a búfalo hacia mi cara.
Todo el mundo sabe que hay un barrio de carnicerías en algún lugar en la vieja Delhi, pero son pocos los que lo han visto de verdad. Es una de las maravillas de la antigua ciudad; una fila de puestos abiertos, con grandes búfalos de pie en cada uno de ellos con sus traseros dirigidos hacia ti, aplastando moscas con sus colas como si fuesen limpiaparabrisas, teniendo sus patas hondamente sumergidas en pirámides de boñiga. Me quedé allí, inhalando el olor de sus cuerpos: ¡hacía tanto tiempo que no había olido a búfalo! El horrendo aire de la ciudad se estaba desechando por mis pulmones.
Un zumbido de ruedas de madera. Vi un búfalo bajando por la carretera, tras de sí portaba un gran carro; pero no había ningún humano sentado en este carro con un látigo; ya que el búfalo sabía por sí mismo donde debía ir. Y bajaba por la carretera. Permanecí a un lado y cuando me pasó, vi que el carro estaba repleto de caras de búfalos muertos; caras, digo: pero debería decir calaveras, pelados hasta de su piel, a excepción de una pequeña porción de pellejo negro en la punta del hocico del cual salían pelos de las narinas, como si fuesen los últimos pedacitos desafiantes de la personalidad del búfalo muerto. El resto de las caras había desaparecido e incluso los ojos habían sido extirpados.
Y el búfalo vivo seguía caminando, desprovisto de un amo, transportando su carga de muerte al sitio al que sabía que tenía que ir.
Caminé con aquel pobre animal durante un rato, mirando a las muertas, despellejadas caras de los búfalos. Y entonces la cosa más extraña ocurrió, su Excelencia: le juro que el búfalo que estaba arrastrando el carro giró su cabeza hacia mí y dijo en una voz no muy diferente de la de mi padre: “Tu hermano Kishan ha sido apaleado hasta la muerte. ¿Estás contento?”
Era como estar en una pesadilla diez minutos antes de despertarse: sabes que es un sueño, pero aún no puedes despertarte del todo.
-“Tu tía Luttu fue violada y apaleada hasta la muerte. ¿Estás contento? Tu abuela Kusum fue pateada hasta la muerte. ¿Estás contento ?”
El búfalo me deslumbró.
-“¡Qué pena!”, dijo. Y luego dio un gran paso hacia delante y el carro pasó, lleno de caras de piel muerta, las cuales me parecieron en aquel momento las caras de mi propia familia.
La siguiente mañana, el Sr. Ashok se aproximó al coche, sonriendo, portando un bolsa roja en su mano y cerró la puerta.
Miré al ogro y tragué duramente.
-“Señor…”
-“¿Qué pasa Balram?”
-“Señor, hay algo que quería decirle desde hace ya algún tiempo.” Y entonces aparté mis dedos de la llave de encendido. Lo juro, estaba listo para hacer una confesión plena en aquel momento…si hubiese dicho las palabras correctas…si hubiese tocado mi hombro de una manera adecuada.
Pero ni me estaba prestando atención. Estaba ocupado con su teléfono móvil y sus botones.
Tak, tak, tak.
Tener un loco con ansias de sangre y hurto en su mente, sentado a apenas veinticinco centímetros en frente de ti y ni siquiera saberlo. Ni siquiera tener una ligera idea. Gente, ¿de qué ceguera sois capaces de disponer? ¡Aquí estás, sentado en edificios acristalados, hablando por teléfono noche tras noche con americanos que están a miles de kilómetros de aquí, pero no tienes la más remota idea de lo que ocurre con el hombre que está conduciendo tu coche!
-"¿ Qué pasa Balram?"
-"Sólo esto, señor: quiero reventarle el cráneo!"
Se echó hacia adelante, acercó sus labios a mi oreja; estaba a punto de fundirme.
-“Lo entiendo, Balram.”
Cerré mis ojos y apenas podía hablar.
-“¿De veras, Señor?”




Pages 274-278:
Y tú nunca antes me habías preguntado a dónde iba a ir cuando abandonase la casa. ¿Qué te ha hecho la señora Uma?
‘Quiero pasar algún tiempo con el chico en el zoo, señor. Pensé que le gustaría ver todos esos animales’
Él sonrió. ‘Eres un buen hombre de familia, Balram. Ve, pásatelo bien con el chico.’ Él volvió a la lectura de su periódico, pero capté un destello de astucia en su ojo mientras examinaba el ejemplar en inglés del periódico.
Al salir del bloque B de las Torres de Buckingham, le dije a Dharam que me esperase, entonces volví y observé la entrada al edificio. Pasó media hora, y entonces el señor Ashok estaba abajo en el vestíbulo. Un pequeño hombre oscuro –de la clase servil- había venido a verme. El señor Ashok y él hablaron durante un rato, y luego el hombre pequeño se inclinó y se marchó. Parecían dos hombres que acababan de concluir un acuerdo.
Volví a donde Dharam estaba esperando. ‘¡Vamos!’
Él y yo cogimos el bus hacia el Viejo Fuerte, que es donde está el zoo. Mantuve mi mano sobre la cabeza de Dharam todo el tiempo– él debe haber pensado que era cariñosamente, pero sólo era para que mi mano dejara de temblar- ésta había estado toda la mañana sacudiéndose como la cola de una lagartija que se ha desprendido.
Yo daría el primer golpe. Ahora estaba todo en su sitio, nada podía ir mal – pero como te dije, yo no soy un hombre valiente.
El autobús estaba abarrotado, y los dos tuvimos que quedarnos de pie durante todo el trayecto. Ambos sudamos como cerdos. Yo había olvidado cómo era un viaje en autobús en verano. Cuando paramos en un semáforo en rojo, un Mercedes-Benz paró al lado del autobús. Tras su ventanilla cerrada, fresco como una lechuga, el chófer nos sonrió, mostrando dientes rojos.
Había una cola muy larga en la ventanilla del zoo. Había montones de familias que querían entrar al zoo, y eso lo podía entender. Lo que me extrañó, sin embargo, fue ver a tantos hombre y mujeres jóvenes yendo al zoo, cogidos de la mano: riéndose tontamente, pellizcándose el uno al otro, y lanzándose miraditas, como si el zoo fuera un lugar romántico. Aquello no tenía sentido para mí.
Ahora, señor Primer Ministro, miles de extranjeros vuelan cada día a mi país buscando la iluminación. Van al Himalaya, o a Benarés, o a Bodh Gaya. Se colocan en extrañas posturas de yoga, fuman hachís, follan con un sadhu o dos, y ya creen que se están iluminando.
¡Ja!
Si es iluminación lo que habéis venido a buscar a la India, gente, olvidad el Ganges – olvidad los ashrams - id directos al Zoo Nacional en el corazón de Nueva Delhi.
Dharam y yo vimos a las cigüeñas de picos dorados sentadas en palmeras en el medio de un lago artificial. Descendían en picado sobre el agua verde del lago, y nos mostraron rastros rosados en sus alas. De fondo se podían ver las paredes rotas del Viejo Fuerte.
Iqbal, aquel gran poeta, tenía tanta razón. En el momento en que reconoces lo que es bello en este mundo, dejas de ser un esclavo. A la mierda con los Naxalitas y sus pistolas enviadas en barco desde China. Si enseñarais a todos los niños pobres a pintar, sería el final de los ricos en la India.
Me aseguré de que Dharam apreciara la preciosa elevación y descenso del contorno de la fortaleza – la forma en que sus lagunas se llenaban con el azul del cielo– la forma en la que las viejas piedras relucían en la luz.
Andamos durante media hora, de jaula en jaula. El león y la leona estaban separados el uno del otro y sin hablarse, como una verdadera pareja cosmopolita. El hipopótamo estaba tumbado en un estanque enorme lleno de lodo; Dharam quería hacer lo que otros hacían – tirarle piedras al hipopótamo para provocarle- pero le dije que eso sería cruel. Los hipopótamos se tumban en el lodo y no hacen nada – esa es su naturaleza.
Dejemos a los animales vivir como animales; dejemos a los humanos vivir como humanos. Esa es toda mi filosofía en una frase.
Le dije a Dharam que era hora de marcharnos, pero hizo pucheros y suplicó. ‘Cinco minutos, Tío’.
‘De acuerdo, cinco minutos’.
Llegamos a un recinto con varas de bambú, y allí – visto entre los huecos de las varas, mientras andaba de un lado al otro en línea recta – había un tigre.
No cualquier tipo de tigre.
La criatura que nace en la jungla sólo una vez en cada generación.
Le observé caminando tras las varas de bambú. Las rayas negras y el brillante pelaje blanco destellaban a través de las rendijas del oscuro bambú; era como observar los lentos carretes de una película en blanco y negro. Andaba en la misma línea, una y otra vez – de un extremo de las varas de bambú al otro, y luego dándose la vuelta y repitiéndolo una vez más, exactamente al mismo paso, como bajo el influjo de un hechizo.
Se estaba hipnotizando a sí mismo caminando así – que era la única forma de soportar esa jaula.
Entonces la cosa detrás de las varas de bambú dejó de moverse. Volvió su cara hacia la mía. Los ojos del tigre se encontraron con los míos, como los ojos de mi maestro se habían encontrado con los míos a menudo en el espejo retrovisor del coche.
De repente, el tigre desapareció.
Un hormigueo fue desde la base de mi columna vertebral hasta mi ingle. Mis rodillas empezaron a flaquear; me sentí liviano. Alguien cercano a mí chilló. ‘¡Sus ojos están en blanco! ¡Se va a desmayar!’ Intenté contestarla gritando ‘ No es verdad: ¡ No me estoy desmayando!’ Intenté mostrarles a todos que estaba bien, pero mis pies se resbalaban. El suelo bajo mis pies se sacudía. Algo estaba cavando su camino hacia mí: y entonces unas garras desgarraron el barro y excavaron dentro de mi carne y me derribaron al interior de la tierra oscura.
Mi último pensamiento antes de que todo se volviera oscuro, fue que ahora comprendía aquellos pellizcos y arrumacos – ahora entendía porqué los amantes van al zoo.
Esa tarde, Dharam y yo nos sentamos en el suelo de mi habitación, y yo desplegué una carta azul ante él. Le puse una pluma en las manos.
‘Voy a ver lo buen escritor de cartas que eres, Dharam. Quiero que le escribas a la Abuelita y le cuentes lo que ha pasado hoy en el zoo.’
Él lo escribió en su lenta, bonita caligrafía. Le habló sobre los hipopótamos, y los chimpancés, y el ciervo del pantano.
‘Háblale del tigre’
Vaciló, y luego escribió: Vimos un tigre blanco en una jaula.
‘Cuéntale todo
Él me miró y escribió: El tío Balram se desmayó en frente del tigre de la jaula.
‘Aún mejor – Yo te dictaré; anótalo’
Él lo anotó todo durante diez minutos, escribiendo tan rápido que su pluma se puso negra y pringosa con la tinta desbordante – paró para limpiar la plumilla contra su pelo, y volvió a la escritura. Al final leyó en alto lo que había escrito:
Pedí ayuda a la gente de mi alrededor y llevamos al tío hasta una higuera de bengala. Alguien le echó agua en la cara. La buena gente abofeteó al tío con fuerza y le hizo despertarse. Se giraron y me dijeron ‘tu tío está delirando – está despidiéndose de su abuela. Debe pensar que se va a morir.’ Los ojos del Tío estaban ahora abiertos. ‘¿Estás bien, Tío?’ Le pregunté. Él me cogió la mano y me dijo ‘Lo siento, lo siento, lo siento.’ Le pregunté ‘¿Qué es lo que sientes?’ Y él dijo ‘No puedo vivir el resto de mi vida en una jaula, Abuelita. Lo siento mucho.’ Cogimos el autobús de vuelta a Gurgaon y almorzamos en la confitería. Hacía mucho calor y sudamos un montón. Y eso fue todo lo que pasó hoy.
‘Escríbele lo que quieras a partir de ahí y mándala mañana, tan pronto como me marche en el coche – pero no antes. ¿Entendido?’


Pages 283-287
- Ha estado dando problemas desde la noche que fuimos al hotel en Jangpura.
Él levantó la vista de su teléfono móvil de una vez.
El que tenía la gran “T” en el, ¿Lo recuerda?. Desde esa noche, nada ha cambiado en el coche, señor.
Sus labios se abrieron, después se cerraron, él estaba pensando:¿chantaje o una inocente referencia al pasado? No le des tiempo a aclararse.
- Salga del coche señor confíe en mi.
Dejando el móvil en el asiento, el me obedeció. La luz azul del teléfono móvil brilló dentro del oscuro coche un segundo, después se apagó. Él abrió la puerta mas lejana a mi y salio cerca de la carretera. Me puse de rodillas y me escondí detrás del coche.
Venga a este lado señor, la rueda estropeada está en este lado.
Él vino, eligiendo su camino a través del barro.
- Es esta señor, y tenga cuidado, hay una botella rota en el suelo. Hay tanta basura a este lado de la carretera que parece perfectamente natural.
- Aquí, déjeme tirarla, esta es la rueda, por favor compruébela.
Él se puso de rodillas, yo le rodeé escondiendo la botella con un brazo doblado en mi espalda.
Por debajo de mi, su cabeza era solo una pequeña bola, y en la oscuridad, vi una delgada linea blanca de cuero cabelludo entre la raya que cuidadosamente lleva como la linea pintada de una carretera hacia la corona de su cráneo – el lugar en el que el pelo de un hombre irradia.
La bola negra se movió, haciendo muecas para proteger sus ojos de la llovizna, él me miro.
- Parece estar bien.
Yo permanecí quieto, como un estudiante pillado por su profesor. Pienso: El cerebro de el propietario ha sacado una conclusión. Va a levantarse y golpearme en la cara.
Pero, ¿de que sirve una batalla ganada cuando no sabes como va la guerra?
- Bien, tu conoces este coche mas que yo, Balram, Dejame que le eche otra mirada.
Y él observó otra vez a la rueda. La carretera negra apareció detrás miá otra vez, con las blancas marcas hasta el lugar del cráneo.
- Aquí hay un problema, señor. No la ha cambiado desde hace mucho tiempo.
- Está bien, Balram, él toco la rueda. Pero creo que deberíamos...
Golpeé con la botella hacia abajo. El cristal devoró su hueso. Golpeé tres veces en la corona de su cráneo, aplastando sus sesos. Es una buena y dura botella de Johnnie Walker Black. Bien vale la pena el valor de reventa.
El cuerpo inconsciente cayó al barro. Un sonido sibilante salio de sus labios, como el aire escapando de una rueda.
Caí al suelo-mi mano estaba temblando, la botella se resbalo, y tuve que cogerla de nuevo con mi mano izquierda. La cosa con los labios silbantes subió sus manos y rodillas, comenzó a buscar alrededor en un circulo, como si buscara a alguien que fuera a protegerla. ¿porque no le amordazé y le deje en los arbustos, aturdido e inconsciente, donde no seria capaz de hacer ninguna cosa por unas horas,mientras escapaba? Buena pregunta- y he pensado sobre ello mucho una noche, como si estuviera sentado en mi escritorio, mirando al candelabro.
La primera respuesta posible es que se hubiera podido recobrar, romper su mordaza y avisar la policía. Y tendría que matarlo.
La segunda respuesta posible es que su familia hubiera tenido que hacer terribles cosas a mi familia. Solo estaba teniendo mi venganza en ventaja.
Prefería la segunda respuesta
puse mi pie encima de la cosa que se arrastraba, y la aplaste contra el suelo. Agachado en mis rodillas fui a la altura correcta para lo que vendría después. Le di la vuelta al cuerpo, así podría mirarme. Estampe mi rodilla en su pecho. Abrí el botón del cuello y frote mi mano sobre sus clavículas para marcar el punto.
Cuando era pequeño en Laxmangarh, solía jugar con el cuerpo de mi padre, la union del cuello y el pecho, el lugar donde todos los tendones y venas salían con gran relieve, era mi punto favorito. Cuando tocaba ese punto, el pozo del cuello de mi padre, lo controlaba, podía hacerle dejar de respirar con la presión de un dedo.
El hijo de la cigüeña abrió los ojos, justo cuando apreté su cuello, y su sangre lleno mis ojos. Estaba ciego, y era un hombre libre.
Cuando me quite la sangre de los ojos, fue el fin de Mr Ashok. La sangre salia de su cuello muy rápido. Creo que es la manera que los musulmanes usan para matar sus pollos.
Pero la tuberculosis es una forma de morir peor que esta, te lo aseguro.
Después de arrastrar el cuerpo entre los arbustos, sumergí mis manos y cara en el agua de lluvia y la suciedad. Cogí el paquete cercano a mi pie – la camiseta de algodón blanco, una de esas con mucho espacio blanco y una sola palabra en inglés – y me cambié. Alcancé la dorada caja de pañuelos, y me limpié la cara y las manos. Saqué todas las pegatinas de la diosa, y las lancé encima del cuerpo de Mr Ashok – solo por si ayudan a su alma a ir al cielo.
Despues, entré en el coche, giré la llave de contacto y puse el pie en el acelerador, cogí el Honda City, el mejor de los coches, el más fiel de los cómplices, en un viaje final. Ya que no había nadie mas en el coche, mi mano izquierda se acerco para encender Sting. - paré y me relajé.
A partir de ahora podría escuchar música tanto como yo quería.
En la estación de tren, treinta y tres minutos más tarde, las coloridas ruedas de las máquinas tragaperras estaban resplandeciendo. Me paré delante de ellas, contemplando las luces y sonidos, y maravillandome, ¿Debo volver Dharam?
Si lo dejaba allí en ese momento, la policía lo arrestaría por cómplice. Ellos lo encerrarían en prisión con un montón de hombres salvajes – y sabes lo que pasa a los chicos pequeños en antros como esos, señor.
Por otro lado, si vuelvo de vuelta ahora todo el camino a Gurgaon, alguien puede descubrir el cuerpo...y todo esto (apreté mis manos en la bolsa) habría sido una perdida.
Me puse en cuclillas en el suelo de la estación, presionado por la indecisión. hubo un ruido agudo a mi izquierda. Un cubo de plástico fue cayendo alrededor, como si estuviera vivo. A continuación una sonriente cara negra salió del cubo. Una pequeña criatura, un niño bebe. Un hombre y una mujer sin hogar, cubiertos de basura, sentados cada uno a un lado del cubo, con la mirada perdida en la distancia. Entre sus fatigados padres, la pequeña cosa estaba divirtiéndose como nunca, jugando con el agua y salpicando a los que pasaban cerca.
- No lo hagas, pequeño - dije. Él salpicó mas agua, chillando de emoción cada vez que me golpeaba. Levanté mi mano. Él se escondió en el cubo para librarse de la paliza.
Metí la mano en mis bolsillos, buscando por una moneda de una rupia, comprobando que no era una moneda de dos rupias, y la lancé al cubo.
Luego suspiré. Y me levanté, maldiciendome a mi mismo, salí de la estación. Tu día de suerte, Dharam.

Pages 302 – 305

¡Si, Ashok! Así es como me he llamado últimamente, Ashok Sharma, un empresario indio, asentado en Bangalore.
Si hubieses estado sentado junto a mí bajo aquella farola, te habría mostrado todos los secretos de mi negocio. Podrías haber visto la pantalla de mi portátil plateado marca “Macintosh” y, en ella, ver fotos de todos mis terrenos, mis chóferes, mis garajes, mis mecánicos y mis policías sobornados.
Todos me pertenecen, incluso Munna, cuyo destino era ser pastelera.
También habrías visto las fotos de mis chicos. Una vez fui el chófer de un señor, ahora soy yo el señor de los chóferes. No los trato como sirvientes; no abofeteo, intimido ni me mofo de ninguno. Pero tampoco les insulto llamándoles mi “familia”. Son mis empleados y yo su jefe, eso es todo. Les hago firmar un contrato (yo también lo firmo) y ambos tenemos que cumplirlo, eso es todo. Si se fijan en cómo hablo, cómo me visto y cómo cuido las cosas, ellos crecerán como personas. Si no lo hacen, seguirán siendo chóferes toda su vida. Así que les dejo elegir a ellos. Cuando el trabajo está hecho, les echo de la oficina: nada de charlar ni tomar café. Un Tigre Blanco no tiene amigos, es demasiado peligroso.
Pero, a pesar de mi sorprendente y exitosa historia, no quiero perder el contacto con los lugares donde me he educado desde la infancia: La calle.
Suelo pasear por Bangalore por las tardes o temprano por las mañanas, sólo para escuchar a la gente.
Una tarde, estando cerca de la estación del tren, vi una docena de obreros reunidos frente a una pared y hablando en susurros. Usaban un extraño lenguaje, eran los locales del pueblo. No tuve que comprender las palabras para saber qué estaban diciendo. En una ciudad donde muchos habían llegado desde otros lugares, eran los únicos que quedaban.
Estaban leyendo algo en aquella pared. Quería ver qué era lo que ponía, pero ellos pararon de hablar y empezaron a insultarme frente al muro. Tuve que amenazarles con llamar a la policía para que se fuesen y me dejasen ver que estaban leyendo. Había un dibujo a estarcillo de un par de manos rompiendo unas esposas.
El gran socialista llega a Bangalore
Llegó un par de semanas después. Tenía una gran gira aquí y dio un terrible discurso, todo sobre fuego y sangre y purgar este país de los ricos ya que, en 10 años, no habrá agua fresca para los pobres porque el planeta se está calentando. Me mantuve al fondo escuchando. Al final, la gente aplaudió como loca. Hay mucha ira en esta ciudad, eso seguro.
Mantén tus ojos abiertos en Bangalore, así como en cualquier ciudad o pueblo de la India, y oirás rumores o amenazas de insurrección. Los hombres se sientan a la luz de las farolas por la noche y leen; se agrupan, discuten y claman al cielo.
¿Alguna noche se unirán todos y destruirán al gallo dominante?
¡Ja!
Es posible que una vez cada 100 años haya una revolución que libere a los pobres. Leí esto en uno de aquellos viejos libros de salón de té que la gente usa para envolver con ellos grasientas samosas. Mira, solo 4 hombres en la Historia han creado exitosas revoluciones para liberar a los esclavos y matar a sus señores, esa página enumeraba:
Alejandro Magno
Abraham Lincoln de América
Mao de tu país
Y un cuarto hombre. Podría ser Hitler, pero no lo recuerdo. Y no creo que se añada un quinto nombre a la lista en un futuro cercano.
¿Una revolución india?
No, señor, eso no va a pasar. La gente de este país aún está esperando a que la guerra por la libertad llegue de algún lugar: de la selva, de las montañas, de China, de Pakistán. Eso nunca pasará. Cada hombre debe hacer su propio Benares.
El libro de tu revolución se asienta en tu propio ombligo, joven indio. Cágalo y lee. En vez de eso, todos ellos están sentados en frente de televisores a color y viendo cricket y anuncios de champú.
Y hablando de anuncios de champú, señor Primer Ministro, debo decir que ese pelo rubio platino me pone enfermo. Pienso que no es sano para una mujer tener ese color de pelo. No me creo a la televisión o a los grandes carteles publicitarios con mujeres blancas que puedes ver por todo Bangalore; vengo de mi propia experiencia, del tiempo que he gastado en hoteles de 5 estrellas (Es correcto, señor Jiabaoi, no volveré a un barrio rojo nunca más. No está bien comprar y vender mujeres que viven en jaulas y son tratadas como animales. Yo solo compro chicas que puedo encontrar en hoteles de 5 estrellas).
Basándome en mi experiencia, las chicas indias son las mejores (Bueno, las segundas mejores. Le digo, señor Jiabiao, esta es una de las más excitantes vistas que un hombre puede tener en Bangalore: mirar a los ojos de un par de chicas nepalíes desde la oscura capota de un bici-taxi). De hecho, la visión de extranjeras de pelo dorado (descubrirás que Bangalore está llena de ellas estos días) me ha convencido de que la gente blanca va por el camino equivocado. Todos ellos parecen tan demacrados, tan endebles. Nunca verás a ninguno de ellos con una barriga decente. De esto culpo al Presidente de América; él ha hecho la sodomía algo legal en su país, y los hombres se casan con otros hombres en vez de con mujeres. Esto estaba en la radio. Este es el argumento principal del decline del poner del hombre blanco. Además, estos usan los móviles demasiado. Los móviles causan cáncer cerebral y reducen tu masculinidad; los japoneses los inventaron para disminuir tanto el cerebro del hombre blanco como sus pelotas. Medité sobre esto la otra noche en el autobús. Hasta entonces había estado muy orgulloso de mi Nokia, enseñándoselo a todas las chicas de la centralita, esperando poder mojar mi churro en ellas, pero rechacé esa idea a la primera. Cada vez que me llamas, lo haces a un fijo, no a un móvil. Esto resiente mi negocio, pero mi cerebro es más importante, señor: Es todo lo que un hombre pensante tiene en este mundo.
El hombre blanco se extinguirá en el transcurso de mi vida. Hay negros y rojos también, pero no tengo ni idea sobre si crecerán en número, ya que la radio nunca habla de ellos. En mi humilde opinión, dentro de 20 años, solo habrá gente amarilla y negra en la parte alta de la pirámide, y dominaremos el mundo.
Y que Dios bendiga a todos.


páginas 306-309

Ahora debería explicar la interrupción de mi relato de hace dos noches.
También me permitirá ilustrar las diferencias entre Bangalore y Laxmangarh. Entienda señor Jiabao, que no es como si viene de Bangalore y encuentra que aquí todo el mundo es honrado y moral, sino que esta ciudad tiene su cuota de matones y políticos. Aquí simplemente si un hombre quiere ser bueno, puede serlo; sin embargo en Laxmangarh no puede elegir. Esta es la diferencia entre esta parte de la India y esa otra: la elección.
Mire, aquella noche, estaba sentado aquí contándole la historia de mi vida cuando mi móvil empezó a sonar. Aún estaba charlando con usted cuando descolgué el teléfono y escuché la voz de Mohammad Asif.
- Hemos tenido un problema.
Entonces fue cuando dejé de hablar con usted.
-¿Qué tipo de problema? - pregunté y me preparé para lo peor, pues sabía que Mohammad Asif había estado en deuda aquella noche.
Hubo silencio y entonces dijo: Llevaba a las chicas a casa cuando atropelle a un chico que iba en bicicleta y está muerto, señor.
- Llama a la policía en seguida.
- Pero si yo soy el culpable, yo fui el que lo atropelló.
- Por eso tienes que llamar a la policía.
La policía estaba allí cuando llegué a la escena con una furgoneta vacía. La Quails estaba aparcada al otro lado de la calle y las chicas aún estaban dentro.
Tirado en el suelo se encontraba el cuerpo sangriento de un chico.
La bici estaba también en el suelo, rota y deformada.
Mohammad Assif estaba de pie a un lado, agitando la cabeza. Alguien le gritaba; gritaba con la pasión que sólo se puede ver en la cara del pariente de un hombre muerto.
En la escena, la policía había paralizado a todo el mundo. Me saludó con la cabeza cuando me vio. Por el momento, nos entendimos bien.
- Este es el hermano del chico muerto" - me susurró - Está furioso y no he sido capaz de hacerle salir de aquí.
Agité a Mohammad Asif para sacarle del trance. Antes de nada coge mi coche y lleva a las chicas a casa.
- Deje que mi chico se vaya - le dije en voz alta al policía - Tiene que llevar a la gente a sus casas; así que todas las cuentas que tenga que ajustar, ajústelas conmigo.
- ¿Cómo puedes dejarle ir? - gritaba el hermano del chico muerto al policía.
Yo le dije:
- Mira hijo, soy el propietario de este vehículo; por lo tanto, la pelea va conmigo, no con el conductor. Él sólo estaba siguiendo mis órdenes, que eran conducir tan rápido como pudiese; por lo tanto, mis manos están manchadas de sangre, no las suyas. Estas chicas necesitan ir a casa. Ven conmigo a comisaría y déjales ir. Me ofrecí como su rescate.
El policía me siguió el juego:
- Hijo, es buena idea. Necesitamos presentar el caso en comisaría.
Mientras yo mantenía al hermano ocupado, poniendo como pretexto su razón y decencia humana, Mohammad Asif y todas las chicas se metieron en la furgoneta y se escabulleron. Ese era el primer objetivo: llevar a las chicas a casa. Había firmado un contrato con su compañía y cumplo todo lo que firmo.

Fui a la comisaría con el hermano del muchacho muerto. Los policías que tenían turno de noche debieron de traerme café; aunque no le dieron al chico y este me fulminó con la mirada cuando cogí la taza, me observaba preparado para hacerme pedazos. Yo bebí a sorbos.
El ayudante del comisario que estaba sentado en la comisaría era un hombre al que yo prestaba dinero con frecuencia, pero una vez me buscó un contrincante. Era uno de esos canallas que no tenía nada en mente, excepto llevarse el dinero de aquellos que iban a su oficina. Escoria.
Pero era mi escoria.
Los latidos de mi corazón se aceleraron al verle, había venido a la comisaría para ayudarme. Como ellos dicen, hay honestidad entre los ladrones. Él entendió la situación inmediatamente e ignorándome se acercó al hermano y le dijo:
- ¿Qué quieres?
- Quiero presentar una respuesta al impulso finito de este crimen.
- ¿Qué crimen?
Señalándome con el dedo dijo:
- La muerte de mi hermano causada por el vehículo de este señor.
El ayudante del comisario miró su reloj.
- Oh Dios mío, es tardísimo, son casi las cinco. ¿Por qué no van a casa y olvidamos que estuvieron aquí? Permitan que les llevemos a casa.
- ¿Y qué pasa con este hombre? ¿No lo van a encerrar primero?
El ayudante del comisario juntó los dedos.
Él suspiro:
- Mire, en el momento del accidente, la bicicleta de su hermano no llevaba las luces encendidas y eso debería saber que es ilegal. Además, hay otros asuntos que se revelarán. Le prometo que esos asuntos saldrán a la luz.
El chico miraba fijamente. Movió la cabeza como si no hubiera escuchado correctamente.
- Mi hermano está muerto. Este hombre es un asesino. No entiendo qué está pasando aquí.
- Mire, vaya a casa, dese un baño, rece a Dios, duerma un poco y vuelva por la mañana. Nosotros presentaremos la respuesta al impulso finito . ¿De acuerdo?
Al final el hermano entendió por qué lo habían llevado a comisaría y entendió que la trampilla se había cerrado sobre él. Quizás hasta ahora sólo había visto policías en películas Hindi.
Pobre chico.
- ¡Esto es un escándalo! ¡Me pondré en contacto con los periódicos! ¡Llamaré a los abogados! ¡Avisaré a la policía!
El ayudante del comisario no era un hombre con sentido del humor, pero se permitió una pequeña sonrisa.
- Claro, claro, llama a la policía.
El hermano, hecho una furia, gritaba cada vez más amenazas.
- El número de las matrículas se cambiará mañana - dijo el ayudante del comisario - Nosotros diremos si hubo huída en el lugar del accidente. Otro coche será sustituido y guardaremos el coche abollado aquí con este fin. Es muy afortunado de que su Quails atropellara a un hombre que iba en bici.
Asentí con la cabeza.
La policía aún no tiene que registrar el caso si se atropella a un hombre que monta en bicicleta. Si un hombre que va en moto muere en un accidente, tendrían que registrarlo. Sin embargo, si un hombre muere en un accidente de coche, tendrían que meterme en la cárcel.





Páginas 310-313

“¿Y qué si avisa a los periódicos?”
El ayudante del comisario se dio un cachete en la barriga. “Tengo aquí a todos los periodistas de la ciudad”.
No le entregué un sobre de inmediato, ya que hay un momento y lugar para estas cosas. Ahora era hora de sonreír, dar las gracias y tomarme el café caliente que me había ofrecido; ahora era el momento de charlar con él sobre sus hijos – ambos están estudiando en América y quiere que vuelvan para fundar una compañía de Internet en Bangalore – y asentir con la cabeza, sonreír y enseñarle mis dientes limpios y brillantes. Nos bebimos una taza tras otra de café ardiendo debajo de un calendario que tenía la cara de la diosa Lakshmi – aparecía derramando monedas de oro de un recipiente en el río de la prosperidad. Encima de ella había un retrato enmarcado del dios de los dioses, un sonriente Mahatma Gandhi.
Dentro de una semana iré a verle otra vez con un sobre, y entonces él ya no será tan agradable; contará el dinero delante de mí y dirá: ¿Esto es todo? ¿Sabes cuánto cuesta mantener a dos hijos que estudian en una universidad extranjera? ¡Deberías ver las facturas que me mandan cada mes del American Express! Y me pedirá otro sobre, después otro, luego otro, y así sucesivamente. Como solía decir tan sabiamente el señor Ashok, no hay un fin para las cosas en La India, señor Jiabao. Tendrás que seguir pagando y pagando a los cabrones. Pero me quejo de la policía de la manera en que los ricos se quejan, no de la forma en que los pobres lo hacen.
La diferencia lo es todo.
Al día siguiente, señor, llamé a Mohammad Asif a la oficina; se moría de vergüenza por lo que había hecho - no tuve que reprocharle nada.
Y no fue su culpa; tampoco la mía. Nuestras empresas de externalización son tan baratas que obligan a sus taxistas a prometerles un número imposible de viajes cada noche. Para cumplir tales horarios, tenemos que conducir sin cuidado; tenemos que seguir atropellando e hiriendo a la gente en las carreteras. Es un problema que todo taxista afronta en esta ciudad; no me culpes a mí.
‘No te preocupes por eso, Asif,’ le dije. El chico parecía tan arruinado.
He llegado a respetar a los musulmanes, señor; no son el colectivo más brillante, a excepción de esos cuatro tipos que son poetas, pero resultan ser buenos conductores y en general son gente honrada, aunque algunos de ellos parecen tener esta ansia por volar trenes cada año. No iba a despedir a Asif por esto.
Pero le pedí que encontrase la dirección del chico al que matamos.
Se quedó mirándome fijamente.
“¿Por qué ir, señor? No tenemos nada que temer de los padres; por favor, no lo haga”.
Le hice encontrar la dirección y también dármela a mí.
Cogí cien billetes de rupias de mi caja fuerte, las metí en un sobre marrón, me subí al coche y conduje hasta el lugar.
La madre fue quien me abrió la puerta. Me preguntó que qué quería, y le dije: “Soy el propietario de la compañía de taxis”.
No tuve que decirle de cuál de ellas.
Me trajo café en un vasito de metal de un juego de tazas; estos indios del sur tienen costumbres exquisitas.
Eché el café en el vasito y me lo bebí delicadamente.
En la pared había una foto de un hombre joven con una guirlanda de jazmín alrededor de ella.
No dije nada hasta que me terminé el café; después dejé el sobre marrón encima de la mesa.
Luego entró en la habitación un hombre mayor que se quedó mirándome fijamente.
“Para empezar, quiero expresarle mi profundo pesar por la muerte de su hijo. Habiendo perdido familiares personalmente – a muchos de ellos – sé el sufrimiento que ha pasado; él no debería haber muerto”.
“En segundo lugar, la culpa es mía, no del conductor; la policía me ha soltado. Así son las cosas en esta jungla en la que vivimos, pero acepto mi responsabilidad y le pido perdón”.
Señalé el sobre marrón que estaba en la mesa. “Aquí hay veinticinco mil rupias. No se lo doy porque tenga que hacerlo, sino porque yo quiero, ¿me entiende?”.
La anciana no cogería el dinero. Sin embargo el anciano, el padre, estaba observando el sobre.
“Al menos fuiste lo suficientemente hombre para venir”, dijo.
“Quiero ayudar a su otro hijo”, le dije yo. “Es un chico valiente; la otra noche se encaró a la policía. Si les parece puede venir conmigo y ser conductor, cuidaré de él si quieren”.
La mujer se agarró la cara y agitó la cabeza; se le salían las lágrimas de los ojos. Era comprensible. Puede que tuviese las mismas esperanzas por ese chico que mi madre tenía por mí. Pero el padre era dócil; los hombres son más sensatos en estos temas.
Le di las gracias por el café, me incliné respetuosamente ante la desconsolada mujer y me fui.
Mohammad Asif estaba esperándome en la oficina cuando llegué. Sacudió la cabeza y dijo: “¿Por qué? ¿Por qué malgastaste tanto dinero?”.
Ahí es cuando pensé: Puede que haya cometido un error.
Quizá Asif les cuente a los otros taxistas que estaba asustado de la anciana y pensarán que pueden timarme. Me pone de los nervios. No me gusta mostrar debilidad ante mis empleados, sé lo que conlleva.
Pero tenía que hacer algo diferente, ¿no lo ves? No puedo vivir de la manera en que el jabalí, el búfalo y el cuervo vivían y probablemente todavía vivan, allí en Laxmangarh.
Ahora tengo poder.
Y ahora, ¿qué ocurre en tu típica historia Asesinato Semanal - o película hindi, para el caso? Un hombre pobre mata a uno rico; bien. Después se lleva el dinero; bien. Pero después tiene sueños en los que el hombre muerto le persigue con dedos sangrientos diciéndole: A-se-si-no, a-se-si-no.
No sucede así en la vida real, créeme. Es una de las razones por las que he dejado de ir a ver películas hindis.
Sólo hubo una noche en la que la abuelita vino persiguiéndome sobre un búfalo acuático, pero nunca más volvió a pasar. La verdadera pesadilla que tienes es de otro tipo: te revuelves en la cama soñando que no lo has hecho - que perdiste los papeles y dejaste al señor Ashok que se marchase - que todavía estás en Delhi, siendo aún el criado de otro hombre, y después te despiertas.
Los sudores cesan, y los latidos del corazón disminuyen.

314 to 317
¡Tú lo hiciste! ¡Tú lo mataste!

Unos tres meses antes de que llegase a Bangalore, fui a un templo e interpreté los últimos ritos para todos ellos: Kusum, Kisham y todas mis tías, primos y sobrinos.
Incluso recé una oración por el búfalo de agua. ¿Quién sabe quién ha vivido y quién no? Y entonces les dije a Kisham, a Kusum y a todos ellos:
- Ahora dejadme en paz
Y en general lo hicieron, señor.
Un día leí una historia en un periódico: ‘Familia de 17 asesinada en un pueblo del norte de la India’. Mi corazón empezó a latir con fuerza -¿Diecisiete? No puede ser verdad- no es la mía. Sólo era una de esas historias de terror de cinco centímetros que aparecen cada mañana en los periódicos – no venía el nombre del pueblo. Sólo se decía que fue en alguna parte en la Oscuridad – cerca de Gaya. Lo leí una y otra vez - ¡diecisiete! No hay diecisiete en mi casa… Suspiré… Pero, ¿y si alguien ha tenido hijos?
Arrugué el periódico y lo tiré. Dejé de leer la prensa durante varios meses después de eso. Sólo para ser prudente.
Mire, esto es lo que les podría haber pasado. O la Cigüeña hizo que los mataran, o hizo que mataran a algunos de ellos y golpeasen al resto. Ahora, incluso si por un milagro él – o la policía – no lo hubiese hecho, los vecinos les habrían evitado. Mire, la oveja negra de una familia deja la reputación del pueblo por los suelos. Así que la gente del pueblo les habría echado – y tendrían que irse a Delhi, o Calcuta o Bombay, para vivir debajo de un puente, pedir para comer y sin esperanzas para el futuro. Eso no es mucho mejor que estar muerto.
¿Qué es lo que dice, Sr. Jiabao? ¿Le he oído llamarme monstruo de sangre fría?
Ésta es una historia que creo que escuché en una estación de tren, señor, o quizás la leí en el envoltorio de una mazorca de maíz que me compré en el mercado – no me acuerdo. Era una historia sobre Buda. Un día un astuto brahmán, intentando gastarle una broma a Buda, le preguntó,
-¿Maestro, tú te consideras un hombre o un dios?
Buda sonrió y dijo,
-Ninguno de los dos. Sólo soy alguien que ha despertado mientras el resto seguís durmiendo.
Le daré la misma respuesta a su pregunta, Sr. Jiabao. Usted me pregunta,
-¿Es un hombre o un demonio?
Ninguno de los dos, respondo. Yo he despertado, y el resto de vosotros todavía estáis durmiendo, y esa es la única diferencia entre nosotros.
No debería pensar en ellos, en realidad. En mi familia.
Dharam no lo hace, desde luego.
Él comprende lo que está ocurriendo ahora. Le conté al principio que nos íbamos de vacaciones, y creo que se lo tragó durante un mes o dos. No dice una palabra, pero a veces le veo mirándome por el rabillo del ojo.
Lo sabe.
Por la noche cenamos juntos, sentados a ambos lados de la mesa, mirándonos sin decir mucho. Cuando termina de cenar, le doy un vaso de leche. Hace dos noches, tras acabarse su leche, le pregunté:
-¿Nunca piensas en tu madre?
Ni una palabra.
-¿En tu padre?
Sonrió y entonces me dijo:
-Dame otro vaso de leche, tío.
Me levanté.
- Y una bola de helado también.- añadió
-El helado es para los domingos, Dharam- le dije.
-No, es para hoy- Y me sonrió.
Oh, él se ha dado cuenta de todo, se lo digo yo. Pequeño rufián chantajista; va a seguir callado mientras yo siga alimentándole. Si voy a la cárcel, pierde su helado y sus vasos de leche, ¿no? Eso debe de pensar. La nueva generación, se lo digo yo, está creciendo sin nada de moral.
Va a un buen colegio aquí en Bangalore, a un colegio inglés. Ahora él pronuncia el inglés como un hijo de papá; sabe decir ‘pizza’ igual que lo dice el señor Ashok (y eso que no le encanta la pizza, ¿esa cosa asquerosa?). Le miro con orgullo cuando hace una división larga en un papel limpio y blanco en la mesa de comer; todas esas cosas que yo nunca aprendí.
Algún día, lo sé, Dharam, este chico que se está bebiendo mi leche y comiendo mi helado en grandes bolas, me preguntará:
-¿No podrías haber prescindido de mi madre? ¿No podrías haberla escrito para decirla que escapara a tiempo?
Y entonces tendré que salir con alguna respuesta o matarle, supongo. Pero para ese asunto aún quedan unos cuantos años; hasta entonces, cenaremos juntos cada noche Dharam, el último de mi familia y yo.
Eso sólo deja una persona de la que hablar.
Mi ex.
Pensé que no había necesidad de ofrecer un rezo a los dioses por él, porque su familia estaría ofreciendo costosos rezos por su alma a lo largo de todo el Ganges. ¿Qué pueden significar las oraciones de un hombre pobre a los 36.000.004 dioses en comparación con aquellas de los ricos?
Pero pienso mucho en él – y lo creas o no, le echo de menos; no merecía esa suerte.

*

Ahora, su Excelencia, se ha dado un gran salto hacia delante en las relaciones chino-indias. Hindi-Chini Bhai Bhai , como ellos dicen. Le he contado todo lo que necesita saber sobre las relaciones entre empresarios: cómo se desarrollan, cómo se superan las adversidades, cómo se mantienen firmes a sus verdaderos objetivos y cómo se recompensan con la medalla de oro del éxito.
Señor, aunque mi historia ya se haya acabado, y mis secretos sean ahora sus secretos, si me lo permite, le dejaré tras una última palabra.
(Es un viejo truco que aprendí del Gran Socialista – justo cuando su audiencia está aplaudiendo, él dice “una última palabra”- y entonces sigue hablando dos horas más. ¡Já!)
Cuando conduzco por la carretera principal de Hosur, cuando me meto en ’Electronics City Phase 1’ y veo a las empresas pasar, no puedo decirle lo emocionante que es para mí. General Electric, Dell, Siemens – todas están aquí en Bangalore.
Y muchas más están en camino. Hay obras en todas partes, montones de barro en todas partes, montones de piedras y montones de ladrillos. La ciudad entera está cubierta de humo, niebla tóxica, polvo, cemento. Está bajo un velo. Cuando el velo se haya levantado, ¿cómo será Bangalore?
Quizás sea un desastre: suburbios, aguas residuales, centros comerciales, atascos, policías. Pero nunca se sabe; puede convertirse en una ciudad decente, donde los humanos puedan vivir como humanos y los animales puedan vivir como animales.



Pages 318-321

Bangalore para una Nueva India. Y entonces puedo decir que, a mi manera, ayudé a construir Nuevo Bangalore.

¿Por qué no? ¿No soy parte de todo lo que está cambiando este pais? ¿ No he tenido éxito en la lucha que cada hombre pobre debería estar llevando a cabo aquí?- la lucha no trae consigo los latigazos que tu padre trajo, ¿ no termina en un cerro de indistinguibles cuerpos que se pudrirán en el barro negro de Madre Ganga? Cierto, estaba el hecho de asesinar, que es una cosa mal hecha, no hay pregunta sobre ello. Ha oscurecido mi alma. Todas las cremas blanqueadoras de piel vendidas en la India no limpiaron mis manos de nuevo.

Pero, ¿no es probable que todo el mundo que vale en este mundo, incluyendo nuestro Primer Ministro (incluyendole a usted, Señor Jiabao) haya matado a uno u otro en su camino a la cima? Matan a suficientes personas y les colocan las estatuas de bronce cerca del Parlamento en Nueva Delhi; pero eso es la gloria, y no lo que yo soy después. Todo lo que deseaba era tener la oportunidad de ser un hombre, y para ello, un asesinato era suficiente.

¿Qué viene después de mi? Se que es lo que te estás preguntando.

Dejame explicarme de esta forma. Esta tarde, conduciendo por la carretara M.G , que es una de las calles comerciales más elegantes, con montones de tiendas americanas y empresas tecnológicas, vi al personal de Yahoo colocando un nuevo cartel fuera de su oficina:

¿HASTA QUÉ PUNTO PUEDE USTED PENSAR? Solté las manos del volante y las sujete con más fuerza que al pene de un elefante. ¡Ese gran jode-hermanas! Me encanta mi puesta en marcha, esta lámpara, este portátil de plata y estos veintiseis Toyota Qualis; pero sinceramente, me aburriré de ello tarde o temprano. Soy un hombre de primera marcha, señor Presidente. Al final, tendré que vender esta puesta en marcha a algun que otro empresario imbécil, quiero decir y encabezar una nueva línea. Ahora estoy pensando en una inmobiliaria. Mire, siempre he sido un hombre que se fija en "el mañana" cuando otros miran "el hoy". El mundo entero vendrá mañana a Bangalore. Sólo conducir hacia el aeropuerto y contar las cajas de cristal y acero a medio construir mientras las apruebas. Mire los nombres de las empresas americanas que vienen aqui, ¿dónde piensa que van a dormir? ¿en la calle? ¡Ja! En ningún sitio hay un apartamento vacío, le eché un vistazo, me pregunté cuanto podía conseguir de un americano por esto en 2010. Si el sitio tiene un futuro como la casa de un americano, fijaré un pago reducido enseguida. El futuro de las inmobiliarias es Bangalore, Señor Jiabao. Puede unirse en la matanza y si quiere, ¡le ayudaré! Después de tres o cuatro meses en inmobiliarias, creo que podría vender todo, quedarme el dinero y construir un colegio, una escuela de idiomas de inglés, para los niños pobres de Bangalore. Una escuela donde no se permita corromper la cabeza de nadie con oraciones e historias sobre Dios o Ghandi, nada más que las realidades de la vida para estos niños. Una escuela llena señde tigres blancos, ¡desatados en Bangalore! Tendríamos esta ciudad a nuestros pies, se lo digo yo. Podría llegar a ser el jefe de Bangalore. Habría que fijar al comisario de la policía enseguida. Le hubiera puesto en una bicicleta y que Asif le derribara con el Qualis. Todos estos sueños que estoy llevando a cabo, bien pueden llegar a ser nada. Sin embargo, mire, algunas veces pienso que nunca me atraparán. Creo que el Rooster Coop necesita gente como yo para salir de ello, dueños como el Señor Ashok, quién a pesar de todas sus numerosas virtudes, no era más que un maestro para ser eliminado y sirvientes excepcionales como yo para sustituirles. En esos instantes, me regocijo de que la familia del señor Ashok pueda aportar una recompensa de un millón de dólares a mi cabeza y no importe. He cambiado de bando: ahora soy uno de esos hombres que no pueden ser atrapados en la India. En esos momentos alcé la mirada hacia la lámpara y quise lanzar mis manos y gritar tan alto que mi voz pudiera mantenerse en todos los teléfonos de las salas de llamadas para la gente de América. ¡Lo hice! ¡He escapado de la poli! Pero en otras ocasiones en la ciudad alguien grita "Balram" y yo vuelvo mi cabeza y pienso que me he traicionado a mi mismo. Ser atrapado era siempre una posibilidad. Como el Señor Ashok solía decir: no hay final para las cosas en la India. Le puedes entregar a la policía todos los sobres marrones y bolsas rojas que quieras y ellos todavía podrán fastidiarte. Un hombre con uniforme podría señalarme con un dedo un día y decir: "El tiempo ha terminado, Munna". Aun incluso si todas mis lámparas caen al suelo, si me me mandan a la cárcel y hacen que todos los demás prisioneros sumerjan sus picos en mi, si me hacen caminar por las escaleras de madera hacia la horca; nunca diré que cometí un error esa noche en Delhi cuando rajé con un cuchillo la garganta de mi amo. Diré que valió la pena saberlo, sólo por un día, por una hora, sólo por un minuto, lo que significa no ser un criado. Creo que estoy preparado para tener hijos, señor Presidente. ¡Ja!

Tuyo por siempre

Ashok Sharma

El tigre blanco

Bangalore

boss@whitetiger-technologydrivers.com